EL MONÓLOGO / 315
Guerra, turismo y carburantes

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Por Pepe Moreno *

 

 

Hoy quiero escribirles de cómo nos afecta la subida de los billetes de avión y lo que hay detrás: una guerra que parece lejana, pero no lo es. Un conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel que, aunque se desarrolle a miles de kilómetros, termina condicionando decisiones cotidianas aquí. Vivimos en un mundo donde la información nos desborda, donde todo ocurre a tal velocidad que a veces ni siquiera alcanzamos a comprender cómo nos impacta.

 

Hemos normalizado convivir con una avalancha constante de titulares, cifras y opiniones que se suceden sin pausa. Y en ese exceso, paradójicamente, corremos el riesgo de desinformarnos: no porque falten datos, sino porque sobran estímulos. El verdadero problema no es lo que se sabe, sino lo que se deja de entender en medio de tanto ruido.

 

Uno de esos asuntos que parece lejano, pero no lo es, es lo que ocurre en el estrecho de Ormuz. A ratos nos dicen que todo sigue con normalidad; en otros momentos, que el paso está comprometido. Y en esa incertidumbre se mueve buena parte del precio de la energía en el mundo. No es un lugar cualquiera: por ahí pasa una parte esencial del petróleo que consumimos, aunque no lo veamos.

 

Por eso suben los combustibles. Y por eso no todos lo hacen igual. El diésel, la gasolina o el gas responden de manera distinta porque dependen del tipo de crudo y del proceso de refino. A eso se suma algo que rara vez se cuenta: cuando hay tensión, no solo se encarece el petróleo, también el transporte, los seguros y todo lo que lo rodea. La cadena entera se tensiona.

 

Y si sube la energía, sube casi todo. El barril de crudo no es solo combustible; está en los plásticos, en los fertilizantes, en buena parte de lo que consumimos a diario. Por eso, aunque no llenemos el depósito con frecuencia, acabamos pagándolo igual.

 

En Canarias, además, hay un factor añadido: la dependencia del avión. Aquí no hay alternativa. Y cuando el carburante aéreo se encarece, el impacto es directo. Las aerolíneas no tienen demasiado margen: el queroseno representa una parte importante de sus costes, así que, cuando sube, lo termina notando el pasajero.

 

Eso ya se empieza a ver. Viajar requiere más previsión y más dinero. Se recortan días, se eligen destinos más cercanos o, directamente, se posponen los viajes. Y eso, en un territorio como el nuestro, donde el turismo es motor económico, no es un asunto menor.

 

Sin embargo, hay algo más de fondo que rara vez se dice en voz alta. Canarias no solo depende del avión para el turismo, depende de las aeronaves para casi todo: traen mercancías urgentes, mantienen determinadas actividades económicas o garantizan la conectividad de sus ciudadanos. El avión aquí no es un lujo, es una infraestructura básica. Y cuando algo tan básico se encarece o se vuelve incierto, todo el sistema se resiente.

 

Mientras tanto, seguimos debatiendo sobre los límites del modelo turístico. Se han cumplido dos años de aquella protesta, el 20 A, que puso sobre la mesa la vivienda, la presión sobre el territorio, la ecotasa o la moratoria. No obstante, la realidad es más compleja de lo que a veces queremos admitir. La falta de vivienda no responde a una sola causa, y las soluciones simples difícilmente resolverán un problema estructural.

 

La moratoria busca frenar el crecimiento, pero en la práctica desplaza la presión hacia espacios menos regulados. Y la ecotasa, por sí sola, no corrige desequilibrios ni sustituye políticas de fondo. Son herramientas, no soluciones mágicas. El problema, en el fondo, es que seguimos buscando respuestas rápidas a problemas que llevan años gestándose.

 

El contexto internacional añade incertidumbre. Si volar es más caro, los destinos lejanos pierden atractivo frente a los cercanos. Y eso puede acabar afectando a hoteles, restaurantes y comercios, aunque no sea de forma inmediata. El turismo sigue siendo el sostén de nuestra economía, y no es un lujo prescindible, pero tampoco puede ser el único pilar sobre el que apoyarlo todo.

 

El último informe de BBVA sitúa el crecimiento de Canarias en torno al 2,5 % en 2026, pero ya advierte de una desaceleración condicionada, en gran medida, por el encarecimiento de los carburantes y la incertidumbre internacional.

 

El propio estudio apunta a que un aumento sostenido del precio del petróleo podría restar crecimiento y elevar la inflación, lo que acabaría trasladándose, una vez más, al consumo y al turismo, los dos pilares sobre los que se sostiene buena parte de la economía del archipiélago. De nuevo, el impacto termina llegando por la misma vía: menos capacidad de gasto y más fragilidad. Las previsiones económicas tampoco son ajenas a este contexto.

 

En ese equilibrio se mueve también el sector aéreo. Compañías como Binter Canarias mantienen, de momento, su operativa sin grandes cambios, apoyadas en una demanda que resiste. Por el contrario, esa aparente normalidad no garantiza nada. El margen se limita y cualquier tensión prolongada acaba trasladándose, antes o después, al precio del billete o a la oferta de plazas.

 

Por eso la preocupación no está tanto en lo que ocurre hoy, donde el sistema sigue funcionando, sino en lo que puede suceder si el conflicto se alarga. Porque aquí no hablamos solo de viajar más caro, sino de algo mucho más básico: seguir conectados con el exterior en condiciones razonables.

 

Canarias puede seguir creciendo, incluso compensar parte de la caída con el desvío de turistas que evitan zonas inestables. En cambio, lo hará sobre un terreno frágil, condicionado por decisiones que se toman muy lejos de aquí. Y eso tiene un límite.

 

Y ese límite no es solo económico. También es social. Porque cuando el turismo se desacelera, no solo bajan las cifras, también se resiente el empleo, se precarizan las condiciones laborales y se estrecha el margen de muchas familias. El impacto no llega de golpe, pero se va filtrando poco a poco hasta hacerse visible en lo cotidiano.

 

Durante años hemos vivido en una cierta sensación de estabilidad, como si el mundo funcionara siempre dentro de unos márgenes previsibles. No obstante, basta con que uno de esos engranajes falle para que todo se tambalee. Y entonces descubrimos que la solidez era, en parte, una ilusión.

 

Y llegados a este punto, conviene dejarse de rodeos: Canarias no puede seguir comportándose como si lo excepcional fuera improbable. No lo es. Lo excepcional se ha convertido en rutina, y cada sacudida exterior vuelve a demostrar lo mismo: dependemos demasiado de lo que no se controla y reaccionamos demasiado tarde a lo que sí podríamos prever.

 

Aquí no está en cuestión el turismo, sino nuestra relación con él. Porque cuando todo va bien, el modelo parece incuestionable; pero cuando se tensiona, aflora su fragilidad. Y entonces entendemos que no se trata solo de cuántos visitantes llegan, sino de qué estructura económica tenemos detrás para sostener los golpes. Sin esa base, cualquier crisis externa se convierte en un problema interno.

 

Lo verdaderamente inquietante no es que suban los precios o que el contexto se complique. Eso es inevitable. Lo inquietante es seguir instalados en la improvisación, en el corto plazo, en el parche constante. Sabemos lo que puede pasar, lo hemos visto antes, y aun así actuamos como si fuera la primera vez.

 

Porque quizá el mayor error no sea depender del exterior —eso, en un territorio como el nuestro, es difícil de evitar—, sino no prepararnos para cuando esa dependencia se vuelve en contra. Ahí es donde se mide la capacidad de una sociedad: en su previsión, en su gestión y en su forma de anticiparse a los problemas antes de que estallen.

 

El mundo seguirá cambiando, con o sin nosotros. La diferencia estará en si decidimos anticiparnos o seguir reaccionando. Porque si algo deja claro todo esto es que lo que empieza lejos a menudo acaba llegando. Y cuando llega, ya no hay margen para discursos. Solo quedan las consecuencias.

 

 

* José MORENO GARCÍA

Periodista.

Analista de la actualidad.

 

 

Islas Canarias, 25 de abril de 2026.

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