EL MONÓLOGO / 300
La ley del silencio

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Por Pepe Moreno *

 

 

Hacemos el Monólogo número 300, y debería ser como hacer un repaso de lo que hemos escrito durante estas trescientas semanas, o las 299 y media, que sería la cifra que hoy sobresale. Pero lo que ha sucedido en Venezuela y en el Vaticano, con el viaje que puede hacer a Canarias el Papa, me impide hacer ese balance en este momento. Lo del viaje papal lo analizaré en otro artículo, si ustedes me lo permiten.

 

Los acontecimientos ocurridos el pasado sábado en Caracas nos han llevado a una reflexión generalizada. Aunque ha pasado una semana desde que los EE. UU. cogieron preso Maduro y su mujer, Cilia, la represión en Venezuela se ha intensificado. Las fuerzas de seguridad y los llamados “comandos ciudadanos” continúan abordando autobuses, revisando teléfonos e interrogando a personas para identificar a quienes celebraron la detención del anterior presidente.

 

He hablado con varios venezolanos que solicitaron anonimato por miedo a represalias. Una persona me narró que un vendedor agrícola celebró la captura de Maduro. Dos días después, fue detenido por la policía, que exigió 1000 dólares para liberarlo. Su familia reunió el dinero y productos agrícolas, tras lo cual fue liberado. ¿Lo podríamos incluir en un cambio? ¿Ha desaparecido el “régimen”?

 

Otra persona hablaba, en Radio Marca, desde su despacho en Santa Cruz de Tenerife, que su primo, ingeniero, fue detenido porque en su teléfono móvil aparecía una operación de ¡50 dólares! y fue trasladado a una prisión. Finalmente, ayer, se le puso en libertad.

 

El lunes, el gabinete del mandatario estadounidense daba el visto bueno para que Delcy Rodríguez jurase como presidenta interina en la Asamblea Nacional de Caracas. Nada se sabe de si Diosdado Cabello, ministro del Interior y Justicia, Vladimir Padrino, ministro del Poder Popular para la Defensa o Nicolás Maduro, hijo, seguirán en sus puestos, por nombrar solo a unos pocos. Parece que, de momento, siguen. ¿Es lógico?

 

El primer decreto emitido por la nueva presidenta establece una emergencia por 90 días, otorgando amplias facultades a las fuerzas de seguridad para identificar y detener a quienes apoyen lo que se ha denominado “el ataque armado de Estados Unidos”. Asimismo, se implementan medidas adicionales que restringen las libertades civiles en un país marcado por un prolongado control autoritario. Como consecuencia de este decreto, se ha observado un aumento notable de los llamados colectivos, agrupaciones de milicianos armados y que llevan, como si fueran abalorios, unos grandes fusiles, en hombres y mujeres, que les cruzan el pecho.

 

El gobierno americano se ha distanciado del principal grupo opositor venezolano encabezado por María Corina Machado. ¿Será por el premio Nobel de la Paz? Seguramente, porque Donald Trump lo deseaba y creía que se lo iban a dar a él, pero se cruzó la opositora venezolana.

 

Y de Edmundo González, el presidente “in pectore”, ni siquiera habla. Si no están legitimados para ejercer el poder, ¿qué hubiera pasado si les llegan a entregar el poder, en 2024, cuando ganaron las elecciones generales de ese país?

 

Freddy Guevara, exiliado en Nueva York y que fue de la coalición de Machado, afirmó que la represión podría llevar a EE. UU. a tomar más medidas contra Venezuela y que el estado de excepción tiene poca efectividad porque el gobierno ignora las leyes.

 

La situación muestra un gobierno que apoya a un líder autoritario y reprime las voces críticas. Los medios, incapaces de acceder a Venezuela, informan desde la frontera, en Cúcuta, Colombia. La ausencia de democracia elimina la libertad de opinión.

 

La noticia sobre la liberación de presos también se reporta desde allí, incluso por periodistas experimentados como Almudena Ariza. Allí, en ese mismo punto fronterizo, está el equipo de la RTVCanaria, con Samuel López al frente, el operador de cámara Bernardo Rodríguez y la productora Guada Marrero. Surge una pregunta: ¿Por qué Estados Unidos respalda ahora a ese gobierno?

 

No está claro si el gobierno de Trump prioriza la democracia y los derechos humanos en sus conversaciones con Venezuela. Han destacado que en la rueda de prensa de Trump dijo 27 veces la palabra “petróleo” y ninguna “democracia”.

 

Ayer mismo, en una entrevista poco frecuente y de gran alcance que duró casi dos horas, con varios periodistas del The New York Times, Donald Trump dijo que esperaba que Estados Unidos dirigiera Venezuela y extrajera petróleo de sus enormes reservas durante años, e insistió en que el gobierno encargado del país, que recordemos que está dirigido por adláteres de Maduro, “nos da todo lo que consideramos necesario”.

 

El petróleo es aún esencial en Venezuela, sobre todo tras el enfoque de Trump. Aunque sus efectos en América son inciertos, Cuba ya sufre la presión de EE. UU. por depender del crudo venezolano subsidiado.

 

El debate sobre Venezuela prioriza la soberanía estatal y la no intervención, pero estos conceptos no deben justificar la opresión. La soberanía depende del cumplimiento de los deberes básicos; un régimen opresivo pierde legitimidad. Derechos como la vida y la dignidad son principios universales, no valores opcionales. Dice un analista, he podido leer en los últimos días que cuando un gobierno vulnera estos derechos, no puede invocar la legalidad internacional para evitar críticas. La crisis en Venezuela es humanitaria, no solo ideológica.

 

Millones de personas han emigrado de Venezuela y quienes permanecen en el país, se enfrentan a carencias, restricciones y a una falta de seguridad que no tiene paragón. Estamos hablado de un país que lidera la clasificación de la inseguridad ciudadana.

 

Además, el país no cuenta con elecciones libres, prensa independiente ni justicia autónoma, lo que impide resolver sus problemas internos. Esto es lo que perpetúa esta situación y esperar que solo a la acción ciudadana pueda hacerla, nos lleva a una utopía permanente.

 

La intervención externa, incluso militar, puede ser legal si previene abusos graves, aunque suele cuestionarse por temas de soberanía. En Venezuela, esto ha llevado a la inacción ante crímenes masivos. El derecho internacional debería priorizar la protección de las personas, no la legitimación de gobiernos opresores.

 

Vi el programa de Mayer Trujillo, y pude ver como Manolo Marrero, sindicalista y diputado de Podemos en la anterior legislatura canaria, criticaba la intervención estadounidense por motivos económicos, mientras que Moisés Fernández, cofundador de la Unión Canaria Venezolana, sostenía que la sociedad venezolana sí la considera legítima.

 

Y es que la mayoría de los venezolanos acepta la intervención reconociendo al agresor, aunque algunos sigan apoyando a Maduro. Decía el analista que “un gobierno que reprime pierde legitimidad moral para rechazar intervenciones humanitarias”.

 

Nosotros podríamos argumentar que anteponer ideología al derecho internacional y buscar justificaciones legales para decisiones previas demuestra cinismo. Usar la soberanía como excusa ante la miseria convierte el derecho en mera retórica.

 

El martes, Trump señaló que El Helicoide, prisión de Caracas utilizada para disidentes, pronto cerrará. En las últimas horas, cinco personas han regresado a España tras estar detenidas allí: el periodista canario Miguel Moreno, los vascos José María Basoa y Andrés Martínez, y que fueron acusados de ser agentes del CNI español, el valenciano Ernesto Gorbe y la cooperante Rocío San Miguel, que tiene la doble nacionalidad.

 

Los cuatro últimos estuvieron en ese centro, que antes acogía a una firma de vehículos y en la actualidad es la peor mazmorra que uno se puede imaginar. Llegaron al aeropuerto, se reunieron con autoridades españolas y luego salieron bajo restricciones de declaraciones por acuerdos previos.

 

Quizá por eso este Monólogo no puede cerrarse con un ejercicio de memoria ni con la tentación del balance, sino con la urgencia de la actualidad.

 

En las últimas horas se anuncian liberaciones, cierres simbólicos y salidas de ciudadanos que han pasado meses en cárceles venezolanas, pero todo ocurre bajo pactos de silencio y sin garantías de cambio real. La represión continúa en las calles de Caracas, los colectivos siguen visibles y los periodistas siguen trabajando desde la frontera. Cambian los titulares, pero no el fondo.

 

Venezuela sigue atrapada entre anuncios que buscan tranquilizar a la comunidad internacional y una realidad diaria marcada por el control, el miedo y la ausencia de libertades. Hoy hay menos titulares, pero no menos dolor; más negociaciones, pero no más justicia. Y mientras se discute desde despachos lejanos sobre petróleo, soberanía o estrategias geopolíticas, millones de personas siguen esperando algo tan básico como poder hablar, informar o discrepar sin temor.

 

Las neveras siguen igual, no hay de nada y la gente en la calle tiene las mismas cortapisas, sino mayores, para poder desenvolverse en un ámbito normal. Esta ha sido una manera de poder entender qué ha pasado.

 

Y aquí es donde entra la opinión, inevitablemente. Un gobierno que necesita decretar estados de excepción, restringir libertades y vigilar celebraciones privadas no ha iniciado ninguna transición, solo ha cambiado el decorado. La soberanía no puede ser un escudo para justificar el miedo ni una excusa para que la comunidad internacional negocie con normalidad mientras se pisotean derechos básicos.

 

Venezuela sigue siendo una herida abierta, con millones de personas fuera y otras tantas atrapadas dentro. Si este artículo tiene que terminar de alguna manera, que sea con una advertencia clara: cuando la ideología, los intereses económicos o el cinismo diplomático pesan más que la dignidad humana, el derecho deja de proteger a las personas y pasa a proteger al poder. Y eso, ocurra donde ocurra, nunca es una buena noticia.

 

 

* José MORENO GARCÍA

Periodista.

Analista de la actualidad.

 

 

Islas Canarias, 10 de enero de 2026.

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