EL MONÓLOGO / 323
Lo que permanece
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Por Pepe Moreno *
Sé que hay gente esperando este artículo para comprobar si coincido con las críticas que se han formulado sobre el viaje papal o para saber si considero que lo sucedido en Tenerife estuvo a la altura de lo ocurrido en otros lugares de este periplo de Su Santidad por España.
La semana pasada recordé una vieja máxima periodística que aconseja no escribir bajo el dominio de la emoción inmediata. Conviene dejar que los acontecimientos reposen, que el ruido disminuya y que las imágenes pierdan algo de intensidad. Solo entonces es posible distinguir qué fue importante y qué fue simplemente espectacular.
La visita de León XIV a España dejó imágenes memorables. Madrid ofreció la dimensión institucional. Barcelona aportó el marco monumental de la Sagrada Familia, probablemente la fotografía más poderosa de todo el viaje. Y Canarias puso sobre la mesa algo distinto: una realidad que Europa contempla todos los días, pero que rara vez ocupa el centro de la conversación pública durante más de unas horas.
Sin embargo, ocurrió algo curioso. Durante semanas se habló del viaje. Después apenas se habló de aquello que justificaba el viaje. Los focos se dirigieron hacia los actos, las ceremonias y los recorridos. El debate sobre la inmigración, las fronteras, la integración o el papel de Canarias en la frontera sur europea desapareció con una rapidez sorprendente.
No debería extrañarnos. Vivimos en una época que presta más atención al escenario que al mensaje, más a la fotografía que al contenido y más al protocolo que a las razones que explican los acontecimientos. Y, sin embargo, León XIV vino precisamente a hablar de esas razones.
Canarias no es solamente un destino turístico admirado por millones de visitantes. Es también una frontera exterior de Europa. Un territorio donde convergen algunos de los grandes debates de nuestro tiempo: la inmigración irregular, la presión demográfica, la vivienda, las desigualdades territoriales, la gestión de los flujos migratorios y las consecuencias humanas de las decisiones políticas tomadas a miles de kilómetros de distancia.
Ante Pedro Sánchez y Fernando Clavijo el papa León XIV pronunció uno de los discursos más contundentes de todo su viaje. Habló de dignidad humana, de personas convertidas en estadísticas y de una Europa que no puede acostumbrarse a contemplar muertos en el Atlántico como quien observa una cifra más en una hoja de cálculo.
Lo cierto es que el Papa habló de solidaridad, pero también denunció a las mafias que convierten la desesperación humana en un negocio. Por eso su mensaje resultó incómodo.
En Gran Canaria tuvo lugar el acontecimiento y en Tenerife apareció el mensaje. En Arguineguín, León XIV pronunció algunas de las palabras más duras de todo su recorrido español. Recordó que la dignidad humana no depende del lugar de nacimiento. Denunció la indiferencia ante las muertes en el mar. Y situó el foco donde él consideraba que debía estar: en las personas. Hablaba en uno de los símbolos de la crisis migratoria canaria.
Sin embargo, la jornada de Tenerife avanzó por un camino diferente. La agenda perdió espectacularidad y ganó profundidad. Las Raíces y la Plaza del Cristo se convirtieron en los escenarios principales. Arguineguín representa la llegada. Las Raíces representa lo que sucede después.
Quizá por eso Tenerife quedó parcialmente eclipsada. No porque careciera de importancia, sino porque ofrecía menos espectáculo y más reflexión.
La diferencia también pudo apreciarse en las redes sociales. En Gran Canaria circularon sobre todo imágenes del papamóvil, de las multitudes y de los grandes actos. En Tenerife adquirieron protagonismo los encuentros personales, los abrazos, los testimonios y los momentos de cercanía.
Hubo además un detalle que pasó bastante desapercibido y que, sin embargo, resulta enormemente simbólico. Me refiero al vehículo utilizado por León XIV para recorrer las calles de La Laguna. Mientras en Gran Canaria predominó la imagen tradicional asociada a los viajes papales, en Tenerife apareció aquel modesto coche de golf adaptado que sorprendió a propios y extraños. Y muchos lo interpretaron como una simple cuestión logística. Quizá lo fuera. Pero también admitía otra lectura.
En el caso de la visita de León XIV a La Laguna, el vehículo no es un “papamóvil” en sentido estricto ni un coche oficial blindado, sino un buggy de golf eléctrico adaptado, es decir, un carrito de los que se usan habitualmente en campos de golf, modificado para el traslado del pontífice en trayectos cortos y de baja velocidad dentro del casco urbano.
O sea, un vehículo descubierto o semiabierto, pensado para la cercanía con el público; con plataforma o adaptación para permitir al Papa ir de pie o con mayor visibilidad, y con matrícula vinculada al Estado Vaticano en algunos de los vehículos utilizados durante la gira.
La clave logística está en el contexto: La Laguna, como casco histórico estrecho, con calles reducidas y alta densidad de público previsto, hace poco operativo el uso de un papamóvil tradicional o de vehículos grandes.
Por eso me parece que Tenerife quedó injustamente reducida a una nota secundaria dentro de la narración general del viaje. Y, sin embargo, fue aquí donde León XIV dejó probablemente su mensaje más complejo y también el más difícil de asumir.
Me dio la sensación de que lo de Tenerife fue una apostilla a un viaje, que se hizo por aquello del pleito insular y, si a eso le sumamos la anécdota del viaje de regreso al Vaticano, ya lo tenemos todo. Con un Rey que le ofrece su Falcon para que no tenga que esperar. Con Felipe VI comiendo papas, costillas y piñas de Casa Tomás en Capitanía.
Fue un viaje para enmarcar y de lo que nada se olvida, incluso las horas al sol en una explanada portuaria en la que se celebró una misa con una homilía que muy pocos arrinconan en el fondo de su mente. Fue algo memorable, ¿pero solo para las gentes de aquí? Ahí lo dejo para que ustedes mismos se lo respondan.
Luego no puedo dejar de referirme a la imputación del expresidente Rodríguez Zapatero, icono de la izquierda, que hizo muchas cosas en su mandato. Declaró, pero no nos contestó a las dudas que teníamos hasta ese momento sobre las joyas ni al papel que ejercían sus hijas en el asunto del tráfico de influencias en el crédito a una aerolínea venezolana. Ninguna respuesta a las cuestiones que habían despertado una enorme atención pública.
Si algo ha demostrado este episodio es que en una democracia madura no existen los intocables. Por eso, que hoy tenga que comparecer ante un juez no debería interpretarse como una anomalía, sino como la prueba de que las instituciones funcionan y que cualquier persona, por relevante que haya sido su trayectoria, está sometida al mismo escrutinio que el resto de los ciudadanos.
La fortaleza de un sistema democrático no se mide por la ausencia de sospechas, sino por su capacidad para investigarlas con garantías, transparencia y respeto a la presunción de inocencia. Quienes admiraron la trayectoria política de Zapatero y quienes la criticaron tienen hoy un mismo interés: conocer toda la verdad. Porque cuando las dudas se responden con luz y taquígrafos, gana la justicia, gana la política y gana la confianza de los ciudadanos en sus instituciones.
Y quizá ahí esté la conexión entre los dos asuntos de los que he hablado hoy. Tanto el viaje de León XIV como la comparecencia judicial de José Luis Rodríguez Zapatero han ocupado titulares, tertulias y miles de comentarios en las redes sociales.
Del viaje papal permanecerá el mensaje que muchos parecieron olvidar apenas terminó la visita. Canarias sigue siendo la frontera sur de Europa. Los inmigrantes continúan llegando. Las dificultades siguen existiendo. Las preguntas que León XIV planteó sobre la dignidad humana, la responsabilidad política y el papel de Europa continúan esperando respuestas. Y tal vez por eso Tenerife, con menos espectáculo y más reflexión, acabe siendo con el tiempo una de las etapas más recordadas de todo el viaje.
Porque hasta hace unos años la discusión giraba en torno a cómo repartir a los migrantes entre los países de la Unión; hoy el centro del debate está en cómo impedir la llegada irregular y cómo acelerar las expulsiones. Esa evolución refleja un endurecimiento evidente de la política migratoria europea, incluso en gobiernos que tradicionalmente defendían posiciones más abiertas.
La principal duda es si los Estados miembros serán capaces de poner en marcha todas las medidas previstas y asumir los costes administrativos, policiales y judiciales que implica el nuevo sistema. Varios países han reconocido retrasos en la adaptación de sus procedimientos nacionales.
Con Zapatero sucede algo parecido. Más allá de las simpatías o antipatías que despierte su figura política, lo relevante no es el ruido que acompaña a la investigación ni la batalla partidista que inevitablemente se ha generado a su alrededor.
Lo importante es que las instituciones hagan su trabajo, que las preguntas pendientes encuentren respuesta y que los hechos puedan ser conocidos con claridad. La democracia no consiste en proteger a unos ni en condenar anticipadamente a otros. Consiste precisamente en que todos estén sometidos a las mismas reglas y a los mismos controles.
Vivimos tiempos en los que la conversación pública parece construirse a golpe de impacto inmediato. Todo dura unas horas, se convierte en tendencia y es sustituido rápidamente por el siguiente acontecimiento. Pero hay cuestiones que merecen algo más que una reacción instantánea.
La inmigración, la convivencia, la transparencia pública, la confianza en las instituciones o la búsqueda de la verdad no desaparecen cuando se apagan las cámaras. Siguen ahí al día siguiente, esperando respuestas más serenas que los titulares y más profundas que los mensajes de las redes sociales.
Por eso he preferido esperar una semana antes de evaluar el viaje del Papa. Hoy, con algo más de distancia, sigo pensando que León XIV vino a recordarnos problemas que continúan sin resolver y que el caso Zapatero nos recuerda que ninguna democracia puede permitirse zonas de sombra. Lo demás —los aplausos, las críticas, los vehículos, las anécdotas, los eslóganes y las trincheras políticas— acabará perdiéndose en la memoria. Lo importante seguirá ahí. Como siempre.
* José MORENO GARCÍA
Periodista.
Analista de la actualidad.
Islas Canarias, 20 de junio de 2026.



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