EL MONÓLOGO / 322
La liturgia mediática
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Por Pepe Moreno *
Ha sido la semana del papa León XIV. Madrid, Barcelona, Gran Canaria y Tenerife han ocupado portadas, informativos y conversaciones durante días. Pero de la visita en sí, de lo que vi y de lo que creo que significa para Canarias, escribiré la próxima semana.
Hay una vieja enseñanza del periodismo que aconseja no escribir bajo el dominio de la emoción inmediata, sino esperar a que los acontecimientos sedimenten lo suficiente como para poder interpretarlos.
Por eso hoy prefiero dejar algunas cuestiones en observación. Todavía me dura la impresión de lo vivido. El incidente en Los Rodeos, el cambio de un avión de Iberia por el Falcon de la Casa Real ha hecho que el broche de un viaje Papal se haya visto ensombrecido en el último minuto.
Una avería técnica, un espera de una hora, un avión que no estaba previsto y una comitiva que ha tenido que escoger quien viajaba o no. Todo el mundo hablaba de una chapuza. ¿Será así? Tiempo habrá para analizar este último acontecimiento/ incidencia.
El Papa llegó a España, y aunque reunió a cientos de miles de personas y consiguió algo que parece imposible en estos tiempos: arrancar una larga ovación de una clase política que rara vez coincide en nada la última incidencia lo ha oscurecido todo. Su carisma y su manera de ser, han puesto el broche de este viaje, pero no olvidemos que el incidente de la avería del avión de Iberia lo ha marcado todo, en el último minuto.
Atrás queda el discurso en el Parlamento, donde fue aplaudido durante siete minutos por diputados de izquierda y de derecha, incluso cuando muchas de sus palabras chocaban frontalmente con posiciones que unos y otros defienden habitualmente.
El mensaje del Sumo Pontífice no encajó en los esquemas habituales de derecha e izquierda porque defendió una misma idea de la dignidad humana en todas sus dimensiones. La protección de la vida naciente y de los más vulnerables convivió con la defensa de la acogida al inmigrante, dificultando cualquier intento de convertir sus palabras en simple propaganda partidista.
Había algo de contradicción en aquella imagen. Los mismos que aplaudían mensajes sobre acogida, solidaridad, diálogo o dignidad humana regresaron poco después a sus trincheras políticas para continuar defendiendo programas y estrategias que en algunos casos apuntan justamente en la dirección contraria. La unanimidad duró lo que dura una ceremonia. Después volvió la normalidad de la confrontación permanente.
Madrid fue la gran demostración de fuerza. Más de ochenta mil personas llenaron el Bernabéu y millones de personas siguieron los distintos actos organizados durante la visita. Barcelona ofreció una imagen diferente, más recogida, aunque igualmente simbólica.
Allí León XIV rezó ante la Virgen de Montserrat, visitó la catedral, participó en una vigilia con jóvenes, acudió a la prisión de Brians 1 —convirtiéndose en el primer pontífice que visita una cárcel en España— y presidió los actos vinculados a la Sagrada Familia y al centenario de Antoni Gaudí.
Lo de la ceremonia para inaugurar la torre principal fue una cosa de marca mayor. El simbolismo en un día en el que se conmemoraba el centenario de la muerte de Antony Gaudí y que daba lugar a “la puerta del mundo” fue algo que permanecerá en la memoria de todos por mucho tiempo. La ceremonia de las luces, los drones que formaban la cara de Gaudí, las gracias… todo se conformó para que el buen gusto siempre figuraba en primer plano.
Y llegamos a nuestras islas. Días históricos según todas las fuentes consultadas y que ponían de evidencia que aquí también se hacen las cosas bien. Pero sobre lo ocurrido, prefiero escribir con más calma la próxima semana. Porque hay demasiadas cuestiones que merecen ser analizadas sin prisas.
Desde el papel desempeñado por las instituciones hasta el mensaje lanzado desde el muelle de Arguineguín, convertido estos días en uno de los escenarios centrales de la visita. También sobre Tenerife, que recibió apenas unas horas de atención dentro de una agenda claramente concentrada en Gran Canaria y que daba la sensación de que aquí se hacía por aquello del “pleito insular”.
Hubo además detalles protocolarios que no pasaron desapercibidos. La llegada del Papa al aeropuerto mostró una curiosa coreografía institucional entre Pedro Sánchez y Fernando Clavijo. El presidente del Gobierno terminó ocupando una fotografía que inicialmente parecía reservada a otros representantes, mientras el presidente canario asumía la representación institucional en aquellos actos donde el jefe del Ejecutivo central no estaba presente. Puede parecer una cuestión menor, pero en política las imágenes suelen tener tanto valor como las palabras.
Tampoco pasó inadvertido el protagonismo del obispo José Mazuelos. El llamado obispo de Canarias concentró buena parte de la atención organizativa y mediática de la visita. Nada que objetar a ello, aunque conviene recordar que la realidad eclesiástica del archipiélago es bastante más compleja y que tanto Eloy Santiago en Tenerife, el obispo de esta diócesis, como Cristóbal Déniz, obispo auxiliar en Gran Canaria, y que, si está a las órdenes de monseñor Mazuelos, y que ambos parecían estar a las órdenes. Pero ya habrá tiempo para hablar de esas cuestiones.
Más interesante me parece detenerme en el fenómeno que ha rodeado toda la visita. Porque León XIV ha elegido España para una de las primeras grandes giras de su pontificado y lo ha hecho con un mensaje muy centrado en la acogida de los migrantes y en la defensa de una visión abierta y humanista de las relaciones internacionales. En apenas un año se ha convertido en una figura con peso propio en el escenario mundial y en una referencia incómoda para quienes defienden posiciones nacionalistas o restrictivas en materia migratoria.
La consecuencia ha sido una cobertura mediática extraordinaria. RTVE movilizó centenares de profesionales y calificó el despliegue como uno de los mayores de su historia. Pero no fue la única. Tanto Antena3, Tele5, la Sexta como TRECE Televisión hicieron programación especial. Durante varios días gran parte de los medios pareció olvidarse del resto de la actualidad para concentrarse en cada gesto, cada discurso y cada desplazamiento del pontífice.
Eso ha generado críticas comprensibles. España ya no es el país que era hace cincuenta años. Según el CIS, los católicos practicantes representan apenas una minoría de la población. El porcentaje de ciudadanos que se declaran ateos, agnósticos o indiferentes continúa creciendo año tras año. La secularización es una realidad evidente.
Las retransmisiones, por su duración, por los programas que se levantaron o se recortaron, por los expertos que han escogido, o por las personas que han llevado a cabo ese tiempo televisivo han molestado. Lo que hizo La 1 o la RTVCanaria no les ha gustado a diversos colectivos. Telecinco, el pasado miércoles, optaba por una entrevista de Carlos Franganillo, en la realidad virtual, con el arquitecto de la Sagrada Familia. Con texto entresacado de sus declaraciones a la prensa y a los libros de la época. Muy bien. Sin embargo, la explicación no es tan simple como parece.
Una visita papal no es únicamente un acontecimiento religioso. Tiene una dimensión política, institucional, diplomática y cultural que trasciende a los creyentes. El Papa es al mismo tiempo líder espiritual, jefe de Estado y actor internacional. Sus mensajes tienen consecuencias que van más allá de la fe.
Existe además un componente simbólico que sigue funcionando incluso en sociedades secularizadas. Muchas personas que no pisan una iglesia siguen percibiendo determinados rituales religiosos como parte de un patrimonio compartido. Ocurre algo parecido a lo que sucede durante un Mundial de fútbol. No todo el que ve un partido es aficionado. Muchas veces lo que atrae es la sensación de participar en una experiencia colectiva.
Los medios conocen perfectamente ese mecanismo. Cuando todas las cadenas conectan simultáneamente con un acontecimiento, cuando las emisiones especiales duran horas y los directos se suceden sin interrupción, se crea una percepción automática de excepcionalidad. El espectador entiende que está ocurriendo algo histórico y actúa en consecuencia.
Y esa es probablemente una de las claves de lo ocurrido esta semana. Los grandes eventos mediáticos no solo cuentan la realidad; también contribuyen a construirla. Cuanto mayor es el despliegue, mayor parece la importancia del acontecimiento. Las imágenes de multitudes, los datos de asistencia, las conexiones permanentes y los relatos emocionados acaban generando una sensación de unanimidad que no siempre coincide con la realidad social.
Porque España sigue siendo un Estado aconfesional. Y una televisión pública, igual que el resto de los medios, tiene la obligación de informar sin convertirse en parte del acontecimiento. Puede transmitir emoción sin renunciar a la distancia crítica. Puede explicar la relevancia de la visita sin asumir necesariamente el punto de vista de quienes participan en ella.
Tal vez esa sea la pregunta más interesante que deja esta semana. No si el Papa merecía atención, sino si la cobertura fue proporcionada. Si se informó o si, en algunos momentos, se cayó en la tentación de convertir el acontecimiento en un espectáculo total. Porque cuando eso sucede, la noticia deja de competir con el resto de la actualidad y acaba ocupándolo todo.
Y quizá por eso prefiero esperar unos días antes de escribir sobre lo que ocurrió en Canarias. Porque todavía queda mucho ruido alrededor de la visita. Y porque algunas veces la mejor manera de entender un acontecimiento es dejar que se aleje lo suficiente como para poder verlo entero.
La verdad es que no esperábamos un desenlace final en el que una avería de un avión, el que tenía que llevar al Papa León XIV a Roma, a la ciudad del Vaticano, tuviera que irse con una nave prestada. Eso, dicho en otras palabras, suena a chapuza o a no tener prevista una solución B ante una posible incidencia a bordo. Pero tiempo habrá de saber que ha pasado, pero me acordé mucho de Rodolfo Núñez, presidente de Binter y que ofreció sus aviones para hacer todo el transporte del Santo Padre.
Por eso conviene dejar reposar los acontecimientos antes de emitir un juicio definitivo. Lo ocurrido merece un poco de perspectiva. Pasarán los aplausos, desaparecerán los escenarios, las cámaras se irán a otro lugar y los titulares buscarán un nuevo protagonista.
Entonces quedará lo importante: saber si los mensajes escuchados estos días tuvieron alguna consecuencia real o si todo formó parte de esa enorme representación colectiva que los medios convierten en acontecimiento histórico durante unas jornadas para, después, dejarla archivada en la memoria. Y de eso, al menos en Canarias, habrá mucho que hablar todavía.
* José MORENO GARCÍA
Periodista.
Analista de la actualidad.
Islas Canarias, 13 de junio de 2026.
* José MORENO GARCÍA
Periodista.
Analista de la actualidad.
Islas Canarias, 13 de junio de 2026.



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