EL MONÓLOGO / 299
Entre ruido y Reyes Magos

AL FINAL DE ESTE ARTÍCULO, TRAS LA FIRMA, PUEDES DEJAR TU OPINIÓN Y RESPUESTA…

Por Pepe Moreno *

 

 

Ya hemos entrado en el 2026 y ahora estamos esperando la llegada de los Reyes Magos, otra fiesta para comprar hasta lo que no hace falta. La gente no sabe qué regalar y pasa por tiendas y comercios como en una película de “zombis”, andando en círculos para ver qué pieza le sentaría bien a la persona a la que se le va a regalar. O que aquella dádiva no se acumule al fondo del armario y que nunca se ponga o que no sea el momento de estrenarlo. A mí, ¿qué quieren que les diga? Me da mucha rabia que nunca utilicen ese regalo.

 

Por eso hoy me quiero referir al mensaje navideño que nos dejó Fernando Clavijo, el presidente canario, que insistió en estos días en una idea que lleva tiempo sobre la mesa: el exceso de ruido. No se refería solo al literal —aunque también—, sino a ese ruido político, mediático y social que distorsiona el debate y dificulta la toma de decisiones serenas.

 

En su intervención apeló a rebajar el tono, a separar lo importante de lo accesorio y a gobernar desde la responsabilidad, no desde la confrontación permanente.  El mensaje, formulado desde una platanera, buscaba situar al Archipiélago en un plano distinto al de la bronca continua que domina buena parte de la agenda estatal, reclamando más escucha y menos consignas, más datos y menos titulares diseñados para durar lo que persiste en una polémica en redes.

 

Rodeado de tierra, cultivo y trabajo silencioso, el presidente del Gobierno de Canarias apeló a rebajar la estridencia política y mediática que, a su juicio, impide centrarse en lo esencial. Habló de la necesidad de gobernar sin gritos, de apartar la bronca permanente y de recuperar un clima en el que las decisiones se tomen con sosiego y pensando en el largo plazo.

 

El escenario, cargado de simbolismo en una isla, como La Palma, que aún arrastra las consecuencias de la erupción volcánica, reforzaba la idea de volver a lo básico: menos espectáculo y más gestión, menos ruido y más soluciones. Pero el mensaje, precisamente por el lugar elegido, admite una lectura más profunda.

 

En una platanera, donde nada crece con prisa y todo depende de constancia, planificación y apoyo público, el silencio no es ausencia, sino trabajo. Y ahí está el reto. Porque da la impresión de que en su gabinete falta mucho de todo eso, y si no es así que se lo pregunten al responsable de Obras Públicas, o de Viviendas Vacacionales o de Industria o de…

 

Porque pedir menos ruido es legítimo, incluso necesario, pero exige al mismo tiempo más claridad, más explicaciones y más decisiones valientes. La ciudadanía no reclama gritos, pero tampoco resignación ni discursos que se queden en lo simbólico.

 

En una Canarias cansada de promesas y de debates que no siempre aterrizan en la vida real, bajar el volumen solo tendrá sentido si, cuando se apague el ruido, lo que se escuche sea una hoja de ruta clara, compartida y capaz de responder a los problemas que siguen creciendo, como las propias plataneras, aunque no siempre se vean desde lejos.

 

La reflexión no es menor, aunque tampoco está exenta de matices. Porque el ruido no surge solo de la oposición, de los medios o de las redes: también se genera cuando las decisiones se retrasan, cuando los mensajes se quedan a medio camino o cuando la política no logra ofrecer certezas en asuntos que afectan a la vida diaria de la gente. Pedir silencio puede ser necesario para pensar mejor, pero no puede convertirse en una coartada para evitar el debate de fondo.

 

En una Canarias tensionada por la vivienda, la inmigración, el modelo turístico o la relación con el Estado, reducir el ruido exige algo más que buenas palabras: requiere claridad, pedagogía y valentía política. Porque cuando baja la cantinela, lo que queda al descubierto no es el silencio, sino la verdad de los problemas que siguen ahí, esperando respuestas.

 

El discurso que vimos esa noche de Fernando Clavijo no se quedó solo en la apelación a bajar el sonido. También hubo un mensaje de fondo sobre la necesidad de estabilidad, de acuerdos y de defender una agenda canaria propia en un contexto cada vez más complejo. Habló de Europa, de la importancia de las Regiones Ultraperiféricas y de no perder de vista que muchas de las decisiones que afectan al día a día del archipiélago ya no se toman únicamente en Madrid.

 

Reivindicó la singularidad de Canarias no como un privilegio, sino como una realidad objetiva que exige políticas diferenciadas en materias clave como el transporte, la agricultura, la energía o la cohesión social. En ese marco, Clavijo insistió en la obligación de proteger el sector primario y el territorio, poniendo el acento en la agricultura como elemento estratégico y no como paisaje decorativo.

 

No fue casual que hablara del POSEI y de la necesidad de mantener los mecanismos de compensación frente a los sobrecostes de la ultraperiferia, justo allí, entre plataneras que simbolizan tanto la dependencia de Europa como la fragilidad de un modelo que sobrevive con márgenes cada vez más estrechos.

 

Las palabras de ese mensaje fueron claras: sin respaldo real, sin políticas que entiendan las islas desde su realidad económica y geográfica, no hay discurso sobre sostenibilidad ni equilibrio territorial que se sostenga.

 

¿Hasta dónde llega, en ese sentido, la responsabilidad de un Gobierno Autónomo? La respuesta podría variar en función de quien responde, pero lo que nos hace dudar a todo es el propósito de enmienda, la autocrítica o la responsabilidad de cada uno.

 

También hubo referencias al modelo de convivencia y a la cohesión social. Clavijo apeló a no alimentar la confrontación, especialmente en asuntos sensibles como la inmigración, la vivienda o el reparto de recursos públicos. Defendió la necesidad de hablar con datos, pero también con humanidad, recordando que detrás de cada cifra hay personas y municipios que soportan la presión diaria.

 

Un mensaje que, entre líneas, interpela tanto a la política como a los medios de comunicación: explicar sin simplificar en exceso, informar sin incendiar, y contribuir a un debate público que ayude a entender los problemas en lugar de utilizarlos como munición.

 

Me quedé con una idea: gobernar en Canarias exige algo más que gestionar titulares o apagar fuegos puntuales. Exige resistir la tentación del ruido fácil y apostar por una política menos vistosa, pero más constante; menos reactiva y más estratégica.

 

El reto no es solo bajar el volumen, sino llenar el silencio de contenido, de planificación y de decisiones que se noten en la vida diaria. Porque en un territorio fragmentado, frágil y permanentemente observado, el silencio, si no va acompañado de hechos, puede ser tan elocuente —y tan peligroso— como el ruido.

 

Porque el problema no es la falta de mensajes bien construidos o de diagnósticos claros; el problema es que la ejecución tarda demasiado, se diluye en procedimientos y se pierde entre promesas repetidas. Habla de organizar titulares, sí, pero no la vida de quienes sufren la escasez de vivienda, los precios que suben, la falta de transporte o la precariedad laboral.

 

Así, lo que debería ser una llamada a la responsabilidad se convierte en un eco que apenas cambia la realidad. Canarias necesita menos discursos y más hechos, menos ruido y más resultados; porque mientras hablamos, la gente sigue esperando soluciones reales, y 2026 no puede ser solo otro año de palabras bonitas.

 

La ciudadanía no reclama gritos, pero tampoco resignación ni discursos que se queden en lo simbólico. En una Canarias cansada de promesas y de debates que no siempre aterrizan en la vida real, bajar el volumen solo tendrá sentido si, cuando se apague el ruido, lo que se escuche sea una hoja de ruta clara, compartida y capaz de responder a los problemas que siguen creciendo, como las propias plataneras, aunque no siempre se vean desde lejos.

 

Todo eso está muy bien. Las palabras suenan, pero se las lleva el viento, lo mismo que los titulares. Los discursos y la política se multiplican sin que casi nada cambie en la vida cotidiana de los canarios. Una cosa es hablar y otra hacer, ese dicho lo hemos oído muchas veces como un recordatorio incómodo: no basta con explicar, anunciar o prometer; la verdadera política se mide cuando se actúa, no cuando se habla. Y en Canarias, durante años, el ruido ha tapado la acción que la ciudadanía espera y necesita.

 

Y, sin embargo, incluso en medio del ruido, hay señales de que podemos hacerlo mejor. La ciudadanía se está volviendo más consciente, más exigente, más activa; los medios de comunicación experimentan con nuevas narrativas que conectan con la realidad y no solo con los titulares; y hay ejemplos de buena gestión local que muestran que la acción sí puede acompañar a la palabra.

 

Por eso, 2026 puede ser el año en que Canarias deje de administrar la urgencia y empiece a planificar el futuro con determinación. Con menos ruido y más compromiso, con políticas que funcionen de verdad y con la gente como eje central. Porque hablar es fácil, pero hacer es posible; y estas islas ya han demostrado que saben hacerlo cuando lo intentan.

 

Que este nuevo año sea el de la acción medida, la propuesta clara y la esperanza compartida. ¡Que les dejen muchas cosas reales los Reyes Magos!

 

 

* José MORENO GARCÍA

Periodista.

Analista de la actualidad.

 

 

Islas Canarias, 3 de enero de 2026.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *