Al buen profesor

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Remigio Beneyto Berenguer *

 

 

Estas notas pretenden ser un homenaje a todos los profesores que están terminando ahora las clases del curso 2021-2022. Seguro que todos pensamos en algún profesor que ha influido en nuestras vidas.

 

Cariño y estima al profesor. Al buen profesor es fácil estimarle, porque él estima a sus alumnos. Quizá hable de otros tiempos, pero para los buenos profesores cada alumno es lo más importante, sea rico o pobre, inteligente o menos inteligente.

 

La relación de profesor-alumno dista mucho de ser la de prestador de servicios-cliente, que tanto está deformando nuestra escuela. Los profesores no vendemos nada, nos entregamos a nosotros mismos. Nuestras jornadas no terminan. Por eso el alumno no es cliente. El alumno está para aprender y para poder aprender, uno ha de ser consciente de que aún no sabe, y, por eso, está dispuesto a aprender. Si uno piensa que lo sabe todo, no puede aprender.

 

El buen profesor abre la mente de sus alumnos, e inmediatamente surge la imaginación, la generación de nuevas ideas, la reflexión. Dicen que lo que hace avanzar la sociedad no son las respuestas, sino las preguntas.

 

El buen profesor, un ejemplo. Es sencillo, austero. Sus clases quizá no tengan medios tecnológicos, pero sí tienen un recurso exquisito: la estima por los alumnos, la dedicación, la profesionalidad. Pero, sobre todo, el buen profesor es un referente para sus alumnos. Es un guía, un modelo a seguir. Ejemplo de rigor, de estudio, de pasión por la asignatura, y también muestras de sencillez, de humildad (el inteligente siempre es humilde), incluso hasta en la forma de vestir y comportarse en lo cotidiano. Conviene no defraudar a los alumnos con un mal ejemplo.

 

Con todo, el buen profesor sabe guardar las distancias. El profesor no es colega de sus alumnos, es su profesor. Sabe hacerse respetar sin faltar nunca al respeto de sus alumnos. Respeto que debe ser exquisito. El buen profesor nunca inculca sus ideas, no les adoctrina. Y ello a pesar de ser alguien con una identidad bien definida y con unas convicciones personales acendradas, que a veces le ocasionan más de un disgusto. Muchas veces estas incomprensiones o injusticias son el precio de la libertad y de la identidad personal, que muy pocos son capaces de seguir hasta el final por el elevado coste que suponen.

 

Nicolás Sarkozy en una carta remitida a los educadores franceses escribía: “El respeto, precisamente, debería ser la base de toda educación. Respeto del profesor hacia el alumno, de los padres hacia el niño, respeto del alumno hacia el profesor, del niño hacia sus padres, respeto hacia los demás y respeto hacia sí mismo, esto es lo que la educación debe producir”, y más adelante reforzaba la importancia de la revalorización del oficio del educador, el orgullo de ser profesor, y la necesidad de ocupar un lugar reconocido en la sociedad, siendo respetados por los padres y por la misma sociedad.

 

Reconocimiento a los profesores mayores. Hay un proverbio alemán que dice que los árboles más viejos dan los frutos más dulces. Y así suele ser, aunque no lo apreciemos, pues ellos son los que inculcan el amor al saber, la capacidad de investigar, del esfuerzo, de ver donde no se ve. Creo que a veces no somos agradecidos con nuestros profesores.

 

Félix María Samaniego dirá: “Nadie da gracias al cauce seco del río por su pasado generoso”. Estamos demasiado embebidos por la novedad, por lo fugaz, por lo instantáneo, por lo actual. El joven está en camino hacia la cumbre, pero el anciano está llegando a la cima.

 

En la educación, la experiencia es fundamental, hay que oír al maestro, hay que escucharle. Pero ahora no se da importancia al maestro. Dicen que el profesor novato explica lo que no sabe; que el que tiene cierta experiencia explica lo que sabe, y el buen profesor, el veterano, explica las claves del saber. Y, en cambio, se le desprecia porque está anticuado, cansado o quizá quemado. ¡Qué inmenso desperdicio no aprovechar todo su saber!

 

Recuerdo que disfrutaba oyendo las precisiones de mis profesores mayores, las explicaciones que hacían, la forma de enfocar los problemas. Y todo con naturalidad, con sencillez, como hacen los grandes profesores, que lo difícil lo hacen fácil.

 

Pero, por encima de todo, estaba el aprecio de los padres por el profesor. Ellos confiaban en él. La autoridad docente estaba fuera de toda duda. Sabían que el profesor podría sacar lo mejor de sus hijos.

 

Por eso, finalmente, gratitud. Gratitud porque valores como acogida, exigencia, esfuerzo, avidez por aprender; cercanía, pero distancia, en una época adolescente son fundamentales para la formación intelectual.

 

Gratitud porque la identidad personal, las convicciones profundas, y, al tiempo, el respeto por las ideas diferentes, contribuyen al enriquecimiento personal de un adolescente o joven.

 

Gratitud porque esa apertura de mente, esa “humanización· de las enseñanzas no permitía una especialización profunda en lo poco, pero inculta e ignorante en lo mucho. Un alumno podía estar vocacionado para las letras o las humanidades, pero necesitaba saber de ciencias, de matemáticas, de física y de química. Al revés, un alumno podía ser amante de la ciencia y de la técnica, pero debía conocer la filosofía, la literatura y el arte.

 

 

 

*  Remigio BENEYTO BERENGUER

Profesor de la Universidad CEU Cardenal Herrera.

Catedrático de Derecho Eclesiástico de la Universidad CEU de Valencia.

Académico de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

 

 

Islas Canarias, 7 de junio de 2022.

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