EL MONÓLOGO / 292
La herida social
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Por Pepe Moreno *
Han sido muchas las cosas que han pasado esta semana, desde la borrasca a la que nosotros llamábamos Claudia y que ha dejado su impronta en algunos lugares como el sur de Gran Canaria, con muros caídos y algunos coches dañados. O que he dejado algunas galerías, que ya estaban pidiendo agua por señas, rellenas del líquido elemento y que la pertinaz sequía se quede en menos.
Otra cosa ha sido lo de la Educación y su formación “on line”, para lo que no estaban preparados en algunos casos, pero de esto, si el tiempo y ustedes me lo permiten, me ocuparé en otra ocasión. Lo que si digo es que más vale pasarse que quedarse corto, como ya ha pasado en otros lugares. Siempre pensamos que lo que pasa en nuestro entorno es lo que pasa en todos sitios, y así les ha pasado a algunos dirigentes que pensaron que la magnitud de lo que sucedía no era para tanto, pero como ya dije, me ocuparé de esos en próximos monólogos.
Me voy a centrar hoy en el IX Informe FOESSA sobre un proceso inédito de fragmentación social en España en el que se contrae, de una manera significativa, la clase media de este país. En las primeras páginas se dice que “España atraviesa un proceso inédito de fragmentación social: la clase media se contrae desplazando a muchas familias hacia estratos inferiores.
Tras dos décadas de crisis encadenadas, las fases de recuperación no han cerrado la brecha y han llevado a España a contar con una de las tasas de desigualdad más altas de Europa. La integración social se erosiona y la exclusión grave permanece muy por encima de los niveles de 2007”. ¿Y qué significa esto, dicho en otras palabras? Que estamos viviendo en una sociedad ecológicamente vulnerable, anímicamente desasosegada y socialmente desgarrada.
La fragmentación de la clase media, la precariedad y la desigualdad han abierto una brecha que ya no se mide solo en euros, sino en oportunidades, salud y esperanza. El IX Informe FOESSA no es solo un diagnóstico: es el espejo de un país que se resquebraja mientras finge que todo sigue igual.
Para que todo el mundo entienda, en 2024, la exclusión severa se situaba en un 52 % por encima de 2007, y eso nos llevaba a un saldo nada menos que de 4,3 millones de personas que no estaban satisfechas con su modo de vida. Podríamos decir que hay más de cuatro millones de personas que esperaban algo más y que hacen todo lo posible por salir de esa situación.
En ese informe se dice que tres de cada cuatro activan estrategias de inclusión, es decir, buscan empleo, se forman, activan redes y ajustan gastos, pero chocan con barreras estructurales, se topan con dispositivos fragmentados, con recursos escasos y muy poco personalizados. La activación en estos hogares pasó del 68 % en 2021 al 77 % en 2024.
Hay una especie de mito sobre la pasividad de las personas en situación de pobreza y exclusión, esa idea de que viven de prestaciones sociales sin buscar soluciones o emprender acciones para su inclusión, y eso, en su gran mayoría, es falso porque lo que vemos a diario es que el fallo, por así decirlo, está en el sistema.
Podríamos decir que actualmente lo que nos echa del sistema es la vivienda, pero también el empleo. Si no tienes un techo en el que vivir, careces de una estructura social, y por eso se echa a uno de cuatro hogares de una vida digna, además de machacar la posibilidad de ese difícil equilibrio que buscan todos los que han entrado en ese difícil mundo. El alquiler de un techo se ha convertido en una trampa para la pobreza.
Los datos son claros, ese informe, subrayo, porque el 45% de la población que vive en régimen de alquiler se encuentra en riesgo de pobreza y exclusión social, la cifra más alta de la UE. Ya nadie discute que tener un empleo conlleve que puedas pagar, religiosamente, tu arrendamiento, a pesar de las cifras macroeconómicas, porque no se puede mantener eso de “su capacidad protectora e integradora”.
Además, tenemos una precariedad laboral a la que le damos todos los parabienes, que se ha convertido en la nueva normalidad, y que afecta a casi la mitad (47,5 %) de la población activa. Hoy tenemos casi 11,5 millones de personas atrapadas en diversas formas de inseguridad laboral. Lo que significa que tenemos más de un tercio de la población que trabaja.
Nos han dicho y explicado que la cultura del esfuerzo no existe, que hay demasiadas personas que viven de una paga y que así no hay manera de encontrar a nadie que quiera trabajar. No lo niego, pero también digo que no han crecido tanto los sueldos como la cesta de la compra, el IPC, para que todo el mundo me entienda. La macroeconomía va viento en popa, pero la micro, la que nos afecta al bolsillo, no es tan buena. ¿De qué nos sirve todo eso cuando lo que ganamos no nos da para el alquiler de la vivienda, la cesta de la compra, el colegio y muy pocos caprichos? Para nada.
A estos dos grandes motores se suman otros cuatro factores multiplicadores de la exclusión: la educación, el origen familiar, la salud y las relaciones sociales. El informe demuestra que la ESO ya no protege. El “cortafuegos” contra la pobreza y la exclusión se ha desplazado al Bachillerato y a la FP. El dato es rotundo: si una persona no consigue completar estudios superiores a la ESO, su riesgo de caer en exclusión severa se multiplica por 2,7.
Otro de los factores que inciden en la pobreza es el origen familiar. Los hijos de personas con bajo nivel educativo tienen más del doble de probabilidades de caer en situaciones de pobreza que los de progenitores altamente formados, y esto desmonta ese viejo aserto de la promesa de igualdad de oportunidades. Quiero decir que la exclusión social se hereda, y es necesario actuar para compensar esas desigualdades de origen porque todo lo dicho con anterioridad pesan más que la capacidad y que el esfuerzo.
El informe FOESSA introduce otro factor determinante: la salud. La desigualdad también se mide en años de vida. Además del deterioro de la salud asociado a la malnutrición, el informe detecta cómo las listas de espera y la dificultad para conseguir cita están minando el acceso a la sanidad. Para que las autoridades lo sepan, el 6 % de las familias más vulnerables que tenían una enfermedad grave no recibió atención médica el año pasado.
Además, hay una serie de enfermedades relacionadas con lo mental que también se resienten. Los diagnósticos de depresión, ansiedad o trastorno adaptativo alcanzan al 6 % de la sociedad, pero superan el 12 % entre quienes viven en exclusión severa.
Todo esto nos debería llevar a pensar que la solución no debe estar en los seguros privados, porque cuando el sistema público se atasca y retrasa la detección precoz de enfermedades, o no cubre completamente puntos fundamentales como la salud mental, no puede ser que la única alternativa sea el pago, convirtiendo un derecho fundamental en un privilegio.
Todo esto, y algunas causas más, está alimentando una «sociedad del miedo». Es como si nos dijeran «sálvese quien pueda» que resulta ineficaz y peligroso, porque lo que generaliza es una baja confianza en las instituciones y en la propia democracia, ya que denotamos, o la percibimos como ineficaz, y eso se instrumentaliza políticamente.
Ahora mismo tenemos un modelo con vidas precarizadas y bloqueadas, jóvenes sin poder emanciparse y familias angustiadas por la vivienda y el empleo precario. Por ejemplo, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), la tasa de personas desempleadas que no reciben prestación en España alcanzó el 36,1 % durante la primera mitad de 2025, cifra que dobla la de algunos países europeos.
Y si a eso le sumamos que, según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), España presenta una de las brechas de desigualdad más elevadas en Europa en educación, empleos no cualificados y movilidad social, entonces podemos decir sin exagerar que vivimos a la expectativa de políticas que, por ahora, apenas alcanzan a contener lo que ya empieza a desmoronarse.
Por eso, más que un informe, FOESSA nos lanza un espejo. Nos obliga a preguntarnos si queremos una sociedad que siga dividiéndose entre los que pueden planificar su vida y los que solo tratan de sobrevivirla. La fractura social no se corrige con titulares, sino con decisiones valientes. Y si no se toman por tontos, puede que un día descubramos que lo que se rompió no fue solo la igualdad, sino la esperanza misma de recomponerla. Y luego hablan de la derecha, la ultraderecha, la izquierda o la ultraizquierda.
¿Ustedes creen que los que mandan, sean parlamentarios, consejeros o concejales están pensando en este colectivo? Es posible, pero no lo ponen en práctica. Hablan desde un argumentario. Colocan a las “Jessicas” en la administración y les pagan, aunque no vayan a trabajar, creándole -como hemos visto- una plaza a sus perfiles, porque les convenía.
En el fondo, todo esto va de algo tan simple como injusto: hay demasiada gente haciendo lo que puede mientras unos pocos viven como quieren. Y esa distancia ya no se mide solo en euros, sino en oportunidades, en tiempo, en salud, en la tranquilidad de saber que mañana no todo se puede venir abajo. Lo que nos está diciendo FOESSA, con cifras y porcentajes, es que España se está partiendo en dos: los que todavía creen que el sistema los protege y los que hace tiempo que dejaron de creerlo.
No hacen nada. Los alquileres están disparados. La cesta de la compra no hay quien la haga. El especialista médico es inalcanzable. Se cobra poco, tanto si trabajas como si estas de baja o en edad de la jubilación. Están en unos sillones mullidos en los que hablan de puestos de trabajo, sin saber si la nómina está en los niveles de los gastos que se van a realizar.
Y cuando una sociedad deja de creer, se apaga. No porque falte dinero, sino porque falta confianza, empatía y proyecto común. Si seguimos instalados en la indiferencia, terminaremos viviendo en un país donde todo funciona menos la esperanza. Y ese es el mayor riesgo de todos: que aceptemos la desigualdad como paisaje, y la exclusión como costumbre.
* José MORENO GARCÍA
Periodista.
Analista de la actualidad.
Islas Canarias, 15 de noviembre de 2025.



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