¿De qué estamos hablando?
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Remigio Beneyto Berenguer *
Hace seis años, en un pueblo de la provincia de Alicante, vino un Inspector de Educación, quien, ante un teatro atiborrado de padres y madres, anunció que el futuro de la educación pasaba por trabajar en las aulas con los portátiles y las tablets.
En ese momento, me levanté y, con la chulería de la que suelo hacer gala, dije: “Reto a que comprueben que, en menos de cuatro años, todos los estamentos de la comunidad educativas renegarán de los móviles, portátiles y tablets en el aula”. Como ustedes comprobarán, el estupor fue general, al pensar que yo era poco menos que un dinosaurio educativo.
En aquel momento cité a Umberto Eco, quien, ya en 2015, manifestó, en un encuentro en Turín, que el internet y las redes sociales habían elevado al mismo nivel de autoridad, sobre un tema, a un inculto que a un premio Nobel. Él incluso llegó a afirmar que asistiríamos a la invasión de los necios.
Quizá yo no sea tan extremista, pero sí digo que de lo que no sé, no hablo con autoridad. Me muestro con humildad y con ganas de aprender. He asistido con rubor a amigos que, siendo totalmente desconocedores de alguna materia de la que soy estudiosos, me han impartido una auténtica clase, lanzando tópicos y más tópicos provenientes de las redes.
Antes de pasar esos cuatro años, ya se estaba renegando del uso de los móviles. Actualmente la mayoría de los sistemas educativos restringen el uso de móviles y tablets en el aula, porque dificultan la concentración y anulan el interés, además de todos los problemas de ciberacoso y daños en la convivencia.
Entonces ¿es perjudicial el móvil o la tablet? Por supuesto que no. Lo que no es positivo es el uso que se hace de ellos, y, concretamente, lo que es perjudicial es que sea usado por quien no está preparado para usarlo.
El 5 de mayo de 2025 asistí a una conferencia de un excepcional académico y especialista en Inteligencia Artificial. Tras su brillante conferencia, yo le pregunté: ¿Quién está detrás de la IA? ¿Quién es el vendedor que llama a mi puerta? ¿Qué se persigue con la IA?
¿Se persigue mejorar el mundo, el bien común? ¿El fin es paliar el hambre en el mundo, que cesen las guerras? ¿O es simplemente una cuestión de dinero, de poder económico o de poder mundial? Seguí preguntando: ¿Cuál es el final? ¿Cómo termina esta escalada de la IA?
Recordé en ese escenario público la película “El Gran Dictador” de Charles Chaplin, concretamente la escena de la barbería, donde Hynkel (que representa a Hitler) y Napaloni (que representa a Mussolini), van subiendo sus asientos con el objetivo de ser más que el otro, hasta que, al final, se rompe todo y se cae, en un espectáculo grotesco.
Y añadí: “Quizá Estados Unidos y China van subiendo sus asientos hasta saber dónde y cuál será el final”. Y aventuré: “No sea cosa que dentro de pocos años nos tengamos que formar para ver cómo vamos contra la IA, porque nos puede destrozar”. Repito que lo dije (y hay incluso hasta grabación) en mayo de 2025. El experto ponente me dijo que no lo descartara, que casi seguro que así sería.
Prácticamente un año después, el 11 de septiembre de 2026, Dario Amodei, director ejecutivo y cofundador de Anthropic, dijo que había que desacelerar las capacidades de los modelos de IA, y, un día después, el 12 de septiembre de 2026, Elon Musk, director de XAI y Sam Altman, jefe de OpenAI, han afirmado, coincidiendo con el CEO de Anthropic, que es necesario frenar el desarrollo de la IA.
Entonces ¿estamos en manos de incautos? ¿No habíais pensado las consecuencias? ¿Seréis, pues, responsables de lo que habéis hecho? Anuncio también que, dentro de poco tiempo, los bufetes de abogados de todo el mundo estarán ya preparando demandas multimillonarias. Ya lo están haciendo.
Miren, yo soy un auténtico analfabeto en nuevas tecnologías, en la IA, pero sé lo que es la humanidad. Miren, yo soy un dinosaurio y un analógico, pero sé cómo es el hombre y la mujer; sé que nunca una IA o una tecnología va a superar a la persona humana en inteligencia, en humildad, en templanza, en fortaleza, en paciencia, en lealtad, en coherencia, en empatía, en pensar en el otro, en llorar y en reír.
Y que todas estas virtudes es lo que nos hace mejores. Miren, esto que acabo de decir no es misticismo barato. Es pura realidad. La tecnología, mal utilizada, esclaviza e idiotiza y no proporciona felicidad. Miren, para estos gigantes de la tecnología lo único que les interesa es el dinero, la economía (de ellos), el poder. La información es poder. El dinero es poder. Nada más ni nada menos.
* Remigio BENEYTO BERENGUER
Profesor Catedrático de la Universidad CEU Cardenal Herrera.
Departamento de Ciencias Jurídicas
Catedrático de Derecho Eclesiástico de la Universidad CEU de Valencia.
Académico de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.
Islas Canarias, 15 de septiembre de 2026



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