La honestidad en la política (y II)

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Remigio Beneyto Berenguer *

 

 

Todos queremos tener a nuestro lado a personas honestas, porque nos sentimos seguros y confiados.

 

La honestidad de un político conlleva no defraudar a quienes les votaron, no incumplir sus promesas electorales. Prometer bajar los impuestos y, una vez en el gobierno, subirlos es una falta de honestidad. Prometer defender la vida y la familia y, una vez en el gobierno, aprobar leyes en contra de la misma, es actuar de manera deshonesta.

 

Cuando la vergüenza cae a niveles de rubor y decadencia los ciudadanos se sienten traicionados y hay peligro de pensar que todos los políticos son iguales y que nadie merece nuestra representación. El político corrupto, mentiroso o el que cae en actuaciones más deleznables hace mucho daño a la democracia.

 

El político honesto, cuando se vea forzado por la disciplina de voto, a actuar en contra de su conciencia o de los compromisos que ha asumido, debe saber dónde está su dignidad, y ahí es donde empieza su futuro: obrar conforme a su conciencia y principios, asumiendo las consecuencias, o se queda en la organización, asumiendo lo que le indican, aunque sea a costa de su conciencia, pero obteniendo beneficios personales.

 

El político honesto ha de ser consciente de que en su quehacer cotidiano tendrá muchas tentaciones. Éstas, como auténticas, se aparecerán como buenas. Siempre serán en beneficio de alguien, pero el político ha de tener la lucidez de saber distinguirlas. Y ante ellas ha de saber decir que “No”.

 

San Juan Pablo II ante el Cuerpo diplomático ante la Santa Sede en 2003, resalta el valor del católico de ir contra corriente. Afirma: “Para un ejecutivo coherente con sus convicciones, siempre será posible negarse a situaciones de injusticia o a desviaciones institucionales, o bien terminar con ellas.

 

Creo que en esto reside lo que corrientemente se llama hoy ‘el buen gobierno’. El bienestar material y humano, el servicio público desinteresado, la cercanía a las situaciones concretas prevalecen sobre cualquier programa político y constituyen una exigencia ética, que es a la vez lo mejor para asegurar la paz interior de las naciones y la paz entre los Estados”.

 

Por eso los políticos han de participar en el debate público, han de redescubrir las raíces cristianas de Europa. El político no ha de caer únicamente en los brazos de ideologías reductoras que olvidan las aportaciones del Cristianismo a la cultura e instituciones europeas, sino que ha enorgullecerse de la contribución de los cristianos a la trasformación pacífica de regímenes autoritarios, y a la restauración de la democracia en tantos y tantos países de Europa, especialmente en Europa Central y Oriental.

 

La Europa Unida, de momento, ha cumplido 62 años. El Tratado de Roma se firmó en 1957. En menos de 40 años, Europa había sufrido dos Guerras, la primera, la Gran Guerra de 1914 a 1918, y la segunda, la Guerra Mundial, de 1939 a 1945: un auténtico desastre para la humanidad, un fracaso para el diálogo, para el encuentro y para la paz.

 

Fue necesario el trabajo, el tesón, la energía y la motivación de unos líderes que, con ideales de paz, de unión y de prosperidad, hicieron posible el sueño europeo, un sueño que hay que ir constantemente cuidado.

 

Es necesario seguir tendiendo puentes y no dinamitarlos, instaurar la cultura del encuentro y no de la división, allanar caminos y acoger y no levantar muros y fronteras, potenciar lo que nos une y mitigar lo que nos divide; hay que tener claro que el poder significa servicio, que el poder es del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, que incluso era posible la creación de “Estados Unidos de Europa”.

 

Todas estas ideas fueron las que inspiraron el nacimiento de la Europa Unida; ideas auspiciadas por el humanismo cristiano y por sus dignos representantes: Adenauer, Churchill, De Gasperi y Spinelli, Schuman y Monnet, Beyen, Spaak y Bech.

 

En esta misma línea en 1987 surgió el Programa ERASMUS, programa de movilidad que se ha convertido en una plataforma de cooperación internacional, donde millones de jóvenes desarrollan unas competencias necesarias para su perfeccionamiento personal y profesional, y además van tejiendo un sentido de identidad europea e incluso mundial, que complementa las identidades nacionales y locales.

 

Una Europa de hombres y mujeres con una mentalidad abierta, con ganas de aprender constantemente, con un ansia por descubrir nuevos pueblos, nuevas culturas, y, sobre todo, nuevos amigos. Pero también una Europa que ha aprendido que, a pesar de ser hombres y mujeres universales, no debe perder sus raíces, que, con unas buenas raíces, el árbol crece robusto, fuerte, vigoroso, recto, mirando hacia el cielo. Pero si se pierden las raíces, fácilmente acaba doblado hacia un lado y hacia el otro, hasta quizá romperse.

 

 

*  Remigio BENEYTO BERENGUER

Profesor Catedrático de la Universidad CEU Cardenal Herrera.

Departamento de Ciencias Jurídicas

Catedrático de Derecho Eclesiástico de la Universidad CEU de Valencia.

Académico de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

 

Islas Canarias, 2 de marzo de 2023

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