EL MONÓLOGO / 107
Sobre el debate de la mascarilla

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Por Pepe Moreno *

 

 

Desde el pasado miércoles ya no hay que llevar las mascarillas puestas obligatoriamente, sino que ahora son de carácter voluntario u opcional, en la mayoría de los sitios, porque en otros, como las farmacias o los centros de salud, hospitales, residencias de mayores, transporte público, aviones y otros, sí que son obligatorias. Y esto, que parece una buena noticia, ha traído una serie de controversias y de debates en las que parece que nunca llueve a gusto de todos.

 

No son necesarias, pero las seguimos viendo por las calles y mucha gente no se desprende de una medida que cuando la impusieron en marzo de 2020 con carácter obligatorio también levantó una oleada de protestas. Ahora incluso nace el síndrome de la cara vacía con la que mucha gente trata de refugiarse, con la excusa de que no están preparadas para ello, y en la que hay mucho de psicología y de estética.

 

Por ejemplo, ya no es necesario en los aeropuertos, pero sí en los aviones en las que la mayoría de las personas que se mueven en esos edificios van a embarcar. Y no crean que las compañías aéreas tienen en sus puertas de embarque un paquete con los dichosos cubrebocas, no, nada de eso, si no la llevas no subes y te quedas compuesto y sin posibilidad de traslado. En las farmacias de esas infraestructuras no siempre hay para comprar, así es que mejor las llevas de casa y las usan.

 

Pero a lo que iba, en las salas comunes, en esas que uno se viste después de pasar los controles de seguridad, en los que se aplican las reglas de los que están en ese momento, ahí todo el mundo las lleva. Los que no las usan, y hablo en primera persona, nos sentimos como los que incumplen, desplazados o si me apuran como unos desalmados que van a contracorriente con los preceptos establecidos.

 

La mascarilla me da que ha venido para quedarse. No es la primera vez que nos la imponen. Ya lo hicieron en el año 1918, cuando la gripe española, que ni era de este país ni cosa que se le parezca porque nació, por así decirlo, en un campamento militar estadounidense, y desde allí se propagó por todo el mundo. En España, el Gobierno de entonces, el de Antonio Maura, promovió el cierre de teatros e instó a los dirigentes provinciales a que limitaran el aforo de los eventos públicos, provocando un gran enfrentamiento con la Iglesia. Sin embargo, de la máscara, ni hablar. Por tanto, no me sirve buscar qué hizo la ciudadanía en esa época y si es como ahora en la que vemos a tantos que la siguen llevando.

 

Porque su uso sigue muy extendido. Unos porque no se fían de que puedan pillar algún virus, otros por la costumbre, otros porque no se dan cuenta, otros por el qué dirán, otros porque no saben dónde está bien y dónde no tan bien llevarla y los más porque ya se han acostumbrado. La verdad es que una mascarilla es lo mejor que te puedes poner en Los Rodeos cuando llegas o te vas a cualquier lugar. El frío de la zona, el tiempo desapacible y aquella vieja matraquilla de taparte la boca cuando sales al exterior en una zona fría, hace que se convierta en una prenda de uso muy socorrido.

 

Por lo tanto, he indagado sobre el comportamiento del resto del mundo, a la vista de que aquí nunca se impuso la prenda para proteger de más contagios. He podido averiguar que los periódicos de entonces estaban inundados de noticias sobre las sanciones que se imponían por parte de la Policía y que numerosos establecimientos alertaban de que no estaban dispuestos a prohibir la entrada a los clientes que no llevaran tapada la boca y nariz.

 

En aquellos reportajes hablaban los trabajadores, que se quejaban de lo incómodas que eran a la hora de sus labores. Y se podían leer todo tipo de anécdotas, como la vendedora de Denver que se negó a ponérsela porque, según dijo, “se le dormía la nariz”. Así que en España no hubo debate de si seguir o no con la prenda en la cara.

 

Indaguemos pues en otros temas relacionados con lo del 20 de abril, que no es que sea el estribillo del tema de Celtas Cortos, aquel de “Hola chata, ¿cómo estás? / ¿te sorprende que te escriba? / tanto tiempo es normal / pues es que estaba aquí / solo me había puesto a recordar / me entró la melancolía / y te tenía que hablar …” No es ese el tema, sino el de lo que ha supuesto lo de que ya no sea obligatorio el uso de las mascarillas en algunos interiores. Y así han surgido, en esta sociedad nuestra en la que cada día vemos gente más inseguras o aquejadas de razones que no siempre están claras para la generalidad.

 

Hay personas que tienen temor de ir a cara descubierta y les puede llegar incluso a generar ansiedad el hecho de quitársela, algo que se conoce como “el síndrome de la cara vacía”, es decir, la fobia caracterizada por la inseguridad que provoca el hecho de ir por la calle al descubierto, sin la protección de la mascarilla.

 

Este tipo de comportamientos no es más que un proceso natural, según algunos expertos, y añaden que habrá personas “a las que les va a costar mucho despedirse del cubrebocas”. En este sentido habrá gente que no se las quieren quitar porque tienen pánico a contagiarse y, por otro lado, están los que temen mostrar su cara al descubierto a los demás, un problema que hoy desarrollan más los jóvenes que los de otras edades.

 

Por eso veremos a muchos escondidos tras este complemento y ocultarán también problemas de ansiedad, de hipocondría o a los que hayan estado vinculados, de manera traumática, en esta pandemia bien porque haya fallecido alguien cercano o por haber pasado el virus de manera traumática, por ejemplo.

 

Tenemos, fundamentalmente, a los adolescentes, un grupo al que se ha tenido muy en cuenta durante estos años por todas las consecuencias que la pandemia ha tenido en ellos. Muchos despertaron a la adolescencia con mascarilla y coincidió con una etapa en la que podrían tener algunos problemas de autoestima, algo que va, en la mayoría de los casos, inherente a esta edad. Este punto puede provocar que a algunos jóvenes les cueste más quitársela. Además, la mascarilla ha podido tapar los posibles cambios físicos que han sufrido, los pelitos que empiezan a salir, sus granitos o los ‘brackets´ y un largo etcétera, lo que hace que se sientan más seguros con ella puesta.

 

Dicen algunos expertos que en esa edad se tiende a una afección que tiene mucho que ver con su intimidad, el reconocimiento de su yo, la aceptación de su personalidad, de su desarrollo físico y utilizan la mascarilla como una forma de protegerse y de ocultar sus posibles defectos, sus inseguridades, sus miedos. Es decir, con ella se sienten más protegidos, más a gusto. Y no solo por lo que acabamos de decir, sino porque se esconde su estado emocional.

 

Y es que a menudo no quieren mostrar su estado anímico en una etapa en la que, además, suelen sufrir importantes fluctuaciones en el ánimo sin un origen o razón específica. Por todo ello, es posible que se acentúe en adolescentes con mayores inseguridades, con un nivel de autoestima más bajo, tendencia a estados de ánimo más bajos, con mayores complejos físicos y dificultad de socialización y/o con problemas para transmitir o gestionar sus estados emocionales.

 

Consultados los expertos de este asunto, estos se inclinan por no forzarlos a quitársela porque podríamos provocar el efecto contrario y añaden que en el momento en que ellos se sientan cómodos para expresar y compartir se la irán retirando, porque encontrarán esos espacios con más libertad para ser ellos mismos.

 

Por tanto, estamos en los primeros días de la retirada de las mascarillas y ya veremos como irá quedando esto. En la calle se van viendo más caras completas y en los interiores nos iremos acostumbrando a ir al baño sin ponernos la dichosa prenda. Irá desapareciendo esa sensación de que vamos como desnudos si no nos la ponemos y que cuando ya no sea necesaria relataremos anécdotas y sucedidos del tiempo de la pandemia. Ahora hay gente que estamos descubriendo sin tener vedada ninguna parte y descubrimos mentones que nos estaban vedados o bocas que son más sensuales de lo que habíamos previsto.

 

Todo eso lo vamos superando, como un día lo hicimos con las salidas a la calle y con las compras en la normalidad. ¿O ya no se acuerdan cuando comprábamos cantidades ingentes de papel higiénico?

 

Hay que ir volviendo a la normalidad, a la de antes, pero con unas vivencias que quedarán marcadas en nuestras vidas y que nos servirán para relatar algo. ¿A quién no le ha pasado que con la mascarilla puesta no ha saludado a alguien porque no le apetecía? ¿O ahora que vemos rostros sin mascarilla que no reconocemos porque siempre la vimos con media cara tapada? Todo está cambiando y nosotros también. Los recelos que hemos tenido van sucumbiendo ante la necesidad de acomodarnos a los tiempos que estamos viviendo.

 

Tenemos, en la mayoría de los casos, hasta tres dosis de vacunas inoculadas en nuestros cuerpos, ¿eso no es garantía de que el virus ya no es lo que era en el 2020? Pues eso, que vivamos con respeto, pero con menos restricciones y veamos la vida como siempre. Eso es lo que vale. Yo la uso en los lugares en los que tengo que usarla y respeto a los que han decidido sumarla a su cotidiano devenir.

 

 

* José MORENO GARCÍA

Periodista.

Analista de la actualidad.

 

Islas Canarias, 23 de abril de 2022.

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