EL MONÓLOGO / 311
Llueve sobre lo improvisado

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Por Pepe Moreno *

 

 

Podría escribir hoy del comportamiento de todos, gobernantes y ciudadanos, durante la alerta del pasado martes y miércoles, con la borrasca Therese. ¿Cuál era la intención de que nos quedáramos todos en casa? ¿Era la de que nadie resultara afectado por el incidente? Lo consiguieron, aunque eso no es significativo porque era de noche y nadie iba a “apatrullar” las calles ni iba a comprobar los destrozos de las incidencias de las lluvias.

 

Fue mucha la información de lo que pasó en ese período y pocos los medios privados que nos contaran lo que estaba pasando. Los profesionales de la Radio Televisión Canaria eran los que relataban; lo estaban pasando mal en Tenerife, con más de 600 incidencias constatadas por 112, que en algunos municipios como Garachico las olas eran enormes y que se había restringido el paso por la avenida más cercana al mar, que en algunos municipios de La Gomera se alargó lo de estar sin clases y que la situación se recrudeció en Lanzarote y en Fuerteventura.

 

Una estimada compañera, Verónica Pavés, nos contaba en un mensaje en una red social, que dentro del CECOPIN estaba un personaje, que roza la categoría de influencer, dentro del centro. Una persona que es catalogada de cazador de sucesos en redes sociales. El resultado fue un espectáculo tan insólito que roza lo surrealista. Hizo un directo de más de dos horas y nadie le dijo nada. Se paseó por la sala de crisis, escuchó conversaciones de operadores y opinó y comentó decisiones.

 

Todo esto sucedió y el director insular de emergencias, Iván Martín, que fue quien asumió su error, ha insistido en que se trataba de llegar a un mayor número de personas. Increíble, pero este es el nivel que tenemos.

 

Entre las incidencias de esos días tenemos que reseñar que unos 50 centros educativos de Canarias han sufrido daños, y un buen número de ellos no pueden reabrir sus aulas. Las lluvias del martes y miércoles provocaron destrozos valorados en diez millones de euros por la Consejería de Educación. En el archipiélago hay más de 1.000 centros repartidos por toda la geografía de las ocho islas.

 

El paso intenso y errático del centro convectivo de este mal tiempo ha ocasionado interrupciones en el suministro eléctrico, filtraciones, acumulaciones de agua, roturas en cubiertas, muros y cercas, así como daños en aulas, talleres y pabellones. En determinadas situaciones, se han registrado caídas de elementos y cortes puntuales de suministros. No obstante, la mayoría de los centros podrá continuar su actividad lectiva con normalidad o mediante ajustes organizativos, tales como la reubicación de espacios o el cierre parcial de algunas zonas.

 

La afección ha sido desigual entre islas. Gran Canaria es la más afectada, con 24 centros dañados, pero solo el CEIP Tagoror permanece cerrado por filtraciones y falta de reubicación para el alumnado. En Tenerife hay menos centros afectados (17), aunque cuatro permanecen cerrados desde el jueves por distintas causas, lo que deja a más estudiantes sin clases presenciales.

 

Debido a las grandes pérdidas por la borrasca, la Consejería de Educación del Gobierno de Canarias solicitará al Ejecutivo regional la declaración de emergencia y agilizar las obras de rehabilitación necesarias. Ya existe, como dije, una valoración estimativa de los centros educativos afectados.

 

“Esta medida nos permitiría disponer de los recursos económicos del remanente presupuestario y la ejecución de las obras necesarias de manera más ágil y rápida”, explicó el consejero, Poli Suárez, quien estos días ha visitado y conocido de primera mano el estado de algunos de los centros afectados.

 

Aunque el gobierno intervino, la oposición criticó la gestión durante la tormenta, especialmente el martes pasado, porque ese día, Educación emitió varios avisos contradictorios. Los socialistas consideraron que la falta de planificación demuestra improvisación y ausencia de criterios claros.

 

Este no fue un caso aislado, sino una conducta repetida frente a fenómenos meteorológicos. La Consejería delegó su responsabilidad en los centros educativos y otras administraciones, permitiendo que alcaldes y equipos directivos tomaran decisiones sin instrucciones claras.

 

A partir de ahí, lo que queda es preguntarse si lo ocurrido responde a una excepcionalidad inevitable o a una rutina mal asumida. Porque mientras escribimos estas líneas, la borrasca Therese no es solo un recuerdo de martes y miércoles: sigue dejando consecuencias reales, con la emergencia aún activa en islas como La Gomera, donde incluso hay vecinos sin suministro de agua días después del episodio más intenso.

 

Y eso ya cambia el enfoque. Porque no hablamos solo de lo que pasó, sino de lo que sigue pasando. En Tenerife, por ejemplo, se han contabilizado incidentes que afectaron a miles de personas y desprendimientos que aún obligan a mantener precauciones. En otras zonas, directamente, hay carreteras colapsadas o cerradas y riesgos activos de nuevos desprendimientos, incluso con el temporal ya retirándose. Es decir, el problema no era solo la lluvia, sino lo que deja detrás.

 

En paralelo, también conviene detenerse en otro ángulo menos comentado: el de la resiliencia real de las infraestructuras públicas. Que medio centenar de centros educativos sufran daños por lluvias intensas no debería sorprender en un territorio con episodios meteorológicos recurrentes, pero sí debería preocupar. Porque más allá del dato económico —esos diez millones que ahora obligan a activar mecanismos de urgencia—, lo que subyace es una pregunta incómoda: ¿están preparados nuestros edificios públicos para el clima que tenemos o para el que creemos tener?

 

Mientras tanto, las cifras económicas empiezan a crecer casi al mismo ritmo que las críticas. Ya no se habla solo de las cantidades que afectan a centros educativos, sino de daños que podrían alcanzar los veinte millones si se suman infraestructuras, comercios y sector primario. Y ante eso, la respuesta vuelve a ser conocida: promesa de ayudas estatales, previsiblemente después de Semana Santa, cuando ya haya pasado la urgencia mediática.

 

Porque no se trata únicamente de si llovió mucho o poco —que lo hizo, y de manera intensa y localizada, como suele ocurrir en estos episodios—, sino de cómo se gestionó la información en tiempo real. En una comunidad fragmentada en ocho islas, donde cada decisión tiene un impacto logístico inmediato, lanzar mensajes ambiguos no es un detalle menor: es un problema estructural. La ciudadanía puede asumir quedarse en casa, como de hecho ocurrió, pero lo que no debería asumir es la sensación de que cada cual interpretaba la alerta a su manera.

 

Sin embargo, hay un matiz que no conviene pasar por alto: Canarias viene de un invierno con récord de borrascas de impacto, algo que los expertos ya vinculan a cambios en los patrones climáticos. Es decir, esto no es una anomalía aislada, sino una tendencia. Y si es una tendencia, la improvisación deja de ser un error puntual para convertirse en una forma de gestión.

 

Por eso, quizá la discusión no debería centrarse tanto en si el Gobierno actuó mejor o peor —que también—, sino en si el sistema está preparado para convivir con esta nueva normalidad. Porque cuando una tormenta se va y deja a gente sin agua, carreteras inutilizadas y centros educativos cerrados varios días después, ya no estamos hablando de meteorología: estamos hablando de previsión, de inversión y, sobre todo, de prioridades.

 

A partir de ahí, lo que queda es preguntarse si lo ocurrido responde a una excepcionalidad inevitable o a una rutina mal asumida. Porque cuando una borrasca como esta deja tras de sí ese reguero de incidencias, lo lógico no es solo cuantificar daños, sino revisar protocolos. Y ahí es donde empiezan a aparecer las grietas menos visibles: las de la coordinación, la anticipación y, sobre todo, la claridad en el mando.

 

Y en ese punto aparece otra derivada que suele pasar desapercibida: la dependencia casi absoluta de los servicios públicos para sostener la información en momentos críticos. Que fuera la radio y la televisión públicas la que cargaran con el peso del relato no es casualidad, pero tampoco debería ser lo habitual. En una situación de emergencia, la pluralidad informativa no es un lujo, es una necesidad. Porque cuantas más fuentes fiables existan, menos espacio queda para la confusión, los rumores o la sensación de descontrol.

 

También convendría revisar el papel de la ciudadanía, que en este caso respondió con disciplina, pero no necesariamente con información suficiente. Se cumplió con la consigna de quedarse en casa, sí, pero sin tener del todo claro qué estaba pasando ni qué podía pasar después. Y ahí hay otro fallo de origen: una sociedad bien informada no solo obedece, también entiende. Y cuando entiende, responde mejor, exige mejor y, sobre todo, se protege mejor.

 

Al final, lo ocurrido con esta borrasca deja una conclusión incómoda pero difícil de esquivar: Canarias no falla cuando reacciona, falla cuando se anticipa. Y mientras esa lógica no cambie, seguiremos viviendo cada episodio como si fuera el primero. Con reuniones urgentes, decisiones sobre la marcha y promesas de mejora que se diluyen cuando escampa. Porque aquí, más que el agua, lo que de verdad se evapora rápido es la memoria. Y lo preocupante no es que llueva fuerte en Canarias, que siempre ha llovido; lo preocupante es que, cada vez que pasa, parezca que nos vuelve a pillar de nuevo.

 

 

* José MORENO GARCÍA

Periodista.

Analista de la actualidad.

 

 

Islas Canarias, 28 de marzo de 2026.

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