EL MONÓLOGO / 314
Entre fe y fuel
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Por Pepe Moreno *
Hoy hay algunos asuntos de los que hablar. Por ejemplo, de la visita del Papa a Canarias, que será los días 11 de junio, en Gran Canaria, y el 12, en Tenerife. Esta presencia papal no solo ha obligado a replantear agendas locales, sino que se perfila como uno de los mayores dispositivos logísticos y de seguridad desplegados en el archipiélago en los últimos años.
Las autoridades prevén una movilización “sin precedentes”, con decenas de miles de asistentes en los actos centrales —especialmente en el Estadio de Gran Canaria y en el puerto de Santa Cruz de Tenerife—, lo que ha llevado a recomendar no solo la suspensión de clases, sino también la limitación del uso del vehículo privado y el refuerzo del transporte público para evitar un colapso circulatorio.
Por lo que se ha sabido en la rueda de prensa, están pensando en que no haya clases y que gran parte de la población teletrabaje esas jornadas. Seguramente en Fuerteventura, Lanzarote, La Palma, La Gomera o El Hierro estas medidas no tendrán efecto y los niños y niñas de esas islas sí irán a clase.
Otro de los efectos de la visita del Sumo Pontífice es que obligará a cambiar la fecha del baile de magos en La Orotava, ya que el operativo de seguridad estará ocupado y no podrá cubrir el evento. Por lo que se ha podido saber, así me lo ha confirmado el propio alcalde, será el viernes 5 de junio el del baile. Sin Plan de Seguridad no se puede hacer un acto que moviliza a 30.000 personas.
Sin embargo, no será lo único que cambie, ya que la Diócesis de Coria-Cáceres también ha tomado la decisión de trasladar el Corpus Christi del 7 de junio al 14, con el objetivo de facilitar la participación de los fieles en los actos vinculados a la visita del Papa León XIV.
Todo esto deja una sensación bastante clara: la visita del Papa se está gestionando más como un gran evento de masas que como un acontecimiento estrictamente religioso. Tiene lógica desde el punto de vista organizativo —nadie quiere un colapso ni un problema de seguridad—, pero abre un debate incómodo sobre hasta qué punto se deben alterar la vida cotidiana y los servicios públicos por una visita de estas características.
Suspender clases, fomentar el teletrabajo o condicionar la movilidad no son decisiones menores. Al final, la fe es voluntaria, pero las consecuencias logísticas terminan siendo obligatorias para todos.
Y luego está la otra derivada, la de fondo: el peso que aún tiene la Iglesia en la agenda pública. Que fiestas tradicionales, calendarios festivos o incluso celebraciones civiles tengan que moverse por una visita papal refleja que, en determinados contextos, la línea entre lo institucional y lo religioso sigue siendo difusa. Más allá del entusiasmo de muchos fieles, también hay una parte de la sociedad que observa todo esto con cierta distancia… y que, sin embargo, también tiene que adaptarse.
No hay que olvidar que el actual sigue los pasos de Francisco, que venía a ver la hospitalidad canaria y para eso es fundamental que visite El Hierro, y en concreto La Restinga. La posible inclusión de ese lugar añade un componente especialmente simbólico.
El presidente del Cabildo de El Hierro, Alpidio Armas, ha dejado entrever esa opción, apuntando a la importancia de que cualquier visita de relevancia tenga en cuenta este enclave, convertido en referencia no solo por su valor medioambiental, sino también por su dimensión social y migratoria. Aunque no hay confirmación oficial, la mera posibilidad sitúa a La Restinga en el foco político y mediático.
Luego tenemos que hablar de los presupuestos de esta visita papal. La organización ha admitido que el coste global del viaje por España se sitúa, como mínimo, en torno a los 15 millones de euros. Hablamos de un despliegue considerable: pantallas gigantes, infraestructuras provisionales, seguridad, movilidad y coordinación entre administraciones. Y todo esto, por cierto, no cae del cielo.
La financiación no es unívoca. Se ha optado por un modelo mixto en el que confluyen aportaciones privadas y dinero público, con la implicación de administraciones como el Gobierno de Canarias y los cabildos insulares. Ya se ha confirmado que solo una institución, el Cabildo de Tenerife, aportará alrededor de medio millón de euros, mientras que otras administraciones también contribuirán, sin que aún se haya detallado el montante total.
Porque el argumento oficial habla de retorno económico —más de 100 millones de impacto estimado— y de proyección internacional, pero enfrente aparece una pregunta incómoda: si ese dinero público podría tener un destino más inmediato en sanidad, vivienda o servicios sociales.
De momento, y no tengo toda la información, parece que los que han ganado son los empresarios de Gran Canaria, que han puesto más dinero en esta colecta imaginaria en la que incluso se le ha puesto precio al estrechamiento de manos.
En Tenerife, sin embargo, el entusiasmo pasa antes por el filtro del cálculo que por el impulso colectivo. No estamos ante una simple cuestación, sino ante una arquitectura casi empresarial del evento, donde la fe convive con el patrocinio y donde la visibilidad también se compra. Despídanse de que pase la noche en Tenerife; lo hará en Gran Canaria porque han puesto más fondos.
Y en ese escenario se entiende mejor la diferencia de comportamientos entre islas. Mientras en algunos lugares la llamada ha sido casi coral, aquí da la impresión de que cada cual mide su implicación en términos más estratégicos que emocionales.
Pero mientras aquí discutimos de agendas, donaciones y fotos, hay otra realidad que no entiende de visitas ni de ceremonias. El queroseno para aviones ha subido de precio, obligando a las aerolíneas a ajustar rutas y costes. Compañías como KLM o EasyJet han reducido trayectos menos rentables, y Lufthansa ha aplicado medidas similares.
Esto tendrá repercusiones para el turismo, que es de lo que se vive en Canarias: menos rutas, billetes más caros y, probablemente, menos visitantes, especialmente en temporada baja.
Y así, casi sin darnos cuenta, terminamos hablando de lo mismo, aunque parezcan asuntos distintos. De un lado, una visita papal que moviliza voluntades y activa una maquinaria donde lo espiritual convive con lo económico. Del otro, un encarecimiento del queroseno que no entiende de fe, pero que puede condicionar mucho más la vida diaria de estas islas.
Quizá la imagen final sea esa: un archipiélago que se prepara para recibir al Papa con todos los honores, mientras mira de reojo al cielo por si los aviones empiezan a venir menos o más caros. Entre la bendición y la factura. Entre la foto y la realidad. Porque aquí, cualquier movimiento exterior termina aterrizando en el mismo lugar: la economía cotidiana de quienes viven del turismo.
Y ahí no hay liturgia que valga. Seguiremos hablando de este último asunto, porque las noticias se suceden. ¿Bajarán los combustibles con la misma velocidad que subieron en los primeros días del conflicto? Me temo que no. Pero ya lo iremos viendo.
* José MORENO GARCÍA
Periodista.
Analista de la actualidad.
Islas Canarias, 18 de abril de 2026.



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