EL MONÓLOGO / 305
Corazones y lentejuelas

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Por Pepe Moreno *

 

 

Hoy es, aunque a mucha gente le pase la fecha desapercibida, San Valentín, patrón de los enamorados. Y ayer, viernes para más señas, fue el “día de la radio”, la que nos acompaña todos los días en el coche, mientras caminamos, yendo de una gestión a otra, la que nos informa de todo lo que sucede a nuestro alrededor y la que siempre está pendiente. Era la jornada de la radio y desde la radio, que era quien informaba de la efeméride. Cuantos buenos recuerdos. Pero es también el sábado del carnaval en la calle. Anoche salieron las carnestolendas, después de que el pasado miércoles Santa Cruz ya nombró a su reina.

 

Empecemos hablando de lo de hoy, la fiesta de los enamorados. Ya estamos en pleno siglo XXI, y han cambiado algunas cosas; por ejemplo, el amor se expresa de muchas formas gracias a la globalización y las apps de citas, por lo que San Valentín se refleja en romance, poliamor, celos e infidelidad. La ciencia social confirma que la monogamia y los chocolates no son la única norma.

 

Aún recuerdo que en San Juan de Puerto Rico se celebra el Día de los Enamorados como si fuera uno especial, que hay tiras y recordatorios por todos lados y que las guirnaldas que se instalan hacen de esa jornada muy especial. Nos sorprendió a todos los latinos que estábamos allí el carácter especial de la fecha.

 

Aquí no es así. Una encuesta del CIS mostró que más del 60 % de los españoles considera infidelidad enviar mensajes subidos de tono, incluso sin contacto físico. Un simple “hola, ¿qué haces?” puede percibirse diferente si lleva un emoji de corazón.

 

Ayer fue el día de la radio. Por todos lados sonó la canción de Dyango, “La Radio” que se lanzó en 1980, y que hoy es un himno a un medio que sigue estando vigente a pesar de los podcasts. Es un medio que se consolida como el de mayor confianza y credibilidad para ciudadanos y el más eficiente para las marcas. No lo digo por decir.

 

Esa fue una de las principales conclusiones de un estudio reciente en el que participaron los miembros de la Asociación Española de Radiodifusión Comercial que además dice que “es el medio con mejor imagen social, destacando especialmente en información, compromiso social y experiencia”.

 

Esa asociación se explaya diciendo que “la fortaleza de la radio radica en la confianza que genera y el valor emocional que aporta en un entorno mediático cada vez más disperso”. El 55% de los entrevistados considera que la radio es el medio con más valor individual, y reconocen su contribución al bienestar colectivo y social: dos de cada tres personas (66%) admiten que es el medio más relevante para la sociedad.

 

Así que, con retraso, felicidades a todos los que han contribuido a que la radio, como medio de comunicación, obtenga tal reconocimiento y tenga ese valor en la sociedad.

 

Y luego ha sido noticia la gala de elección de la reina del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife, que tuvo lugar el miércoles y que no convenció a mucha gente, a casi nadie con los que he hablado, esa es la verdad, entre otras razones por si yo estaba equivocado. La Gala ha sido calificada, por el Diario de Avisos, de “bostezo institucional con lentejuelas, un fósil televisado que se repite cada año” o por El Día, en la crónica que firman Humberto Gonar y Víctor de Castro, como que la dirección “en dos horas la despachó, pero sin sabor. Tenía ingredientes, pero le faltó magia de carnaval”. Eso por poner dos ejemplos, porque hubo muchos más.

 

Tampoco le faltaba razón a Guillermo García Saavedra, redactor jefe de COPE Tenerife, que escribió que “nos hemos instalado en un triste conformismo en la Gala. Sin innovar, repitiendo cada año los mismos clichés y a años luz de la brillantez que nos dio Azpilicueta. La obertura ha sido una sucesión de cantantes sin un propósito ni conexión. Un inicio gris para una gala gris”. Y no le falta razón.

 

El espectáculo apenas ha cambiado en treinta años, con pocos efectos modernos. El ritmo es monótono, el guion convencional y las presentaciones reiterativas, mientras que la dirección artística no se adapta a tendencias actuales. La obertura dirigida por Daniel Pages dejó la impresión de que es una oportunidad desaprovechada: mucha gente en escena, confeti en exceso y carencia de carácter.

 

Eso por no hablar de la interpretación conjunta de las rondallas acompañando a Pancho Corujo en la ejecución de ‘Siboney’. Ni siquiera la disposición alineada de las agrupaciones líricas, ubicadas de izquierda a derecha y prescindiendo de instrumentos, e incluso del número total de componentes, podía ser vista como una representación visual característica de la modalidad. La canción bien, el tenor también, pero las rondallas y su play-back muy mal.

 

Pero todavía faltaban algunos elementos por salir y empeorarlo todo. En lugar de avanzar hacia su punto culminante, la gala presentó a la Afilarmónica NiFú-NiFá, dejando fuera a los ganadores Trapaseros, a los que se les echó de menos y a los que nadie justificó. El evento, centrado en la trayectoria de la Fufa, terminó pareciendo más una pieza para museo que una actuación escénica y rompiendo el escaso ritmo que hasta ese momento se tenía.

 

Los Trapaseros, la murga ganadora de ese certamen, emitieron un comunicado en el que dicen que “la decisión ya estaba tomada de antemano, y no era artística sino estructural: las murgas no iban a cantar en la gala de la reina” y añadieron que “la murga Trapaseros defiende la libertad, la dignidad y el respeto hacia todos los grupos del Carnaval, sin excepciones, y se posiciona firmemente del lado de la verdad, la coherencia y la defensa de la esencia de esta fiesta”.

 

Vienen a decir que nunca contaron con ellos para la gala y que es falso, de toda solemnidad, decir que esta decisión fue adoptada de manera compartida, al “50-50”, entre la dirección de la Gala y la murga. “Esta afirmación es rotundamente falsa”. Por lo tanto, misterio resuelto. Nunca se contó con ellos para el espectáculo.

 

Eso por no hablar del digno papel que hicieron las comparsas y las agrupaciones musicales. Están desaprovechadas, arropadas por unos “artistas” que no les llegan ni a la altura de los zapatos. No se ha impulsado el máximo rendimiento posible. En consecuencia, se cumplen únicamente los requisitos mínimos establecidos, lo que parece ser considerado suficiente. No se observa una orientación hacia la mejora continua ni hacia el logro de altos estándares de excelencia.

 

De todas formas, nada que ver con los llamados 4 de Cuba, un grupo que será muy conocido, pero que nadie de mi entorno sabe quién es. Yo, incluso en mi ignorancia, llegué a contar cinco componentes; uno iba con un chándal blanco, y me pareció que no se sabían las canciones y que ni se colocaban el micrófono en la boca y en otros momentos hablaban mientras la música seguía sonando. No sabían hacer ni eso del playback con su música. Pasaron por esa actuación con más pena que gloria.

 

El evento careció de elementos festivos destacados y la actuación más notable fue el concierto final de Manny Manuel, quien compensó en Santa Cruz de Tenerife el trato recibido en la celebración de Las Palmas y le salió una interpretación que no tuvo su mejor noche, como comentó algún usuario de Facebook. Aunque hubo quien reconoció que logró animar al público. Algunos lo llegaron a calificar de frío.

 

Un verdadero desastre. Y llevamos ya algunos a la espalda, pero nadie hace nada. Era el momento para haber sacado a una orquesta canaria, o a las chicas de Nueva Línea, que están arrasando en todo el mundo y que son de aquí. Lo dicho, me tragué entera la Gala y ese día es el pase más ansiado de las candidatas, que fueron once.

 

Nunca esperamos que fueran ocho las elegidas. ¿Qué pasó con las otras tres? ¿Simplemente les dijeron “ustedes no, que no están ni nominadas”? Qué falta de consideración. Hicimos la porra de rigor y acertamos todos, pero el resto no estuvo a la altura.

 

Lo preocupante no es solo que una gala concreta salga mejor o peor —eso a menudo puede pasar en cualquier espectáculo—, sino la sensación de que se ha instalado una cierta resignación institucional y creativa alrededor de uno de los actos más emblemáticos del carnaval chicharrero.

 

Santa Cruz presume, con razón, de tener uno de los mejores carnavales del mundo, pero esa marca exige riesgo, renovación y ambición artística, no conformarse con cumplir expediente año tras año. Porque el público, cada vez más acostumbrado a producciones de alto nivel, ya no se conforma con lentejuelas y tradición: quiere emoción, ritmo y sorpresa. Y si eso no se ofrece, el Carnaval seguirá siendo grande en la calle, pero cada vez más pequeño en el escenario.

 

Al final, amor y carnaval comparten algo esencial: ambos necesitan verdad para funcionar. Ni las relaciones se sostienen solo con gestos de escaparate ni una fiesta que presume de ser de las mejores del mundo puede vivir únicamente de la inercia. Hace falta ilusión, renovación y autenticidad para que sigan emocionando.

 

Y en Canarias, pese a galas discutibles o debates inevitables, lo cierto es que hay talento, creatividad y, sobre todo, una gente que sabe vivir la calle, la fiesta y los afectos como pocos lugares. El Carnaval seguirá mejorando porque aquí hay cantera y orgullo; y el amor también seguirá encontrando su sitio. Al final, lo que nos define como tierra es esa capacidad para celebrar la vida incluso cuando no todo sale perfecto. Y eso, sin duda, sigue siendo muy positivo.

 

 

* José MORENO GARCÍA

Periodista.

Analista de la actualidad.

 

 

Islas Canarias, 14 de febrero de 2026.

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