EL MONÓLOGO / 127
¿Tendremos aquí un funeral de Estado?

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Por Pepe Moreno *

 

 

Escribo este artículo horas después de conocer la noticia de la muerte de Isabel II, la reina del Reino Unido, que pasará a la historia como la figura clave que ha garantizado la continuidad de un país durante los 70 años que ha durado su reinado. A lo largo de ese tiempo ha despachado con 15 primeros ministros -desde Winston Churchill hasta Boris Johnson- y seis arzobispos de Canterbury. Visitó más de 116 países. Supo adaptarse a todos los tiempos, desde las recepciones en Palacio a las reuniones por videoconferencia que a sus 96 años mantenía a través del ordenador.

 

Por lo que cuentan, la salud de la reina, quien desde hace tiempo experimentaba «problemas de movilidad», había empeorado desde que el martes recibió en su residencia escocesa a Boris Johnson para aceptar su dimisión como primer ministro, y a su sucesora, Liz Truss, a quien encomendó la formación de un nuevo Gobierno. La última fotografía de la monarca, que trascendió tras el encuentro con la nueva primera ministra, preocupó debido al deterioro que ya mostraba entonces, apoyada en su bastón y con las manos de color morado. El jueves se fue, y desde entonces la noticia de su muerte y funeral acapara todos los medios de comunicación.

 

El fallecimiento de Isabel II, la reina por antonomasia representa algo más allá que el del tópico el fin de una era. Nadie como ella encarnaba los valores de la certidumbre y de la seguridad institucional por encima de los inciertos vaivenes de la historia. Vistos los periódicos de ayer en Canarias, uno se dio cuenta del nivel de compromiso que algunos tienen para con las islas. Ni una sola referencia, en algunos de ellos, a la subida de los tipos de interés, que para las familias que hayan pedido una hipoteca a tipo variable de unos 150.000 euros tendrán que pagar casi 150 euros más al mes. Pero eso les importa menos que contarnos en la primera página la muerte de la monarca que es un hecho conocido por todo el mundo desde el día antes.

 

A lo largo de mi vida profesional he hecho muchas portadas y desde luego entiendo que la tipografía y el espacio de una noticia de esa noble página va en función de su importancia o de la exclusividad del contenido de la información y a cuanta gente afecta. Ayer vi unas primeras páginas que rayaban en el espectáculo del diseño más que en el deber de informar y me dio pena. En los periódicos económicos, por ejemplo, la noticia destacada era la de la subida de los tipos de interés, aunque tampoco dejaba de ocuparse del óbito real, que también tenía su espacio.

 

No es lógico, desde el punto de vista periodístico, que un periódico local de Tenerife, hecho para servir de cauce informativo a la sociedad en la que se mueve, dedique toda su primera página, sin referencias a ningún otro tema de la isla, a la muerte de la monarca, como si se hubiera producido aquí o la sorpresa por su defunción fuera tan grande que necesitaba de todo ese alarde para que nos enteremos. Y ya veo en la mañana de ayer a los que decidieron esa primera regodeándose de lo realizado y mirando de lado lo bien que lo hicieron y lo bonita que estaba la primera página, sin percatarse que para informarse de ese hecho la gente usa otros medios de comunicación y sobre todo más cercanos al epicentro de la noticia.

 

Pero bueno, no merece la pena seguir dándole vueltas a los cortesanos de la información. La noticia sobre la muerte de Isabel II nos tiene que dar que pensar, por ejemplo, en ¿qué pasará en España cuando el Rey Juan Carlos I muera? ¿y si eso pasa en Qatar? que es donde está, ¿será un funeral de Estado en este país que ahora está más republicano que nunca? Ahora que el Emérito no tiene buena prensa, que le atacan hasta los que en el pasado fueron juancarlistas, que le echan en cara el dinero que ha evadido, que ha recibido unas buenas comisiones por haber sido intermediario de grandes obras hechas en países árabes por empresas españolas, que le echan en cara sus escarceos amorosos, que ha tenido que intervenir hasta el CNI en algunas de sus aventuras amorosas, que la lista de mujeres en su vida es más larga que la recreación de King Kong, que se ha ido de caza cuando todos teníamos dificultades y que ha tenido una vida llena de satisfacciones como nadie en este país nuestro en el que él tenía que reinar.

 

En la tarde del jueves vi salir a los presentadores de las televisiones inglesas de un luto riguroso, serios, atendiendo a protocolos de los que dudo que España se lleven a cabo el día que tengan que dar una noticia como la relatada anteriormente. En esas normas de cómo se tienen que comportar se dice incluso que hasta que no se produzca el entierro de Isabel II no se pueden emitir comedias, es decir, películas ni obras de teatro de risa, en ningún canal inglés. Y yo dudo que esto sea así en nuestro país el día que asistamos a la muerte de un monarca, aunque sea emérito.

 

Entiendo que muchos de los que me están leyendo ahora mismo no compartan estas opiniones y que estén esbozando una sonrisa maliciosa, pero, pregúntense, ¿creen que los ciudadanos del Reino Unido no son modernos? Ellos también tienen un Parlamento, con una primera ministra de hoy, con una oposición en la que hay partidos de todas las opciones, pero que no secuestran, como parece que está pasando por aquí, al que debería tener una vida más pública.

 

Allí en Gran Bretaña, tienen una Constitución no escrita que refleja que quien ocupa el trono, reina, pero no gobierna. Lo mismo que aquí. Sin embargo, miren como lo están haciendo estos días con una solemnidad digna, con las miras puestas en el palacio de Buckingham, donde miles de ciudadanos se han dado cita para dejar unas flores o para “noveliar” desde la noche del jueves para acá. Y es que la reina representaba siete décadas de un reinado que ha rasgado el corazón de muchos.

 

Isabel II también se enfrentó a muchos problemas. Fue una reina que vivió una etapa histórica poscolonial con el desgaje de muchas naciones y durante la cual muchos de los países que formaban ese imperio se dieron de baja, lograron su independencia o simplemente dejaron de estar al lado de la nación que los sometía. Bueno, pues esa mujer es la que llora hoy en todo el Reino Unido. Logró mantenerse, al menos de forma simbólica, como jefa del Estado de grandes potencias como Canadá, Australia o Nueva Zelanda. Ha logrado estar al frente de lo que quedaba de la Mancomunidad de Naciones, y todo esto habla a las claras de su sentido político institucional, de su patriotismo correctamente entendido y del servicio a su país.

 

Yo creo que aquí no estamos preparados para un funeral de Estado. Ya verán como estaremos más entretenidos en los mensajes en las redes sociales, si algunos de los líderes de nuestro país se salen de lo políticamente correcto y si alguien plantea la posibilidad de consultar si debemos seguir siendo un pueblo con Casa Real o sin ella. Aquí planteamos términos de modernidad y de romper tradiciones en donde deberíamos trazar si los que gobiernan, con la fuerza de los votos, lo están haciendo en bien en sus Comunidades o en sus resortes de poder.

 

Por eso digo que aquí no estamos preparados para el día que toque enterrar al que hasta hace poco era el jefe del Estado y que ahora está fuera del país e incluso algunos políticos nos dicen que huido. ¿De verdad ustedes creen que habrá aquí gente que reclame ese tipo de ceremonias? En Londres he visto estos días a gente depositando ramos de flores frente a Buckingham. Pero estas mismas escenas se han repetido en Windsor y en el Castillo escocés de Balmoral, donde murió la reina. Y todo esto mientras caían chuzos de punta en Inglaterra o que el chipi-chipi no dejara de mojar en las Altas Tierras.

 

No me veo yo a ninguno de los políticos nuestros decir cosas como las que le he oído a Sir Lindsay Hoyle, presidente de la Cámara de los Comunes, quien ha dicho que «la reina ha sido una presencia constante en nuestras vidas… y ha preservado la calma y ha mantenido una influencia constante en nuestro país. Muchos de nosotros no conocemos una era en la que ella no estuviera aquí». Esto lo decía, seguramente, haciéndose eco del sentimiento de gran parte de la ciudadanía.

 

Aquí estamos a otras cosas. A la bronca cotidiana en las Cámaras de representantes y a la política barriobajera. A lo que digan unos y otros en los medios de comunicación sobre lo que opinan de este asunto, pero a no tomar decisiones en las que se vea una mejora en las condiciones de vida de los ciudadanos. Allí pasa lo mismo, pero preservan algunas instituciones, como la Corona. Bien es cierto que a lo mejor con Carlos III estas cosas pasan a una nueva dimensión, porque mientras su madre nunca concedió una entrevista, él se ha metido en tantos charcos que no hay impermeable ni botas de agua que lo protejan.

 

El emérito no levanta hoy ninguna pasión y veo muy difícil que se pueda realizar un funeral de Estado, cuando toque, que no por hacer esta reflexión le estoy deseando nada malo, lo que pasa es que lo que estamos viendo estos días en el Reino Unido me lleva a estas reflexiones.

 

La monarquía británica sabe que su supervivencia depende del apego y la estima que le demuestra la nación. Aquí me parece que no hay nada de eso. Los ingleses saben que la Corona debe hacer que se vea la doble necesidad de parecer accesible a sus súbditos, guardando, no obstante, las distancias, la actitud y el mínimo de pompa, sin las cuales el respeto declina. Nuestra Reina consorte, Letizia, estuvo ayer en La Palma abriendo el curso escolar y queriendo emular esa cercanía. ¿Lo consiguió? Depende a quien le preguntemos.

 

La reina Isabel II ha sabido hacerse un hueco en el corazón de todos sus súbditos. Su fallecimiento ha coincidido con una profunda crisis de identidad de los británicos que, además de compartir las penurias y la incertidumbre económica de todo el mundo, registra también una grave erosión de su sistema bipartidista. Pero, con su silencio ha sabido contener. Allí también tuvieron un referéndum de independencia, el de Escocia, en 2014. O la amenazante segregación de Irlanda del Norte. Pero nada erosionó la visión que tenía el pueblo llano de la monarquía. Nada pudo hacer Isabel II por evitar estas consultas y, lo más significativo, nadie ha podido publicar con marchamo de veracidad qué opinaba la soberana de esa regresión para el conjunto de la unidad europea.

 

Ella logró ser el muro de contención del derrumbe del Reino Unido. Con su carisma y su prestigio ha ralentizado esa caída y ha proyectado en la comunidad internacional el sosiego necesario por el escrupuloso respeto al carácter parlamentario de su condición soberana. Vio pasar delante de ella a 14 primeros ministros de distinto color político, convirtiéndose así en la referencia de monarquías parlamentarias como formas contemporáneas de Estado democrático.

 

Y tenía una gran fortuna. En febrero del año pasado, el patrimonio de Isabel II llegó incluso al parlamento de mano de los conservadores. Aunque siempre había sido una incógnita, no era algo que les molestase a los británicos, era casi motivo de orgullo nacional que los Windsor encabezasen, la lista de las fortunas reales europeas. Igualito que aquí. Aunque claro, Isabel II pagaba al fisco y sus cuentas no están en paraísos fiscales ni le tienen que hacer una declaración paralela como a nuestro emérito.

 

El presupuesto de la Casa Real allí no tiene tanta discusión como aquí. De los 101 millones anuales que tenía en 2021 se aumentó a 108 este año. Pero esto cambió, cuando se supo que la Reina Isabel II se hacía cargo de los 12 millones de libras esterlinas (algo más de 14 millones de euros), para que su hijo favorito, el Príncipe Andrés, pagase el acuerdo extrajudicial, que le libraría del juicio, por los abusos sexuales enmarcados en el Caso Epstein. Entonces sí saltaron las alarmas y los tabloides británicos comenzaron a especular sobre ello, al considerar este gasto como tóxico, y que esperaban no hubiese salido de las arcas públicas. Allí también han tenido escándalos financieros. Que la Reina había blindado su fortuna, que no se sabe cuánto tiene, que está exenta de pagar tributos.

 

Por ejemplo, se supo que había sellado un acuerdo, en 1993, con el gobierno conservador de John Major, que le permitió no pagar derechos de sucesión sobre la fortuna recibida por su madre, cuya cantidad tampoco fue revelada, aunque se barajaron cifras en torno a los 50 millones de libras (alrededor de 58 millones de euros). En el Reino Unido, el derecho de sucesión ronda el 40% para importes superiores a los 350.000 mil euros. Aunque la monarca si paga impuestos desde 1993, está exenta de los de sucesión, con el fin de que la fortuna de la familia real no se vea menguada con el paso del tiempo. Dicen que es la terrateniente con más terrenos de todo el planeta.

 

Igualito que aquí. Tenemos a los catalanes haciendo consultas ilegales a la población. Una parte de los que hicieron eso están hoy en el cogobierno del Estado. Los vascos se van significando en peticiones similares. Proliferan las normativas de lenguaje, saltándose algo tan lógico como la educación para todos. Y a mucha gente hablando de las bendiciones que puede traer una república.

 

En fin, que estos días estamos oyendo y viendo todo esto y no se me cae de la cabeza qué pasará en nuestro país el día que tengamos que hacer un funeral de Estado. No estoy a favor ni en contra, por eso lo voy a pensar, pero soy bastante pesimista en que seamos capaces de tomar una decisión de Estado.

 

* José MORENO GARCÍA

Periodista.

Analista de la actualidad.

 

Islas Canarias, 10 de septiembre de 2022.

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