EL MONÓLOGO / 331
Mirando al bolsillo

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Por Pepe Moreno *

 

 

La verdad es que hoy muchos están caminando hacia Candelaria por los caminos de siempre, que es por la carretera vieja del Sur. Están prohibidos los que atraviesan por el monte. Y es que cuesta menos trabajo prohibir que recomendar y hay mucha gente. Por eso es más fácil ir por la carretera que atravesar por el camino viejo.

 

Es lo mismo que el dichoso eclipse. Mucho se ha escrito sobre la ocultación de sol que tuvo lugar el miércoles. En los días previos, informaciones en la radio, la televisión y los periódicos, tanto los digitales como los de papel, nos advertían que no deberíamos mirar sin las gafas especiales, que nos abstuviéramos de sacar fotos con cámaras que no estuvieran preparadas y demás cosas.

 

Uno, que ya es perro viejo en estas cosas, o que tiene el colmillo retorcido, ve que nos tratan de dirigir. No digo que las recomendaciones fueran incorrectas. Mirar directamente al sol durante un eclipse puede ser perjudicial y las precauciones tenían su razón de ser. Hasta ahí, todo perfecto.

 

Lo que me llama la atención es esa facilidad con la que aceptamos que alguien nos diga cómo debemos mirar. Primero fueron las gafas. Después, que no utilizáramos determinadas cámaras. Luego llegaron las instrucciones sobre dónde colocarnos, a qué hora mirar y qué precauciones tomar. Y uno empieza a pensar que, en cualquier momento, alguien va a terminar diciéndonos también qué es exactamente lo que tenemos que ver.

 

Porque quizá el problema no sea el eclipse. El problema es que llevamos demasiado tiempo acostumbrándonos a que nos expliquen lo que tenemos delante y, sobre todo, cómo debemos interpretarlo.

 

Nos ocurre con casi todo. Nos dicen qué noticia es importante, qué noticia no lo es, qué declaración debemos considerar escandalosa y cuál debemos pasar por alto. Nos indican quién ha ganado una discusión antes incluso de que hayamos escuchado los argumentos de unos y otros. Nos ofrecen la indignación ya preparada, convenientemente empaquetada y lista para consumir.

 

Decía un amigo mío el otro día que él recordaba el anterior eclipse, con lo que ustedes habrán deducido que tiene muchos años, y “no había gafas especiales y lo vimos con cristales de botellas ahumados”. Como cambian los tiempos y los modos.

 

Antes bastaba con buscar una botella, ennegrecer un cristal y mirar al cielo. Ahora necesitamos unas gafas homologadas, con su correspondiente certificación, y hasta nos explican cómo debemos ponérnoslas si llevamos gafas graduadas. No es una crítica a las recomendaciones de los expertos, porque esta vez tenían razón: los cristales ahumados, las radiografías, los CD y otros inventos caseros no son métodos seguros para mirar directamente al Sol.

 

Pero reconozcan que la escena tiene su gracia. Ahora necesitamos un manual de instrucciones. Hemos pasado de “mira, que ahí está la Luna tapando el Sol” a una especie de protocolo de observación astronómica. Y quizá no sea solamente con los eclipses. Nos hemos acostumbrado a que todo venga con un folleto de uso institucional.

 

Antes uno veía una cosa y sacaba sus propias conclusiones. Ahora primero buscamos qué han dicho los expertos, después qué ha publicado el periódico, luego qué se comenta en las redes sociales y, finalmente, terminamos preguntándonos si aquello que hemos visto con nuestros propios ojos realmente ha ocurrido.

 

Porque mirar es una cosa. Ver, otra. Y tener una opinión propia empieza a convertirse casi en una actividad de riesgo. Quizá por eso el eclipse me ha hecho pensar más en nosotros que en el Sol. Durante unos minutos todos levantamos la cabeza y miramos hacia el mismo sitio. Eso ya es bastante extraordinario en estos tiempos.

 

Hoy los derechos, fundamentalmente estos, porque los deberes parece que nunca han existido, nos indican aquello que tenemos razones para pedir. Lo que no sabemos es a quién, ni cómo, ni en qué condiciones.

 

Tenemos derecho a una vivienda digna, a una sanidad de calidad, a una educación adecuada, a un trabajo, a la igualdad, a la conciliación, a la desconexión, a la protección de nuestros datos y hasta a que la Administración nos trate correctamente. La lista es cada vez más larga. Y no digo que esté mal. Al contrario. Muchos de esos derechos son conquistas sociales que costaron mucho conseguir y que sería una barbaridad poner en cuestión.

 

Pero hay algo que hemos ido olvidando por el camino: que un derecho suele necesitar de alguien que lo haga posible.

 

Porque si yo tengo derecho a una vivienda, alguien tendrá que construirla. Si tengo derecho a una sanidad pública de calidad, alguien tendrá que pagarla y habrá profesionales que tendrán que trabajar en ella. Si tengo derecho a una pensión, tendrá que haber trabajadores cotizando cuando llegue el momento. Y si tengo derecho a vivir en una sociedad limpia, segura, ordenada y respetuosa, quizá yo también tenga que hacer alguna cosa para que lo sea.

 

Ahí es donde empiezan los problemas. Porque hemos construido una sociedad extraordinariamente eficaz para hablar de derechos y bastante menos aplicada a la hora de hablar de responsabilidades. Hasta la propia Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea establece que el disfrute de esos derechos lleva aparejados responsabilidades y deberes respecto de los demás, de la comunidad y de las generaciones futuras.

 

Pero de eso se habla bastante menos. Quizá porque pedir es mucho más cómodo que cumplir. Reclamar es más sencillo que aportar. Y señalar al responsable de que algo no funcione resulta infinitamente más fácil que preguntarnos qué parte nos corresponde a nosotros.

 

Así que volvemos al eclipse. Nos pasamos días explicándonos que teníamos que ponernos unas gafas especiales para mirar al Sol. Nos dijeron que podíamos hacer y qué no. Nos protegieron incluso de nuestra propia imprudencia.

 

Y, curiosamente, nadie tuvo que explicarnos que después de mirar al cielo había que volver a poner los pies en la tierra. Porque quizá el problema de nuestra época no sea que tengamos demasiados derechos. Es que hemos empezado a creer que todos los derechos son gratuitos, que siempre los paga otro y que ninguno viene acompañado de una obligación.

 

Y hablando de derechos, de poder adquisitivo y de esas cosas que aparecen muy bien en los discursos, pero bastante menos en la cuenta corriente, hay otro asunto que conviene mirar.

 

Los precios han vuelto a colocarse por encima del 3% y llevan ya cinco meses haciéndolo. En julio, la inflación se situó en el 3,5%, mientras que los salarios pactados en convenio apenas alcanzaron el 3,02%. Dicho de otra manera: aunque a usted le hayan subido el sueldo, probablemente puede comprar menos cosas con él que hace un año.

 

Y eso se nota especialmente cuando llega el verano. ¿Sabe usted cuánto le han costado sus vacaciones? No me refiero a lo que pagó por el hotel o por el billete de avión. Me refiero a todo. Al depósito del coche, al restaurante, al supermercado, al apartamento, a ese café que antes costaba una cosa y ahora cuesta otra, al aparcamiento, al alquiler de una hamaca y hasta a ese helado que uno compra para los niños y que empieza a tener precio de producto financiero.

 

Porque la inflación tiene una curiosa habilidad: nunca se presenta de golpe. No llama a la puerta para decirnos que nos va a quitar un 3,5% del sueldo. Se reparte en pequeñas cantidades. Unos céntimos aquí, unos euros allá, una subida en la gasolina, otra en la electricidad, otra en la cesta de la compra. Y cuando llega el momento de hacer cuentas, resulta que el dinero ha desaparecido.

 

Es como el eclipse, pero al revés. En el eclipse vimos cómo la Luna iba tapando el Sol poco a poco. Con los precios ocurre algo parecido: van tapando nuestro poder adquisitivo hasta que un día miramos la nómina y nos preguntamos dónde se ha metido aquel dinero que antes parecía alcanzar para algo más.

 

Y aquí aparece otra de esas contradicciones de nuestro tiempo. Nos dicen que la economía crece, que se crea empleo, que los salarios suben y que los datos macroeconómicos son razonablemente buenos. Y seguramente todo eso sea cierto. Pero después llega una familia a la caja del supermercado, llena el depósito del coche o intenta reservar unos días de vacaciones y descubre que la macroeconomía no paga la cuenta.

 

Y en Canarias tenemos además una particularidad: somos un territorio que vive en buena medida del turismo, pero también somos un territorio al que viajar puede salir cada vez más caro. Este verano lo hemos comprobado otra vez. Aviones, alojamientos, restaurantes y servicios turísticos han convertido las vacaciones en una especie de prueba de resistencia económica.

 

Y entonces uno entiende que aquello del poder adquisitivo no es una expresión de economistas. Es la diferencia entre poder permitirse unas vacaciones y tener que conformarse con ver las fotografías de las vacaciones de los demás.

 

Quizá por eso, después de tantos derechos, tanta información, tantas recomendaciones y tantas instrucciones, habría que recuperar una palabra bastante más sencilla: poder.

 

No el poder de los políticos. El poder de compra. Ese que no necesita gafas especiales para comprobar si lo que nos cuentan coincide con lo que tenemos en el bolsillo.

 

Y eso sí que es mirar la realidad con unas gafas que no dejan ver demasiado.

 

 

* José MORENO GARCÍA

Periodista.

Analista de la actualidad.

 

Islas Canarias, 15 de agosto de 2026.

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