Ancianidad, divino tesoro (II)

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Remigio Beneyto Berenguer *

 

 

El anciano sabe esperar, siempre está esperando a los suyos, es paciente. En latín, el verbo “patior” significa “soportar, sufrir”. El anciano sufre mucho, sobre todo cuando ve que los suyos se equivocan. Él, que está llegando a la cima, desde arriba observa cómo sus seres queridos se adentran por senderos peligrosos, sin ser conscientes de ello, y sufre mucho.

 

Nuestros ancianos sufren porque, a veces, ven a sus hijos y nietos desnortados, sin saber qué quieren y a dónde van. Y ellos no pueden hacer nada, porque incluso sus fuerzas ya flaquean, ya no son lo que eran, y, aunque siguen teniendo la ilusión y las ganas de vivir de siempre, el cuerpo no les acompaña.

 

Este sufrimiento se acrecienta cuando los ancianos han de volver a recorrer el camino que ya habían cubierto, cuando han de hacer de padres de sus nietos, porque los padres ni están ni se les espera. Los ancianos no se van a quejar, aunque estén cansados y agobiados, porque es el amor el que les permite seguir de pie y adelante. Pero su carácter les irá cambiando, sin saber por qué. Algunos caerán en depresión, porque no pueden más y han de seguir adelante por el bien de los suyos.

 

¿Cuántos ancianos actualmente están llevando sus familias adelante? ¿Cuántos, al ver a sus hijos agobiados, les están respaldando e incluso manteniendo? ¿Cuántos ancianos han visto perder su patrimonio por responder por sus hijos? ¿Cuántos han podido perder todo lo que habían obtenido a lo largo de su vida, con esfuerzo, por culpa de unos hijos pródigos y manirrotos?

 

El anciano no es tonto. Sabe que lo hace por amor a sus hijos y nietos. Quizá esta actitud del anciano no sea del todo acertada, pero así es el amor: desprendido, generoso, gratuito e incluso ininteligible.

 

El anciano ama su tierra. Pearl S. Buck escribió “La buena tierra”. Es el primer título de una trilogía que narra la epopeya de una familia campesina china. Los años de buena cosecha han pasado, el hambre y la miseria asolan toda la región y, sin embargo, el cabeza de familia se niega a vender sus tierras.

 

En el capítulo XXXIV del libro, escribe Buck: “Cuando el viejo Wang Lung oye decir a su hijo segundo: “Venderemos este campo y aquel otro y dividiremos el dinero entre nosotros por igual…”, Wang Lung se echó a llorar y dijo: “Es el fin de una familia cuando empiezan a vender la tierra…De la tierra salimos y a la tierra hemos de ir…y si sabéis conservar vuestra tierra, podréis vivir…nadie puede robaros la tierra”.

 

El Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires (UCA), Sede de Paraná afirmaba: “El amor de cada uno a su propio lugar es fidelidad a Dios porque Él nos regaló esta tierra y este pueblo como un don. Desde este lugar nos abrimos a los demás. No se es auténticamente universal sino desde el amor a la propia tierra, al lugar, a la gente y a la cultura donde uno está inserto.

 

Porque no hay auténtico diálogo con los diferentes, si uno no tiene una clara identidad personal, si no posee algo verdaderamente propio, si su conciencia es sólo una mezcla de ideas y experiencias que acoge indiscriminadamente. ¿Alguien sin identidad puede ofrecer a otro algo verdaderamente “personal”?… Además, nada puede ofrecerle al país y al mundo alguien que no conoce ni valora a fondo el lugar que lo ha alimentado, alguien que no se dejó enriquecer por el espacio donde vivió la mayor parte de sus vidas”.

 

He observado a muchos ancianos. Me descubro ante ellos. He visto cómo aman su tierra, sus costumbres, sus tradiciones, sus raíces. No son personas que se las puede llevar fácilmente el viento, ni personas sin criterios. Tienen identidad personal, saben lo que quieren y por qué lo quieren.

 

Pero no conviene bajar la guardia. El mismo Rector, en ese memorable discurso, seguía diciendo: “nadie es sanamente local si no se deja interpelar por lo que sucede en otras partes, sin dejarse enriquecer por otras culturas o sin solidarizarse con los dramas de los demás. Nuestro amor a la propia tierra no es la pobreza de las mentalidades cerradas que se clausuran obsesiva, terca y fanáticamente en unas pocas ideas, costumbres y seguridades, incapaces de admiración frente a la belleza que ofrece el mundo entero”.

 

Hay que amar nuestra tierra, nuestra lengua, nuestras tradiciones, pero no ser pueblerino, no pensar que el pueblo de cada uno es el centro del universo, ni cerrarse a la belleza de las culturas ajenas. Hay que ser universal desde nuestra tierra, estar abierto al mundo, pero anclado en nuestras raíces.

 

 

*  Remigio BENEYTO BERENGUER

Profesor de la Universidad CEU Cardenal Herrera.

Catedrático de Derecho Eclesiástico de la Universidad CEU de Valencia.

Académico de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

 

Islas Canarias, 2 de octubre de 2022.

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