EL MONÓLOGO / 321
Canarias de escaparate
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Por Pepe Moreno *
Ya ha llegado el Papa a España. Y mientras muchos aún revisan la agenda oficial o los detalles del protocolo, lo cierto es que la visita de León XIV a Canarias tiene algo de anomalía histórica: apenas dos días en las islas, menos tiempo del que muchos tardan en cruzar el Atlántico para llegar hasta aquí, y sin embargo suficiente para situar a este pequeño archipiélago en el centro del debate internacional.
No es habitual que Canarias ocupe ese lugar. Ni en la conversación política de Madrid ni en la de Bruselas. Y, sin embargo, durante unas horas todo parece girar en torno a estas islas situadas en el borde del mapa europeo. El efecto es conocido: una atención intensa, casi súbita, que después se disuelve con la misma rapidez con la que llegó.
La razón de la visita no es turística, ni institucional en sentido clásico. Es la inmigración. El Papa ha querido poner el foco en una de las grandes rutas migratorias hacia Europa, y Canarias se ha convertido, con el paso de los años, en una de sus principales puertas de entrada. Lo que antes era periferia geográfica hoy es frontera política, humanitaria y moral.
En ese tránsito se han acumulado cifras, discursos y debates. Pero también personas. Y ese es precisamente el desplazamiento que busca el Vaticano: sacar el fenómeno del lenguaje técnico para devolverlo a su dimensión humana.
Que uno de los actos centrales se celebre en un puerto no es un detalle menor. Los puertos canarios han sido históricamente lugares de salida y de llegada, de mercancías y de viajeros, de promesas y de despedidas. Pero en los últimos años también han sido escenarios de una realidad mucho más dura: la llegada de quienes se juegan la vida en el mar.
El puerto de Arguineguín se convirtió en uno de los símbolos más reconocibles de esa realidad durante la crisis migratoria. Allí se acumuló durante días una imagen que dio la vuelta a Europa: la de la saturación, la improvisación y la urgencia.
Ahora ese mismo espacio forma parte de la agenda papal. Y no es casual. El Vaticano ha elegido escenarios que condensan el mensaje: la frontera, el desembarco, la llegada. Lugares donde la abstracción política se convierte en experiencia concreta.
Después, el Papa se desplazará también al centro de Las Raíces, en Tenerife, otro de los espacios que han concentrado la presión del sistema de acogida. Dos puntos distintos, dos islas diferentes, pero una misma realidad que lleva años tensionando los recursos, los discursos y las competencias administrativas.
Como ocurre siempre en Canarias, ningún acontecimiento de cierta magnitud queda libre de lectura política. Tampoco esta visita.
La presencia de Pedro Sánchez añade inevitablemente una dimensión institucional de primer nivel. Y lo mismo ocurre con el presidente canario Fernando Clavijo, el ministro Ángel Víctor Torres o el resto de las autoridades que acompañarán el recorrido.
No es extraño. Cuando un acontecimiento tiene este grado de simbolismo, la política siempre encuentra la manera de situarse en la imagen. El problema es cuando la política deja de acompañar el mensaje y empieza a sustituirlo.
En Canarias esto ocurre con cierta frecuencia. Basta un gesto protocolario, una ubicación en un acto o una ausencia para que resurjan viejas tensiones entre islas, especialmente entre Gran Canaria y Tenerife. Es un reflejo casi automático, una especie de memoria institucional que se activa con facilidad.
Sin embargo, en esta ocasión el foco debería ser otro. Porque lo relevante no es quién ocupa qué lugar en la fotografía, sino qué significa que esa fotografía exista.
La visita al puerto de Arguineguín inevitablemente reabre un capítulo reciente de la historia canaria. No es un espacio neutro. Es un lugar cargado de significado político y emocional. La pregunta no es qué fue Arguineguín, sino qué representa hoy cuando vuelve a ser escenario de un acto global.
Y aquí aparece una tensión evidente: la distancia entre el relato institucional y la memoria social. Mientras los discursos tienden a ordenar el pasado, la ciudadanía recuerda imágenes más crudas, más inmediatas. Por eso la visita del Papa tiene también un componente incómodo. Obliga a mirar de nuevo un episodio que muchos preferirían considerar cerrado.
El verdadero riesgo de cualquier visita de esta magnitud es que se convierta en un relato autosuficiente. Fotografías, discursos, titulares. Y después, el vacío.
Canarias conoce bien ese ciclo. Atención externa intensa, promesas implícitas, y después retorno a la normalidad administrativa. El problema es que la normalidad, en este caso, sigue estando atravesada por los mismos desafíos: la gestión migratoria, la presión sobre los recursos, la integración y la desigualdad.
El Papa llegará, hablará, escuchará, celebrará actos, y se marchará. El rey Felipe VI lo despedirá en su regreso al Vaticano. Y Canarias volverá a su condición habitual: territorio periférico con problemas estructurales permanentes.
Durante años, Canarias ha vivido con una sensación persistente: la de estar lejos de los centros de decisión, incluso cuando es protagonista de problemas que afectan a toda Europa.
La inmigración es el ejemplo más claro. Se discute en Madrid, se analiza en Bruselas, pero se materializa aquí, en estas costas. Y esa es la paradoja que la visita del Papa pone sobre la mesa: Canarias es centro de un problema europeo, pero sigue siendo periferia política.
La pregunta final no es si la visita es importante. Lo es. Tampoco si tiene valor simbólico. Lo tiene. La pregunta es qué queda después.
Porque el riesgo es que todo se reduzca a una excepción: un fin de semana en el que Canarias fue noticia global, para volver después al silencio habitual.
Pero también existe otra posibilidad, menos visible pero más relevante: que esta atención obligue a mantener el foco un poco más de tiempo del habitual.
Quizá lo más incómodo de esta visita es precisamente eso: que no encaja del todo en ninguna narrativa política cómoda. No es una victoria institucional clara. No es una derrota de nadie. No es un acto religioso aislado. Es una intersección de todo eso. Y en esa intersección aparece Canarias, con sus contradicciones, sus tensiones internas y sus problemas estructurales.
Al final, lo que quedará no será la agenda ni el protocolo. Será la imagen de un territorio que, por unas horas, dejó de ser invisible. Pero la verdadera prueba no está en la visita. Está después. Cuando las cámaras se apaguen, cuando los discursos se archiven, cuando el avión despegue.
Ahí es donde Canarias volverá a enfrentarse a su realidad sin intermediarios. Y ahí es donde se verá si esta visita fue solo un episodio excepcional o si logró, aunque sea mínimamente, alterar la manera en que Europa mira hacia este borde del mapa.
Porque en el fondo esa es la cuestión: no se trata de que Canarias sea vista un día. Se trata de si, a partir de ahora, deja de ser olvidada el resto del año.
Iba a hablar de otras cosas. De sumarios, de implicaciones, de fontaneras y del grado de conocimiento que pueden tener algunos, pero me he liado y he hablado de un asunto que me ocupa y preocupa mucho, entre otras cosas porque yo también tengo la sensación de que estamos olvidados, de que el asunto de la inmigración, las pateras o los cayucos no le interesan a nadie más que a nosotros. Estamos en el escaparate, pero nada más.
* José MORENO GARCÍA
Periodista.
Analista de la actualidad.
Islas Canarias, 6 de junio de 2026.



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