EL MONÓLOGO / 310
Después del titular
AL FINAL DE ESTE ARTÍCULO, TRAS LA FIRMA, PUEDES DEJAR TU OPINIÓN Y RESPUESTA…
Por Pepe Moreno *
Podría escribir de las conversaciones en Castilla y León para formar gobierno, si el PP va a contar con VOX para ese menester, pero lo voy a dejar, fundamentalmente porque hay otras plumas más versadas que la mía en este asunto. Y porque hoy me apetece escribir de los heridos graves que nosotros, los periodistas, dejamos graves en las UCIs y de los que sabemos poco. ¿Qué fue de la mujer herida en el espeluznante suceso del sur de Tenerife en el que un hombre fue abatido por las fuerzas de seguridad del Estado, pero que antes de eso acabó con la vida de su hijo de diez años?
La madre, por lo que se sabe, estaba ingresada en el HUC y su estado era el de grave; había recibido lesiones de arma blanca. La gravedad del ataque y la falta de más información pública sobre su evolución reflejan el silencio habitual que rodea a las víctimas de violencia extrema cuando quedan hospitalizadas: sus vidas quedan a merced de los partes clínicos, y fuera del foco mediático, mientras luchan a puerta cerrada por su recuperación física y emocional. Este silencio institucional, al que tiene derecho la víctima, deja sin saber cómo se recupera, tras un suceso que tuvo un gran impacto emocional.
También nos pasó en julio de 2025, cuando los equipos de Salvamento Marítimo rescataron una patera a unos 40 km al este de Lanzarote con 38 ocupantes, y en la que venía una mujer que no tenía piernas y que desembarcó en silla de ruedas para recibir atención tras la llegada al puerto de Arrecife.
La escena impactó al equipo de emergencias y a voluntarios, porque los servicios de salvamento y de atención a migrantes habían visto personas con diversas discapacidades previamente, pero nunca una persona sin extremidades inferiores en una patera en la ruta canaria. Recuerdo que le dediqué un artículo, en concreto el 277, bajo el título “La mujer del muelle”.
Según los medios, a la mujer la recibieron voluntarios de Cruz Roja en el muelle, con una manta y ayuda inmediata, y se subrayó la resiliencia y humanidad del momento. Supe después que se llama Gilzam, que es marroquí y que la travesía desde Agadir duró casi tres días, unas 70 horas, según publicó Canarias7. Sigue sin saberse cómo hizo esta mujer ese recorrido de 460 kilómetros que separan Casablanca, donde vivía con su madre. Tampoco se ha contado dónde dejó la silla de ruedas con la que se movía en su país y que lo hacía bastante bien.
Este caso llama la atención sobre la dureza de la “Ruta Canaria” —la travesía irregular por mar desde el norte de África a las Islas— en la que incluso personas con discapacidades graves arriesgan su vida en embarcaciones precarias para buscar una vida mejor o escapar de situaciones extremas. ¿Tendrá algún protagonismo durante la visita papal?
De momento no hay información pública detallada sobre la identidad, la situación legal o la evolución de su estado de salud o destino final tras el rescate —algo que suele suceder con muchas personas que llegan por vías irregulares: una vez atendidas inicialmente, su historia queda en gran parte fuera del foco informativo.
Sin embargo, hay más casos en los que en contadas ocasiones sabemos cómo han evolucionado, como el de aquel hombre de 80 años que se llevó al HUC con un traumatismo craneal serio, en estado crítico, tras ser atropellado en La Laguna. No ha habido actualización pública sobre su evolución tras ese traslado inicial. O aquella mujer que estaba en estado crítico tras ser embestida por un coche en Los Cristianos y trasladada al hospital para atención urgente. O aquel otro de un hombre apuñalado, durante la noche, con herida grave en el mes de marzo del año pasado en La Laguna. No se ha difundido información sobre si sobrevivió o cómo fue su recuperación.
En lo que va de 2026, 13 personas han muerto ahogadas en las costas de las Islas Canarias, pero además hubo tres personas reportadas en condición crítica y otras dos con heridas graves tras incidentes marítimos, una cifra que preocupa porque supera la del mismo periodo del año anterior y confirma una tendencia que se repite desde hace tiempo en el Archipiélago.
La mayoría de los casos se producen por golpes de mar, corrientes o por bañistas que se acercan demasiado a zonas peligrosas durante episodios de fuerte oleaje o incluso con alertas activas por fenómenos costeros. De hecho, en muchos incidentes las víctimas se encontraban en el mar o muy cerca de la costa pese a las advertencias meteorológicas o a la presencia de señales de peligro.
Sobre muchos de estos casos marcados como “condición crítica”, no hay información pública sobre su recuperación posterior. En noviembre de 2025, fuertes oleajes golpearon puertos y costas de Tenerife, causando tres lesiones graves y varios ingresos hospitalarios. Tras estos traslados a hospitales, la evolución clínica de muchos de los afectados no se detalló en los medios.
El problema, además, tiene una dimensión estructural que a menudo pasa desapercibida en la rutina informativa. En 2025 murieron 69 personas ahogadas en Canarias, una cifra que en algunos años incluso ha superado el número de fallecidos en accidentes de tráfico, algo prácticamente único en Europa. Expertos en prevención señalan que detrás de estas tragedias suelen repetirse factores como la imprudencia, el desconocimiento del mar o la falta de respeto a las señales de seguridad.
Y, sin embargo, una vez que el suceso desaparece de los titulares, también desaparece el seguimiento de quienes sobreviven con heridas graves o en estado crítico. El resultado es una paradoja: el mar sigue siendo uno de los mayores riesgos del Archipiélago, pero muchas de sus historias quedan incompletas, como si la tragedia terminara en el momento del rescate, cuando en realidad para muchas víctimas la verdadera batalla empieza después, en silencio, lejos de las cámaras.
Tampoco hemos sabido nada del hombre, de nacionalidad británica, de 60 años que desapareció en Tenerife en diciembre de 2024 y que se encontró vivo en un hospital semanas después, pero los detalles de cómo llegó allí, su estado clínico exacto y qué pasó después quedaron en gran parte sin aclarar en los medios.
Los medios informan con detalle del suceso inicial —accidente, agresión, desaparición—, pero rara vez actualizan o siguen la evolución de las personas afectadas, salvo en casos excepcionales. Esta falta de seguimiento deja a las audiencias con una narrativa incompleta sobre las secuelas reales que enfrentan los heridos o desaparecidos, y genera una especie de “brecha informativa” que invisibiliza tanto el sufrimiento como los procesos de recuperación o tragedia prolongada.
Otro caso reciente es el del joven desaparecido en la isla de La Palma, Airam Concepción, de 20 años, hijo de la cineasta palmera Mercedes Afonso. El joven desapareció el 16 de febrero de 2026, después de bajarse de una guagua en la entrada de Santa Cruz de La Palma, donde fue visto por última vez con una mochila negra.
Airam tiene trastorno del espectro autista y altas capacidades, y su familia explicó desde el primer momento que podía haber sufrido un episodio de desorientación o un “colapso” relacionado con su condición.
En los días posteriores se desplegó un amplio dispositivo de búsqueda por tierra, mar y aire, con participación de la Guardia Civil, perros rastreadores, drones y numerosos voluntarios. Durante las batidas aparecieron algunas pertenencias del joven, como su mochila y una prenda de vestir hallada en la costa, lo que llevó a investigar la zona marítima cercana a Los Cancajos. Sin embargo, pese al amplio despliegue y a la movilización social que generó el caso en la isla, no se ha logrado esclarecer qué ocurrió ni localizar al joven, y el caso continúa rodeado de incertidumbre.
La desaparición ha tenido además una dimensión especialmente emotiva porque su madre llevaba años trabajando en una película inspirada en su propia vida y en la relación con su hijo, titulada “El mapa para tocarte”, que se presentó y ganó un reconocimiento en el Festival de Málaga. Nada se sabe de Airam y la voz de su padre es la única que oímos en esto de reivindicar otra forma de buscarlo. Y quizá dentro de unos días este caso también se una a esa larga lista de historias que comenzaron ocupando titulares y terminaron perdiéndose en el silencio.
Mientras tanto, seguiremos pendientes de la última hora de las guerras, de los mercados que suben y bajan y de los analistas que explican cada movimiento del tablero internacional. Todo eso ocupa portadas, tertulias y horas de televisión. Es el ruido de la actualidad, que avanza siempre hacia la siguiente noticia.
Quizá porque el periodismo vive, inevitablemente, pendiente de lo inmediato. La noticia nace, crece y muere con rapidez, empujada por la siguiente. Hoy es un suceso, mañana otro, pasado mañana una guerra o una crisis política que ocupa el espacio informativo. Y así, casi sin darnos cuenta, dejamos atrás a quienes siguen luchando en silencio: los heridos que aún se recuperan, las familias que esperan una llamada, los desaparecidos cuyo nombre poco a poco deja de pronunciarse en voz alta.
Tal vez deberíamos aprender a mirar también hacia atrás de vez en cuando. No para recrearnos en el drama, sino para cerrar las historias que abrimos. Saber si aquella mujer logró salir adelante, si aquel hombre despertó del coma, si aquel joven apareció o si su familia sigue buscándolo.
Porque detrás de cada titular hay una vida que continúa mucho después de que las cámaras se marchen y las páginas del periódico pasen. Y quizá esa sea una de las grandes tareas pendientes del periodismo: volver, alguna vez, a las puertas de esas UCIs donde dejamos historias abiertas y preguntar, simplemente, qué fue de ellos.
* José MORENO GARCÍA
Periodista.
Analista de la actualidad.
Islas Canarias, 21 de marzo de 2026



Deja una respuesta