América Latina, ¿giro a la izquierda?

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Román Rodríguez *

 

 

Los procesos electorales que se han venido celebrando en el periodo más reciente en América Latina están suponiendo cambios relevantes en su mapa político. Con el ascenso a los gobiernos de dirigentes progresistas en Chile, Colombia o Brasil, donde Lula Da Silva derrotaba hace unos días al candidato ultraderechista Jair Bolsonaro, que se suman a los avances en México, Perú o Argentina. ¿Se produce un giro a la izquierda?

 

Sí, pero con matices en realidades muy complejas y enormemente diversas. Lo que sí es cierto es que, en muchos de los casos, se ha evitado la llegada al poder o sacado de este a dirigentes y formaciones ultraderechistas. La batalla central es la que está manteniendo la democracia frente a los autoritarismos, así como la búsqueda de mayores niveles de bienestar.

 

América Latina salió muy debilitada de la pandemia de la Covid 19, agravando sus problemas económicos y sociales. Elevando los niveles de pobreza y pobreza extrema. Todo ello en estados con una histórica distribución injusta de la riqueza, débiles servicios públicos y una cobertura social muy alejada de los parámetros europeos.

 

Tras la caída económica causada por la pandemia, la recuperación de los años posteriores, 2021 (6,9% de incremento del PIB) y lo que va de 2022 (año en el que se estima un crecimiento del 3,2%), apenas ha logrado reducir los niveles de pobreza. Lo que constituye un enorme reto para sus sociedades y sus gobiernos, que deben impulsar políticas que estimulen un desarrollo económico con los máximos niveles de equidad y de sostenibilidad. Lo que exige, asimismo, el fortalecimiento de sus servicios públicos.

 

HETEROGENEIDAD

 

En primer lugar, hay que señalar que hay una enorme heterogeneidad en los partidos y movimientos que denominamos de izquierdas o progresistas en Latinoamérica. Y que, en algunos casos, como el de Daniel Ortega en Nicaragua, hace tiempo que su inicial progresismo evolucionó hasta convertirse en el máximo responsable de una dictadura caracterizada por la elevada corrupción, la brutal represión y la violación de los derechos humanos.

 

Muy alejada, por tanto, de los ideales emancipadores del Frente Sandinista, como denunció en su momento el fallecido Ernesto Cardenal -poeta, sacerdote, teólogo y ministro de Cultura en el primer gobierno de Ortega, a partir de 1979- o lo siguen haciendo hoy desde el exilio Sergio Ramírez, premio Cervantes y vicepresidente nicaragüense entre 1985 y 1990, o la también reconocida poeta y novelista Gioconda Belli.

 

En segundo lugar, es significativo que los cambios que se han venido produciendo están avalados por las urnas, por mayorías sociales y electorales, y no por procesos de carácter revolucionario. Es decir, se asemejan más a lo que sucedió en Chile a principios de los setenta -la Presidencia del socialista Salvador Allende, prematuramente abortada en septiembre de 1973 por el golpe fascista de Pinochet, apoyado por la CIA- que a la irrupción armada del castrismo en la Cuba de Batista en 1959. O el propio triunfo del sandinismo sobre la dictatura de Somoza en 1979.

 

En las elecciones celebradas en Chile a finales del pasado año triunfó el candidato progresista Gabriel Boric, que, con un 55,87% de los sufragios, se impuso al pinochetista José Antonio Kast. Posteriormente, el mayoritario rechazo a la propuesta de nueva Constitución -seis de cada diez electores votó en contra en el referéndum celebrado el pasado mes de septiembre-, llevó a Boric a realizar una remodelación de su Gobierno, saliendo de él dirigentes vinculados al PC chileno e incorporando ministros de perfiles más moderados.

 

Gustavo Petro -economista, exguerrillero y exalcalde de Bogotá- es presidente de Colombia desde el pasado mes de agosto. El primero de izquierdas de su historia y con Francia Márquez -activista medioambiental, feminista y defensora de los derechos humanos- como vicepresidenta. Su Gobierno plural tiene como objetivos la lucha contra el desempleo y la pobreza, así como la paz plena en un país castigado por décadas de violencia.

 

Para ello no ha dudado en colocar en su Ejecutiva al conservador Álvaro Leyva, designado ministro de Asuntos Exteriores; se trata de una figura muy relevante en las negociaciones de paz, que tienen aún pendiente el cese de la actividad de la guerrilla del ELN, así como la de los grupos armados de la ultraderecha y del narcotráfico.

 

Andrés Manuel López Obrador (AMLO) dirige los destinos de México desde el verano de 2019. Un país que sufre elevados niveles de violencia, corrupción y debilidad del Estado. Al igual que en otros casos, AMLO consiguió que, a su formación, Morena (Movimiento de Regeneración Nacional), nítidamente izquierdista, le apoyaran en las urnas votantes de las derechas. Aunque su economía ha crecido de forma importante en el periodo reciente y se ha creado mucho empleo, sigo existiendo mucho trabajo informal. Pero el problema de la violencia persiste.

 

Argentina quedó conmocionada el pasado mes de septiembre con el intento de asesinato de la vicepresidenta Cristina Fernández. Su economía se ha recuperado de manera importante tras la pandemia, con crecimientos del 10,4% del PIB en 2021 y de un 7,5% a mitad de este 2022. Pero sigue teniendo problemas como la elevada deuda, las importantes bolsas de pobreza y el alto desempleo. Pero el actual gobierno del peronista progresista Alberto Fernández desarrolla una amplia política social frente al neoliberalismo de la era Macri.

 

En Perú fracasó en junio de 2021 un nuevo intento de llegada al Gobierno del fujimorismo, derrotado esta vez por el izquierdista y populista Pedro Castillo, ganador de unas apretadas elecciones. Un gobierno que atraviesa enormes dificultades internas y el acoso de unas derechas que intentaron negar el resultado electoral. Bolivia, que sufrió un golpe de estado en 2019 que llevó a la presidencia a Jeanine Áñez, recuperó la democracia a finales de 2020, con el amplio triunfo electoral de Luis Arce, del MAS, el partido de Evo Morales.

 

Y en Cuba, donde se han producido novedosas movilizaciones de protesta ciudadana exigiendo reformas políticas, económicas y sociales, se aprobó en referéndum a finales de septiembre el nuevo Código de las Familias, que incluye el reconocimiento del matrimonio igualitario. Los avances en las relaciones con Estados Unidos de la etapa Obama se quebraron con Trump y no han vuelto a recuperarse.

 

BRASIL

 

En el caso más reciente, las elecciones de Brasil, el país de mayor tamaño y el más poblado de Suramérica, con más de 215 millones de habitantes, se enfrentaban en las urnas el expresidente Lula, histórico dirigente del Partido de los Trabajadores (PT), contra Jair Bolsonaro, exmilitar y presidente desde enero de 2019. El triunfo de Lula en la segunda vuelta o balotaje fue de apenas punto y medio y dos millones de votos de diferencia sobre su rival que, imitando a su admirado Donald Trump, no reconoció públicamente la derrota ni se desmarcó de la acción de sus seguidores que, en varios casos, suponen llamadas directas nada sutiles al golpismo.

 

Para lograr el objetivo y vencer a la ultraderecha, Lula tendió puentes con la derecha tradicional brasileña, representada por el partido del expresidente Fernando Henrique Cardoso, el PSDB. Uno de sus más destacados miembros, Gerardo Alckmin, exgobernador de Sao Paulo, será su vicepresidente en el futuro Ejecutivo brasileño. Se trataba y se trata de garantizar la democracia, las libertades cívicas y hasta la propia existencia de la Amazonía, derrotando a un líder, como Bolsonaro, reaccionario, machista, homófobo, negacionista del cambio climático…; responsable, además, de una pésima gestión de la pandemia de la Covid 19. Por eso, por la necesidad de garantizar la democracia, el presidente electo destaca que su gobierno “no será un Gobierno del Partido de los Trabajadores”, sino un ejecutivo de más amplio espectro.

 

Unas elecciones, las brasileñas, con efectos colaterales en la región, entre otros lugares en la convulsa Venezuela. La derrota de Bolsonaro -sumada a la victoria de Petro en Colombia- deja completamente aislado al autoproclamado presidente encargado Juan Guaidó, que mostró hasta el último momento su apoyo al dirigente ultra brasileño. La derecha venezolana, si quiere tener oportunidades de llegar al Gobierno, deberá buscar a un candidato más centrado y equilibrado, con más apoyos internos y menos dependiente del respaldo de la derecha y la ultraderecha internacional.

 

Como puede observarse, las fórmulas políticas son diferenciadas y en muchos casos van más allá de una exclusividad de izquierdas en los gobiernos, integrando en varios de ellos a sectores moderados de las derechas. Aunque, eso sí, con una agenda política en la que tienen gran relevancia los temas sociales y la búsqueda de mayores niveles de equidad, en sociedades con profundas desigualdades.

 

No vale repetir las fórmulas del pasado si se quiere transformar esa realidad injusta. Repensar el modelo extractivista -con muchas economías basadas en el petróleo u otras materias primas, como el carbón- para avanzar hacia un modelo más productivo y medioambientalmente sostenible. Fortalecer al estado social frente al neoliberalismo, pero sin caer en estatismos paralizantes. Avanzar en la igualdad de género.

 

Poner en valor el pluralismo político, cultural o étnico frente al peligroso crecimiento del autoritarismo de la extrema derecha. Buscar el apoyo a sus políticas por parte de amplios sectores sociales, más allá de los tradicionales votantes de izquierdas.  Estos son algunos de los grandes retos que está afrontando actualmente el progresismo en América Latina para ser cada día más determinante en la implementación de alternativas reales de cambio que consoliden la democracia y mejoren la vida de la gente.

 

*  Román RODRÍGUEZ RODRÍGUEZ

Vicepresidente y consejero de Hacienda, Presupuestos y Asuntos Europeos del Gobierno de Canarias.

 

Islas Canarias, 06 de noviembre de 2022.

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