Ancianidad, divino tesoro (III)

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Remigio Beneyto Berenguer *

 

 

Los ancianos son un referente para las nuevas generaciones. Constituyen una “autoridad” para todos nosotros. Hemos de rendir homenaje a nuestros ancianos. Los necios desconocen que el anciano está en la cima de la montaña, después de una dura travesía, y desde allí, ya no hay más posibilidad de avanzar que hacia el cielo. Su libertad es extrema.

 

Nuestros ancianos se merecen nuestro respeto y amor, aunque el final de sus vidas no vaya acompañado de poder, dinero o éxito. Es una cuestión de agradecimiento, de honor y de coherencia.

 

En el Libro I de los Macabeos, Matatías dijo a sus hijos: “Recordad la gesta de vuestros padres en su tiempo y os granjearéis inmensa gloria y nombre eterno”, y, a continuación, va presentando las virtudes de sus antepasados: la fidelidad de Abraham, la observancia de la Ley de José, el testimonio dado por Caleb en medio de la asamblea, la piedad de David, la fe de Ananías, Azarías y Misael y la rectitud de Daniel, y finaliza diciendo: “Considerad, así pues, que, de generación en generación, los que esperan en Él nunca perecen.

 

Nuestros ancianos han de procurar ser fieles a los suyos (a su familia, a sus amigos y, sobre todo, a sí mismos), han de ser rectos, dar testimonio de su vida y de sus creencias ante todo el pueblo, y han de mostrarse piadosos y generosos frente a los que sufren.

 

Nuestros ancianos han de hacer suyas las palabras del Salmo 71: “¡Oh Dios!, no me rechaces a la hora de mi vejez, no me abandones cuando decae mi vigor…Y ahora que estoy viejo, encanecido, ¡Oh, Dios!, no me abandones para que anuncie yo tu brazo a esta generación, tu poder a todas las edades venideras, y tu justicia, que llega hasta las nubes, por la que obraste tantas maravillas”.

 

Nuestra generación necesita el testimonio de nuestros ancianos. Precisa de su saber, longevidad e inteligencia. El ingenio humano puede penetrar en las entrañas de la tierra y producir las maravillas de la revolución tecnológica, pero no puede penetrar en el porqué de las cosas. La verdadera inteligencia se pregunta el qué, el porqué y el para qué, mientras que lo mundano se ocupa del cómo, del dónde y del cuándo.

 

En el elogio a la Sabiduría del Libro de Job se relata que la sabiduría y la inteligencia no se compran con oro fino ni se pagan a precio de plata, pero entonces, la sabiduría ¿de dónde viene? ¿Cuál es el lugar de la inteligencia? Sólo Dios conoce su camino, sólo Él sabe dónde se halla, y dijo al hombre: “Temer al Señor es la sabiduría, huir del mal he ahí la inteligencia”.

 

Pero nuestros ancianos han de ser fieles y consecuentes hasta el final. En el Libro II de los Macabeos, se nos muestra la inmensa dignidad del viejo Eleazar: “Él, elevándose a más altas resoluciones, dignas de su edad y de su venerable ancianidad, de sus cabellos ya blancos y de su vida irreprensible desde la infancia, y, sobre todo, de las santas leyes establecidas por Dios, respondió que prefería que lo llevasen a la muerte. Porque –decía él- no es digno de nuestra edad simular y fingir, ya que los jóvenes podrían decir que Eleazar, a sus noventa años, se había pasado a las costumbres extranjeras. Y serían inducidos a error, a causa de su ficción y por amor de una breve y precaria existencia, y me acarrearía vergüenza y oprobio en mi vejez. Pues, aunque pudiese al presente escapar de las manos de los hombres, ni vivo ni muerto podría escapar de las manos de Dios omnipotente. Por tanto, renunciaré valientemente a mi vida y me mostraré digno de mi ancianidad, dejando a los jóvenes un ejemplo generoso para morir valientemente por las sagradas y santas leyes”.

 

Esta es la principal responsabilidad y, al tiempo, el más grande honor de nuestros ancianos: ser ejemplo para las futuras generaciones, ejemplo de fidelidad y de lealtad hacia su familia, hacia sus amigos, pero, sobre todo, a sí mismo.  

 

 

*  Remigio BENEYTO BERENGUER

Profesor de la Universidad CEU Cardenal Herrera.

Catedrático de Derecho Eclesiástico de la Universidad CEU de Valencia.

Académico de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

 

Islas Canarias, 10 de octubre de 2022.

 

 

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