EL MONÓLOGO / 318
Todos contra todos
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Por Pepe Moreno *
Ayer fue una fecha muy significativa. Era 15 de mayo y se conmemoraban quince años del 15-M en las plazas de España, aquel movimiento que canalizó un malestar social que llevaba tiempo incubándose. No fue algo espontáneo. Un pequeño libro, Indignaos, de Stéphane Hessel, que entonces tenía ya 93 años, ayudó a prender una mecha que terminó explotando en las calles.
Unas ideas, unos jóvenes indignados y una consigna que acabó marcando una época: “no nos representan”. Todo aquello sirvió para levantar un movimiento transversal que después derivó en mareas ciudadanas, plataformas sociales y nuevas formas de activismo político que terminaron alterando el tablero institucional español.
Muchos de aquellos jóvenes que dormían en plazas y levantaban pancartas contra el sistema creían de verdad que podían cambiarlo todo. Y, durante un tiempo, hasta pareció posible. El bipartidismo empezó a resquebrajarse, los grandes partidos perdieron parte de su hegemonía y surgieron nuevas fuerzas políticas que prometían regeneración democrática, transparencia y otra manera de gobernar. El problema vino después, cuando aquella indignación comenzó a institucionalizarse y algunos descubrieron que el poder transforma más rápido que los discursos.
Hoy miramos aquello con otra perspectiva. El sistema absorbió buena parte de aquella rebeldía y muchos de quienes gritaban contra “la casta” acabaron formando parte de ella. De ahí nació PODEMOS, primero como sorpresa electoral europea y después como actor decisivo de la política nacional. Con el tiempo, sin embargo, terminó reproduciendo muchos de los vicios que denunciaba.
La diferencia quizá estaba en la estética, en el lenguaje o en la forma de comunicar, pero no tanto en la manera de ejercer el poder. Aun así, algo sí cambió: desde entonces la política española vive instalada en la fragmentación, en la polarización y en una permanente tensión entre bloques.
Y eso se nota absolutamente en todo. Da igual que hablemos de vivienda, inmigración, sanidad, turismo o política internacional. Todo acaba convertido en un campo de batalla ideológico donde importa más destruir al rival que resolver los problemas. España lleva años atrapada en un clima de confrontación constante donde cada partido parece hablar únicamente para su parroquia.
Nadie intenta convencer al adversario; basta con movilizar a los propios y generar ruido. Y las redes sociales han terminado de empeorarlo todo, porque la política ya no se hace pensando en el medio plazo, sino en el corte de vídeo de treinta segundos que circulará durante horas en X, TikTok o Instagram.
También mañana estaremos pendientes de lo que ocurra en Andalucía y comprobaremos si VOX atraviesa horas bajas o si el PSOE logra recuperar parte del terreno perdido en una comunidad que durante décadas fue uno de sus grandes bastiones. Lo tiene complicado María Jesús Montero, antigua responsable de las cuentas públicas y vicepresidenta del Gobierno, para recuperar un territorio que, antes de Juanma Moreno Bonilla, representaba uno de los símbolos históricos de la izquierda española.
Y Andalucía tiene además un enorme valor simbólico. Allí se juega parte del desgaste del sanchismo y también la capacidad del Partido Popular para consolidar su expansión territorial. Porque la política española vive ya claramente en modo electoral permanente. Da igual que falte un año o dos para las urnas. Todo se interpreta en clave de sondeos, estrategias y desgaste del adversario. Ya no existen treguas. Cada crisis se convierte automáticamente en arma arrojadiza y cada problema se analiza primero por su impacto político antes que por sus consecuencias reales.
Pero antes han sucedido otras cosas. Y algunas bastante más preocupantes. Por ejemplo, la crisis sanitaria desatada por el crucero MV Hondius, que terminó atracando en el puerto de Granadilla después de varios días de incertidumbre, polémica política y mensajes contradictorios. Un episodio que ha servido también para reabrir debates que en Canarias raras veces desaparecen del todo: el papel de las islas en las emergencias internacionales, las rivalidades territoriales y la sensación de que muchas decisiones importantes se toman desde fuera y sin contar demasiado con quienes viven aquí.
Porque el asunto del Hondius ha terminado funcionando casi como un espejo de muchas de las miserias políticas y administrativas que arrastramos desde hace años. El choque entre el Gobierno central —con Mónica García, Fernando Grande-Marlaska y Ángel Víctor Torres como principales voces— y el presidente canario, Fernando Clavijo, marcó desde el inicio toda la gestión de la crisis. Clavijo denunció falta de coordinación y criticó que el Ejecutivo estatal actuara sin diálogo suficiente con Canarias. Y el mensaje, además, parece haber encontrado cierto eco social. Una encuesta publicada por un medio nacional señalaba que más de la mitad de los canarios rechazaba la llegada del barco al archipiélago.
Aquí hay además una cuestión emocional que muchas veces en Madrid no terminan de comprender. Canarias vive con la sensación permanente de que las decisiones importantes se toman lejos de las islas y de que el archipiélago solo adquiere relevancia cuando existe un problema. Ocurre con la inmigración, con los menores no acompañados, con los combustibles, con las conexiones aéreas o con la presión turística. Y ahora también ha ocurrido con esta crisis sanitaria.
Cuando todo parecían parabienes entre la OMS y el Gobierno, y hasta se hablaba de “misión cumplida”, llegó la noticia que terminó de disparar la inquietud: el primer positivo español por hantavirus. Se trataba de uno de los pasajeros trasladados desde el Hondius al Hospital Gómez Ulla vía Tenerife. El hecho de que ya existan varios casos de transmisión entre pasajeros cuestiona inevitablemente la gestión inicial de la crisis y deja demasiadas preguntas todavía sin responder.
Porque nadie sabe realmente cuándo comenzó la transmisión ni cuántos casos más pueden aparecer. Luego está esa vieja costumbre de intentar tomar a los canarios por ingenuos. Las explicaciones ofrecidas desde la Autoridad Portuaria de Las Palmas tampoco resultan demasiado convincentes. Sostener que Gran Canaria no podía asumir la operación por falta de espacio o de infraestructuras sanitarias parece difícil de defender. La realidad es que tanto el puerto como los recursos hospitalarios y aeroportuarios de aquella isla podían haber soportado perfectamente un operativo de este tipo.
Otra cosa distinta es que nadie quisiera asumir el coste político de la decisión. Esa rivalidad insular, aunque muchos intenten negarla públicamente, sigue condicionando demasiadas decisiones importantes. Basta con observar cómo determinadas infraestructuras, inversiones o proyectos terminan analizándose siempre desde la lógica de “qué isla gana o quién pierde”.
Hay un factor que sobrevuela toda esta crisis y que explica buena parte del nerviosismo institucional: Canarias vive del turismo. Por eso el Gobierno autonómico ya ha encargado informes para evaluar el posible daño reputacional que este episodio puede provocar sobre la imagen internacional del archipiélago.
Porque el turismo en Canarias empieza también a moverse en una contradicción permanente. Por un lado, es el gran motor económico de las islas y sostiene miles de empleos directos e indirectos. Pero al mismo tiempo crece cada vez más una sensación de saturación social. Las protestas recientes contra el modelo turístico, el problema de la vivienda o la presión sobre determinados espacios naturales son síntomas evidentes de un malestar que va aumentando poco a poco. Y la clase política tampoco parece tener demasiado claro cómo afrontar ese debate sin espantar inversiones ni votos.
Y estaremos atentos también a lo que ocurra el próximo día 23, el sábado que viene, cuando Coalición Canaria reúna a su Consejo Político Nacional para ver si sigue apoyando al Gobierno de Pedro Sánchez y especialmente después de las durísimas declaraciones de Clavijo acusando al Ejecutivo estatal de ocultar información y actuar al margen de Canarias durante toda esta crisis. También activarán su maquinaria electoral de cara a 2027.
Y quizá ahí es donde vuelve a aparecer el espíritu del 15-M, quince años después. Porque el famoso “no nos representan” sigue teniendo hoy bastante recorrido. Cambian las siglas, cambian los protagonistas y cambian las estrategias de comunicación, pero permanece intacta la sensación de que demasiados dirigentes están más pendientes del relato político que de gestionar con rigor los problemas reales. Y mientras tanto, los ciudadanos asisten al espectáculo con una mezcla de cansancio, desconfianza y resignación.
Porque al final ocurre siempre lo mismo. Cuando llegan las crisis de verdad, desaparecen los discursos grandilocuentes, las lecciones morales y las campañas de propaganda institucional. Entonces aflora la improvisación, el cálculo electoral y la pelea entre administraciones. Y en medio de todo eso, una vez más, Canarias acaba funcionando como territorio de sacrificio mientras desde Madrid algunos siguen creyendo que aquí tragamos con todo.
Lo dicho, Fernando Clavijo hizo todo lo que pudo porque ese desembarco no afectara a la población de las islas. El Gobierno Central haciendo que ello se llevara a cabo en unas instalaciones portuarias españolas. Y lo que no ha gustado es el ambiente electoral que ha rodeado todo esto.
El caso del Hondius ha retratado perfectamente esa decadencia política: administraciones enfrentadas, información a cuentagotas, decisiones discutibles, rivalidades territoriales y Canarias convertida otra vez en escenario de pruebas mientras desde Madrid se reparte propaganda institucional y aquí se asume el riesgo, el desgaste y la incertidumbre. Y quizá lo más preocupante sea precisamente eso: que ya casi nadie se sorprende.
* José MORENO GARCÍA
Periodista.
Analista de la actualidad.
Islas Canarias, 16 de mayo de 2026.



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