EL MONÓLOGO / 136
Vivir la vida

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Por Pepe Moreno *

 

 

Hoy no tengo ganas de escribir mucho. Estoy agotado totalmente. El día ha sido demoledor y solo me salió lo que tenía previsto hasta las doce de la mañana, luego todo ha sido como un carrusel que me ha dado sensaciones variadas y todas rayanas con la forma que tenemos hoy en día de vivir. La verdad es que estoy desecho y pensando que la intensidad es algo que hay que ir condurando a medida que vamos viviendo y por lo tanto poniendo los cotos necesarios para hacerlo sin estridencias.

 

Y es que este viernes ha sido muy especial. He visto como la vida de un hombre de 66 años se ha ido en un santiamén, se le ha escapado en unos minutos que han sido de lucha por una supervivencia que no ha logrado y que han determinado su ciclo vital. Se fue sin que los demás, ni el mismo lo supiera. Salió a caminar como cada mañana, por el litoral santacrucero, acompañado de su mujer y de sus amigos, se adelantó porque podía y circuló a mayor velocidad mientras hablaba de sus cosas con sus amigos. Contaba cosas del diario, de la dosis de vacunas que le suministraron esta misma semana, de sus vivencias en el mundo de la pesca o de la actual situación. Todo esto es lo que estaba a su alrededor, hasta que se sintió mal y la vida empezó a ahogarle a él y a los demás.

 

Todo fue en un momento y nadie sabía cómo empezó. Ni los sanitarios de la cercana playa santacrucera de Las Teresitas, que pasaban por el lugar, ni los que tenían conocimientos de masajes pulmonares. Nadie pudo traer de vuelta una vida que comenzaba a marcharse. Fueron minutos cruciales en los que la convicción podía más que la realidad y en los que la fuerza se imponía a la desidia. Unos que querían no perderlo y él que se dejaba. Los minutos de una lucha en la que no se sabe quién puede ganar y hasta donde se puede llegar. Pero no pudo ser.

 

Y el llanto compungido de los que le conocían, de los seres queridos, de los que no encuentran consuelo, de los que se llenan de nervios y de angustia. De músculos atenazados y de llantos de impotencia. Las preguntas sin respuesta, los recuerdos que se acumulan y la incredulidad reflejada en sus rostros.

 

Oír el llanto desconsolado de alguien al que quieres por una muerte que no comprendes es igual a intentar resolver un problema químico sin saber de fórmulas. Intentar calmar por algo tan frío como un teléfono es casi una misión imposible, pero es lo único que puedes intentar y tratar de llegar al lugar en medio de una ciudad llena de prohibiciones de giros y de conductores que van a lo suyo y de camiones que trabajan en calles estrechas y que no saben de tu urgencia. Todo eso es algo tan estresante que pone a prueba el flujo de cualquier riego sanguíneo.

 

Pero pasas todo eso y llegas al destino y te encuentras con la labor de unos profesionales que ya están lidiando con un cuerpo yacente en el que hay que averiguar qué pasó. Con una familia que recorre mentalmente los últimos instantes, las vivencias que tuvo y qué quería hacer. Y entonces te das cuenta de que todavía hay gente que destila educación, que es exquisito en el trato hasta en las preguntas más incómodas y que el trabajo más desagradable también tiene dosis de delicadeza. Y ahí estaban ellos y ellas desplegando toda esa finura. Los de la Policía Judicial, los de la Municipal, los de la Cruz Roja, los de Servisa y los que se vieron implicados en un suceso del que todavía se le busca explicación.

 

Porque a todas estas nadie sabe nada. Sólo se conocen los hechos de que salió a caminar, como todas las mañanas desde hace años, que nada le perturbaba, que se adelantó con unos amigos y que de pronto le dolió el pecho, que se desplomó y que a partir de ahí comenzó una carrera por devolverle la vida, cosa que no pudo ser, a pesar de que algunos hicieron lo imposible por ganarle esa batalla a la muerte. Pero no pudo ser.

 

Hoy lloramos esa partida, entre otras cosas porque hay muchos porqués sin resolver. Porque no había razones, ni condicionantes que pusieran sobre aviso esa posibilidad. En un cuerpo sano, sin estrés, con buena alimentación y con mucha ilusión, es casi imposible que aceche este tipo de finales que hemos visto en esta mañana soleada del litoral chicharrero. Nada ni nadie hacía prever este final, pero ha tenido lugar y las incógnitas siguen persiguiendo a todos los que le conocían. Las lágrimas están impregnadas de los enigmas que deja esta muerte. ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué a él?  ¿Qué hemos hecho para que nos suceda esto?

 

Y es que en las muertes inesperadas siempre nos quedamos en vilo, con palabras en la boca y caricias en las manos y alguna rabia contenida. Por eso hoy me siento mal, estoy muy cansado y no encuentro las palabras necesarias que reflejen todo lo que siento. Porque veo el sentimiento de los que nos rodean, porque escucho sus palabras en las que hay mucho de remordimiento personal, porque los veo sufrir por lo que perdieron, porque eso de “no somos nada” toma cuerpo y lo entiendes.

 

En fin, que no quiero seguir. Que hoy podría escribir de muchas cosas, pero el cansancio me puede. Uno que había pensado en un viernes tranquilo, en una comida con los amigos, en unas risas compartidas por una ilusión, por unos colores o por la simple amistad y lo que vive es un sentimiento de dolor en el que la muerte tiene mucho que ver. Un día en el que lo repentino lo cubre todo y lo hace de modo y manera en la que no habrá otra vez para vernos o para compartir una charla y aficiones. Un tiempo que se cierra sin que hayamos abierto las expectativas, el conocimiento mutuo o los sueños de futuro. La muerte impide que nos conozcamos algo más.

 

Ha sido un viernes duro, pero los días que vienen también lo serán. Lo siento, no puedo seguir. Otro día será.

 

* José MORENO GARCÍA

Periodista.

Analista de la actualidad.

 

Islas Canarias, 5 de noviembre de 2022.

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