EL MONÓLOGO / 330
La frontera invisible

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Por Pepe Moreno *

 

 

Agosto suele ser un mes baldío en términos informativos. Sin embargo, este mes parece estar siendo distinto. Entre incendios, la crisis migratoria de Ceuta, los casos de corrupción y la resaca del Mundial, no está siendo un mes tranquilo.

 

En apenas unos días hemos escuchado hablar de supuestas invasiones, de situaciones descontroladas y de amenazas que, según algunos discursos, justificarían cualquier calificativo. Sin embargo, cuando uno busca los documentos oficiales que respalden determinadas afirmaciones, descubre que no existen informes del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) que avalen ese relato. Al menos eso dicen algunos ministros.

 

Se habla mucho de que el Gobierno fue avisado, de que los “espías” advirtieron de lo que podía pasar. De que en algunos ministerios no hicieron mucho caso, de que al menos el presidente de la Ciudad Autónoma lo había advertido y de que muchos sabían del salto que se preparaba y más después de una sentencia del Tribunal Supremo sobre llegar a nado a una frontera… pero nada. No hubo reacción. ¿Es posible que nadie en el CNI supiera de esta llegada masiva? ¿Cuál es el papel de los que trabajan en ese Centro?

 

Hay un aspecto, sobre todo periodístico, que hay que analizar. La ciudad autónoma se ha convertido estos días en el escenario desde el que prácticamente toda Europa ha querido contar la crisis migratoria. Redacciones españolas, agencias internacionales y cadenas de televisión han competido por disponer de imágenes, testimonios y conexiones en directo.

 

La demanda fue tan elevada que, según relataron periodistas locales, resultó casi imposible encontrar profesionales disponibles para colaborar con otros medios, algo que sí había sucedido en episodios anteriores. El valor de una fotografía exclusiva o de un vídeo grabado sobre el terreno aumentó al mismo ritmo que crecía el interés informativo.

 

Ante esa situación, numerosos periodistas decidieron desplazarse personalmente hasta Ceuta. Algunos lo hicieron como colaboradores independientes; otros, como rostros conocidos de la televisión, conscientes de que la noticia se estaba escribiendo allí y no desde un plató. Entre ellos estuvo Ana Rosa Quintana, que interrumpió sus vacaciones para instalarse en la ciudad y realizar conexiones en directo, tanto en su programa como en otros espacios de la cadena, ofreciendo además su particular interpretación política de lo que estaba ocurriendo.

 

Naturalmente, esa forma de ejercer el oficio tiene un precio. Desplazarse en pleno mes de agosto implica billetes más caros, hoteles, manutención, jornadas interminables y una organización que muchos medios ya no están dispuestos a asumir. La reducción de presupuestos ha convertido el reporterismo clásico en un lujo que cada vez menos empresas consideran rentable.

 

El periodista ceutí Juanmi Armuña lo resumía recientemente al explicar que las tarifas que perciben muchos colaboradores apenas cubren los gastos de una cobertura de estas características. Y, sin embargo, son precisamente esos profesionales quienes aportan el contexto, los matices y las historias humanas que no aparecen en una nota oficial ni en una rueda de prensa.

 

Existe además otra realidad incómoda. Ceuta suele ocupar portadas cuando ocurre una tragedia o cuando la presión migratoria alcanza niveles excepcionales. Y quizá esa sea la principal enseñanza de todo este episodio. La inteligencia artificial puede resumir documentos, ordenar datos o redactar una información con rapidez.

 

Lo que todavía no puede hacer es recorrer una playa al amanecer, percibir el ambiente que se respira en una frontera, escuchar el relato de quien acaba de jugarse la vida cruzando el mar o reflejar el cansancio de los agentes y de los vecinos que llevan días viviendo una situación extraordinaria. La tecnología puede ayudar al periodismo, pero sigue sin sustituir aquello que le da sentido: la presencia, la observación y el contacto directo con la realidad.

 

Lo ocurrido en Ceuta no es una historia nueva para Canarias. Cambia el escenario, los protagonistas y la intensidad de las imágenes, pero el problema de fondo es exactamente el mismo: una frontera europea que tiene kilómetros de distancia con Bruselas, pero apenas unas millas con África.

 

Hay otra cuestión que resulta difícil ignorar cuando hablamos de la relación entre España y Marruecos. La crisis de Ceuta dejó una pregunta encima de la mesa que todavía no ha tenido una respuesta clara: ¿qué ocurrió realmente en aquella frontera y por qué las autoridades marroquíes apenas ofrecieron explicaciones sobre uno de los episodios más graves vividos entre ambos países en los últimos años?

 

Mientras en España se discutía sobre seguridad, inmigración, responsabilidades políticas y consecuencias diplomáticas, desde Rabat se optó por un perfil mucho más bajo. No hubo una explicación detallada sobre cómo miles de personas pudieron concentrarse y acceder a la frontera en unas horas. Tampoco una respuesta pública que aclarara por qué se produjo una situación que puso en jaque a una ciudad española y obligó a movilizar todos los recursos disponibles del Estado.

 

Hemos visto cómo no hay unanimidad en las respuestas de nuestros políticos, ni siquiera entre los que se sientan en el Consejo de Ministros a la hora de evaluar lo que se dice en un sitio y en otro. Hasta ahí ha llegado la polarización política. La diplomacia tiene sus tiempos y lo hemos observado.

 

El mismo Marruecos que reclama cada vez más protagonismo internacional, que quiere presentarse como puente entre África y Europa y que aspira a tener un papel central en acontecimientos de dimensión mundial, también debe responder a las dudas que generan episodios como el vivido.

 

La candidatura del Mundial de 2030 es un buen ejemplo de esa nueva dimensión. Marruecos compartirá organización con España y Portugal en una cita que pretende ser un símbolo de unión entre continentes. Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, ha defendido públicamente esa alianza y ha destacado el papel marroquí en el proyecto.

 

Mientras en los últimos días ha vuelto a crecer la polémica sobre la posibilidad de que la final pueda acabar disputándose en Casablanca o, como ha anunciado RNE, en el Santiago Bernabéu, una cuestión que la organización de fútbol niega que esté decidida, pero que ha reabierto la pugna entre las sedes.

 

Entre los que llegaron a Ceuta hubo muchos jóvenes que después explicaron que su intención no era quedarse allí, sino continuar hacia Europa. Algunos buscaban llegar a Francia, Bélgica o Alemania; otros pretendían encontrar familiares o amigos que ya habían iniciado ese camino.

 

Sus relatos recordaban una evidencia que a veces se pierde entre las cifras: la inmigración no es únicamente un debate sobre fronteras, también es un fenómeno humano impulsado por expectativas, necesidades y desesperación.

 

Lo ocurrido con los menores no acompañados ha abierto una nueva grieta. Algunas comunidades autónomas han defendido que sus recursos están al límite y han rechazado asumir nuevas acogidas, mientras que el archipiélago recuerda que aquí los límites se alcanzaron hace mucho tiempo.

 

La diferencia es que para las islas no se trata de un debate político, sino de una realidad que afecta a centros, educadores, servicios sociales y a la capacidad de respuesta de una comunidad autónoma que no puede ampliar sus recursos al mismo ritmo que llegan las personas.

 

Aquí, en las islas, el enfrentamiento entre Coalición Canaria y algunos dirigentes del Partido Popular refleja precisamente esa contradicción. Ambos partidos comparten espacios de gobierno y coinciden en reclamar una política migratoria más ordenada, pero la presión nacional de los pactos políticos introduce matices diferentes según el territorio desde el que se habla. Lo que para nuestras islas es una emergencia permanente, para otros lugares aparece como una decisión puntual.

 

La inmigración seguirá siendo uno de los grandes debates de las próximas décadas. No obstante, si algo debiera haber enseñado esta última crisis es que no se puede gestionar un fenómeno estructural con soluciones improvisadas cada verano. Ni con discursos que solo buscan culpables, ni con enfrentamientos entre administraciones que olvidan que detrás de cada decisión política hay personas.

 

Por eso la respuesta no puede limitarse a levantar más barreras ni a repartir responsabilidades cuando aparece una emergencia. España necesita una política migratoria estable, Marruecos debe asumir su papel como país vecino y Europa tiene que entender que sus fronteras exteriores no pueden depender exclusivamente de quienes están geográficamente más cerca del problema.

 

Porque esa es, probablemente, la gran contradicción de esta historia. Hablamos de fronteras visibles, de vallas, de costas y de controles, pero las verdaderas fronteras son otras: las que separan la responsabilidad de la indiferencia, el discurso político de la realidad y las decisiones que se toman lejos de los territorios que sufren sus consecuencias.

 

Canarias conoce bien esa realidad. Las islas no han elegido estar en primera línea, ni pueden cambiar la posición que ocupan en el mapa. Pero durante años han demostrado que una frontera no es únicamente un punto de llegada. Es también un lugar donde se ponen a prueba los recursos, la capacidad de respuesta y la solidaridad de un país y de un continente.

 

Quizá esa sea la gran lección de esta crisis. Que la frontera sur de Europa no empieza ni termina en Ceuta, en Melilla o en Canarias. Es una frontera común, aunque durante demasiado tiempo algunos hayan preferido considerarla un problema ajeno.

 

Porque hay fronteras que aparecen en los mapas y otras que, aunque nadie las dibuje, condicionan la vida de miles de personas. Esa es la frontera invisible que todavía queda por resolver.

 

 

* José MORENO GARCÍA

Periodista.

Analista de la actualidad.

 

Islas Canarias, 8 de agosto de 2026.

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