VISIONES ATLÁNTICAS / 288
Identidades aplazadas

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Hugo Luengo *

 

 

En política también se dan. Pero vamos al ámbito personal y familiar, en el drama actual de esta institución en Europa, por un lado, y por otro en el caso de las identidades desplazadas de los gemelos monocigóticos. Se nos ofrece entender ambas desde aquel a quien afecta directamente, estos son los hijos de los padres separados y nuestros gemelos, ambos sometidos a despersonalización; donde se les niega su identidad y se limitan sus capacidades para decidir con autonomía.

 

La familia ofrece un panorama de crisis en la realidad española, donde nacen al año 320.000 personas, cuando precisamos 440.000 para mantener la natalidad, que es de 1,10 hijos por familia cuando debiera ser de 2,10, esto es 120.000 nacimientos más.  En 2025 tuvimos 175.000 matrimonios (el 4% del mismo sexo), 83.000 divorcios, con matrimonios que hoy tienen una duración media de 16 años.

 

Sólo hay más matrimonios que defunciones en España, en Madrid, Murcia, Baleares y Melilla y las que menos en Galicia, Castilla y León y Cataluña, otra versión de la España vaciada. Desde 2010 en España tenemos más muertos que nacimientos, que se corrigen parcialmente con la inmigración.

 

La edad media de las madres para su primer hijo, ya único si atendemos a la estadística, es de 33 años, 3 generaciones por siglo, cuando históricamente eran 6. Con el hogar medio en 2,4 personas, y los unipersonales como segundo lugar de convivencia, ya cerca del tercio.

 

De manera que tenemos una institución familiar desestructurada, con un futuro aún más complicado por su continuidad no soportada en las reglas de la natalidad (que incluso se niegan), ni en la solidez de sus valores, cuando no duran hoy más de 16 años las parejas.

 

Así que nuestro hijo único debe enfrentarse a la separación de sus padres, hoy en custodia compartida ya en el 50% de los casos, cuando en 2010 eran el 12%.  Se ha convertido éste en el régimen preferente, incluso sin acuerdo de los padres. Con el hijo único desplazado en dos o tres residencias, y convertidos en la “generación de la maleta”, que queda huérfana de familia, hogar estable e identidad. Generación que reclama para sí “la prioridad del yo”.

 

El 80% de los conflictos maritales se resuelven de mutuo acuerdo y se recurre antes al MASC (Medios Adecuados de Solución de Controversias) que a los juzgados. Es más rápido y barato y permite acomodar el régimen de custodias compartidas, priorizando al “portador de la maleta”.

 

La escritora noruega Nina Likke (Trondheim 1965), en su obra “Dónde están los Adultos” (2022) hace un retrato sombrío de occidente, con maternidades tardías, donde las familias han perdido los conceptos de autoridad, continuidad y responsabilidad generacional. Las sociedades más avanzadas producen individuos cada vez más frágiles emocionalmente.

 

Educados en la libertad individual, la seguridad material, igualdad y autonomía, ven de pronto cómo se han debilitado los vínculos que permitían soportar su vida. Matrimonios erosionados, madres agotadas, hijos resentidos y parejas que no se hablan. Disecciona la fragilidad actual y las rupturas familiares, con esta institución que aseguraba valores y natalidad.

 

Nos describe cómo nuestras sociedades sobrevaloran la juventud. No queremos que nuestros hijos nos quieran, sino gustarles, fracasa con ello la autoridad y lo que es más dramático les trasladamos el discurso de “sólo quiero que seas feliz”. Deriva infantil de un estado que sólo es circunstancial, y por ello responsabilidad individual.

 

Otra minoría de “identidad desplazada”, la conforman los gemelos monocigóticos, que comparten ADN, son concebidos en la misma placenta, tienen el mismo grupo sanguíneo y un notable parecido físico. Representan el 2-2,5% de los partos actuales. Se pasan la vida reforzando su identidad, consigo mismos, con sus padres y con los compañeros de colegio.

 

Dos clásicos para los gemelos, el “juego del nombre” y el “juego del vestido”. Con el nombre se juega a despersonalizarlos llamándoles por el compuesto de ambos y siempre en la confusión de asignación nombre-persona. Y para vestir diferente tenías que llegar a la mayoría de edad. Las madres, el padre para eso no estaba, despersonalizaba al gemelo empeñada en igualarlos en aficiones, ocupaciones y actividades.

 

El gemelo se supera a los 50 años, cuando rentabiliza los juegos cruzados de personalidad y asignación de papeles. Con su identidad e inteligencia crecidas en su experiencia vital, son complementarios y suplementarios al tiempo. Se resarcen del histórico en el que otros los desplazaban. Yo soy gemelo homocigótico.

 

 

Hugo LUENGO BARRETO

Arquitecto y bodeguero.

 

 

Islas Canarias, 1 de junio de 2026

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