EL MONÓLOGO / 332
Todo suma

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Por Pepe Moreno *

 

 

Canarias vive una contradicción cada vez más difícil de esquivar: genera una enorme riqueza turística, pero no logra convertirla con la misma eficacia en bienestar cotidiano para quienes viven aquí.

 

Los precios suben, los salarios a menudo no alcanzan y la vivienda se convierte en una carrera de obstáculos; al mismo tiempo, seguimos siendo uno de los destinos turísticos más atractivos del mundo y los visitantes parecen tener bastante claro el valor de lo que se ofrece.

 

Un informe de Visa y el Payment Innovation Hub sobre las tendencias de viaje para 2026 vuelve a poner a Canarias en una posición privilegiada. El turista internacional que elige las islas no solo viene, sino que repite, planifica con tiempo y, en muchos casos, está dispuesto a gastar más.

 

Más de la mitad, el 54,4 %, ya ha estado aquí anteriormente. Somos la comunidad autónoma española con mayor porcentaje de turistas repetidores. Y eso tiene mérito, porque conseguir que alguien vuelva siempre es más difícil que conseguir que venga por primera vez.

 

El 31,7 % de quienes tienen previsto viajar a Canarias asegura que aumentará su presupuesto respecto al año pasado. Los británicos, que siguen siendo nuestro principal mercado emisor, prevén gastar una media de 1.477 euros por persona.

 

Ahí está la paradoja principal: tenemos un producto turístico que funciona, un visitante que repite y un mercado dispuesto a gastar más, pero seguimos sin resolver cómo hacer que esa fortaleza se note de forma suficiente en la vida diaria de la gente.

 

Por eso la pregunta importante no es solo cuántos turistas vienen, sino cuánto valor real queda en Canarias después de cada récord. Podemos y debemos reconocer que el turismo es una de nuestras grandes fuentes de riqueza.

 

Sin embargo, si parte de la población tiene cada vez más dificultades para pagar una vivienda, llenar el carro de la compra o permitirse unas vacaciones, el debate ya no puede limitarse a celebrar cifras. No vaya a ser que tengamos un turismo de primera y una vida de segunda.

 

Ese desajuste se ve con claridad en la vivienda. Canarias funciona con enorme solvencia como destino turístico, pero empieza a resultar bastante más complicada como lugar en el que vivir.

 

El esfuerzo para alquilar una vivienda de dos habitaciones ya alcanza el 31 % de los ingresos de una familia en Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria, por encima del 30 % que los expertos consideran el límite razonable. Dicho de otro modo: vivir en las dos capitales canarias empieza a exigir más de lo que muchas economías familiares pueden sostener.

 

Y eso antes de pagar la luz, el agua, la comida, el transporte, el colegio de los niños, el seguro del coche o cualquier otra de esas pequeñas cosas que tienen la mala costumbre de llegar todos los meses.

 

La paradoja es evidente. Una economía que necesita trabajadores para atender a millones de turistas no puede permitirse que esos mismos trabajadores tengan cada vez más difícil encontrar una vivienda asumible cerca de donde se genera la riqueza.

 

Y si hablamos de lo que cuesta vivir, hay una factura que llega puntualmente, aunque uno no la haya invitado: la de la luz.

 

Este verano estamos descubriendo que el calor también tiene precio. Y en Canarias sabemos bastante de eso. El problema es que cada vez que sube el termómetro, también puede subir el contador.

 

En junio, la demanda eléctrica de Canarias creció un 2 % respecto al mismo mes del año anterior, mientras la generación solar fotovoltaica aumentó un 12,7 %. Es una buena noticia, pero no resuelve por sí sola el problema inmediato de quien vive en una casa mal aislada y tiene que pagar este mes una factura más alta.

 

También aquí aparece la desigualdad. Quien puede cambiar ventanas, mejorar el aislamiento, instalar equipos eficientes o poner placas solares tiene margen para reducir el consumo; quien no puede invertir, consume más y paga más. Hasta para defenderse del calor hace falta capacidad económica.

 

La vivienda aprieta, la electricidad pesa y los precios no dan tregua. Y en ese mismo escenario aparece otra factura que tampoco suele fallar: la de Hacienda.

 

Cada vez se escucha más aquello de que pagamos más impuestos. Puede sonar a queja de sobremesa, pero detrás hay una realidad seria: cuando todo sube, también puede aumentar la presión fiscal efectiva sobre quienes no sienten que su poder adquisitivo mejore.

 

Y no hace falta que cada año se anuncie una gran subida de impuestos para que la recaudación aumente. Basta, en determinados casos, con qué precios y salarios suban mientras las reglas fiscales no se actualizan en la misma proporción.

 

Si los precios suben y los salarios aumentan, aunque sea para intentar compensar la inflación, el trabajador puede terminar pagando más IRPF porque los tramos no se actualizan en la misma proporción. Es lo que se conoce como progresividad en frío: usted gana más euros, pero no necesariamente tiene más capacidad para comprar cosas. Sin embargo, Hacienda sí puede terminar recaudando más.

 

El resultado es fácil de entender. Uno mira la nómina y parece que cobra más; mira la luz, el supermercado, el depósito y la vivienda, y descubre que ese aumento se ha quedado pequeño antes de llegar a fin de mes.

 

Hay una forma bastante gráfica de entender cuánto pesa todo esto. La Fundación Civismo calcula cada año el llamado Día de la Liberación Fiscal, una estimación del momento en que un trabajador medio habría generado, sobre el papel, lo necesario para hacer frente al conjunto de sus obligaciones fiscales.

 

En Canarias, ese día llegó el pasado 18 de agosto. O, dicho de otra manera: un trabajador canario necesita trabajar 229 días del año para cubrir sus obligaciones fiscales. A partir de ese momento, según este cálculo, empieza a trabajar para sí mismo.

 

Bueno… para sí mismo y para pagar la luz, el alquiler, la gasolina, la compra y todo aquello que todavía no haya subido.

 

Y tampoco hay demasiado margen para sacar pecho. El año pasado ese día llegó dos jornadas antes. La presión fiscal ha aumentado y hemos necesitado trabajar dos días más para llegar al mismo punto.

 

Dos días pueden parecer poca cosa. Hasta que uno empieza a sumar días.

 

Porque cuando juntamos los días que trabajamos para pagar impuestos con los que necesitamos para pagar la vivienda, la electricidad, la alimentación y el resto de las facturas, quizá empecemos a preguntarnos cuánto tiempo nos queda realmente para disfrutar de aquello que ganamos.

 

No se trata de decir que los impuestos sean malos. Una sociedad los necesita. Con ellos se pagan hospitales, colegios, carreteras, pensiones, servicios públicos y buena parte de aquello que después reclamamos cuando no funciona.

 

El problema aparece cuando la pregunta deja de ser cuánto pagamos y pasa a ser qué recibimos a cambio.

 

Y en Canarias tenemos una particularidad que hace todavía más interesante la conversación.

 

Tenemos un régimen fiscal propio, el REF, y un impuesto indirecto diferente, el IGIC. Durante años se nos ha explicado que esa fiscalidad específica debía compensar las dificultades derivadas de vivir en unas islas alejadas del continente.

 

Por tanto, cuando hablamos de impuestos en Canarias, no hablamos solamente de cuánto pagamos. También hablamos de cómo se administra ese régimen y, sobre todo, de quién toma las decisiones que afectan a nuestro bolsillo.

 

Después de hablar de turismo, vivienda, electricidad, salarios e impuestos, quizá la conclusión sea bastante más incómoda de lo que nos gustaría admitir.

 

Canarias genera riqueza. Mucha. Recibe turistas que repiten, que planifican sus viajes y que vienen dispuestos a gastar. Tenemos una economía que funciona y un territorio que sigue siendo capaz de atraer dinero de fuera.

 

Lo que no parece funcionar con la misma eficacia es el camino de vuelta.

 

Porque si la riqueza crece, pero una familia tiene cada vez más dificultades para pagar una vivienda; si llegan más turistas, pero quienes trabajan para atenderlos no encuentran dónde vivir; si aumentan los salarios, pero también lo hacen los precios; si producimos más energía solar, pero la factura sigue apretando; y si pagamos impuestos durante 229 días al año, quizá tengamos que dejar de conformarnos con celebrar los récords.

 

La pregunta ya no debería ser cuánto crece Canarias. Deberíamos preguntarnos para quién crece Canarias. Porque una economía no puede medirse solamente por lo que factura, sino también por la vida que permite llevar a quienes la sostienen.

 

Y aquí es donde las cuentas empiezan a no salir. Nos hemos convertido en auténticos especialistas en sumar: la vivienda, la luz, el supermercado, la gasolina, los impuestos… Todo suma. Y cuando todo suma, al final alguien resta.

 

Resta capacidad para ahorrar, para comprar una casa, para días de vacaciones, o de tranquilidad. Y, sobre todo, para esa sensación tan sencilla de que trabajar sirve para vivir un poco mejor.

 

Quizá ese sea el verdadero termómetro de Canarias.

 

No cuántos turistas llegan ni el dinero que gastan o los millones que generan en nuestra economía, sino cuánto de todo eso queda en el bolsillo de los que viven aquí. Porque el sol seguirá saliendo mañana, pero si para el que vive en Canarias le resulta cada vez más difícil llegar a fin de mes, tendremos que reconocer que algo estamos haciendo mal.

 

Y entonces ya no estaremos hablando de economía sino de la vida.

 

Aunque, viendo cómo están las cosas, siempre nos quedará mirar al cielo y pensar que el sol, al menos, es gratis. De momento.

 

 

* José MORENO GARCÍA

Periodista.

Analista de la actualidad.

 

Islas Canarias, 22 de agosto de 2026.

 

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