El amor al Santísimo Cristo de La Laguna

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Remigio Beneyto Berenguer *

 

 

Hoy mi humilde colaboración será distinta a las otras. Desde el momento que vi la imagen del Santísimo Cristo de La Laguna, quedé impresionado, me cautivó.

 

He tenido el privilegio de asistir al Descendimiento y al Traslado del Santísimo Cristo al Convento de Santa Clara de Asís. He visto a gente rezando, a gente llorando de emoción, y, sobre todo, a todos los laguneros con un respeto que no he apreciado en otros lugares.

 

Por este motivo, he decidido traer a colación una pequeña reflexión, al hilo de mi experiencia vivida en La Laguna.

 

Juan, el discípulo amado, testigo presencial de la muerte de Jesús, dice: “Cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: “Todo está cumplido”. Inclinó la cabeza y entregó el espíritu”.

 

Efectivamente Cristo expiró por amor a los hombres, por haberse hecho hombre mortal como nosotros. Es una entrega consciente y generosa.

 

Antes de morir, en la Cruz, Jesús decía: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” y antes, en la oración había dicho: “No ruego sólo por éstos sino también para que todos sean uno. Como Tú, Padre en mí y yo en Ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado”.

 

Es posible la unión entre todos los hombres. Todos debemos trabajar denodadamente por hacer posible esta unión.

 

La cruz es el altar donde Jesús se inmola y lo hace encomendando su espíritu al Padre. Esa cruz es el trono de su gloria, desde allí reinará por siempre.

 

Esa cruz, ese crucificado, que hizo decir a Soraya Lomas:

 

“Emociones que se sienten,

 

Emociones que se perciben,

 

Emociones que se ven.”

 

Esas emociones las he visto el viernes 9 de septiembre cuando el Santísimo Cristo de La Laguna pasaba por las calles de La Laguna, ganándose el querer de los suyos.

 

Querer, que se convierte en amor,

 

Más tarde en admiración,

 

Llegando a la más absoluta emoción…

 

La piel se eriza, los ojos brillan y el corazón se acelera,

 

Al cielo todos van con Él, en la entrada o en la salida siempre lo quieren ver,

 

Y si no se puede, alguna lágrima se ve caer, …

 

Pueblo de La Laguna, escucha al Santísimo Cristo y medita lo que te dice (inspirado en el profeta Miqueas):

 

“Pueblo mío,

 

¿Qué te he hecho?

 

¿En qué te he ofendido?  Respóndeme.

 

Te saqué de Egipto

 

Y por cuarenta años

 

Te guíe en el desierto,

 

Tú, en cambio, hiciste una cruz

 

Para tu Salvador.

 

Te libré del mar,

 

Te di a beber el agua

 

Que manaba de la roca,

 

Tú, en cambio, hiciste una cruz

 

Para tu Salvador.

 

Te llevé a tu tierra,

 

Por ti vencí a los reyes

 

De los pueblos cananeos,

 

Tú, en cambio, hiciste una cruz

 

Para tu Salvador.

 

Te hice poderoso,

 

Estando yo a tu lado,

 

Derroté a tus enemigos,

 

Tú hiciste una cruz para tu Salvador.

 

Pueblo mío,

 

¿Qué te he hecho?

 

¿En qué te he ofendido?

 

Por ese amor tan inmenso de Cristo por su pueblo, Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble –en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo-, y toda lengua proclame: “Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre”.

 

Ante este amor tan grande, nuestra actitud ha de ser la que recita este fragmento del Soneto de Enrique Antolínez:

 

Yo quisiera ser Tú para quererte

 

Como Tú a mí me quieres, Amor mío,

 

Y por darte la vida hallar la muerte.

 

Yo quisiera, por fin, oh, dueño amado,

 

Desclavar de la cruz tu cuerpo frio,

 

Y morir, yo por ti, crucificado.”

 

 

Nada más ni nada menos.

 

 

*  Remigio BENEYTO BERENGUER

Profesor de la Universidad CEU Cardenal Herrera.

Catedrático de Derecho Eclesiástico de la Universidad CEU de Valencia.

Académico de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

 

Islas Canarias, 11 de septiembre de 2022.

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