EL MONÓLOGO / 319
La pérdida de la medida
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Por Pepe Moreno *
Hoy hay muchas cosas de las que escribir. Yo quería hablar de las iglesias y los templos de La Laguna, donde no puedes entrar cuando hay misa y en los que te cobran por hacer una visita. Esta semana, con unos amigos que vinieron de fuera y a los que queríamos enseñar La Concepción de La Laguna, nos pidieron dinero simplemente por entrar.
No queríamos visitas guiadas ni recorridos especiales. Solo pasar, mirar y enseñar un trozo de ciudad. Incluso pusieron en duda que algunos fuéramos de allí. Y una cosa es cobrar por una explicación organizada y otra distinta convertir el acceso a un templo en una especie de control de entrada.
Nos pasó en La Concepción y también en la Catedral, donde tuvimos que pagar. El Santuario del Cristo, para más explicaciones, estaba cerrado porque era lunes. Sin embargo, en Santa Cruz pudimos entrar sin problemas en La Concepción, en San Francisco y en otros templos. Y en la Basílica de La Candelaria pudimos acceder, subir al camerino, ver la imagen e incluso entrar en la cripta sin sentir que nos estaban pasando por una taquilla permanente.
Y ojo, porque en La Laguna no hablamos de un parque temático ni de una atracción privada. Hablamos de edificios que forman parte de la memoria sentimental y cultural de mucha gente. Lugares levantados durante generaciones y que son, además, uno de los principales reclamos patrimoniales de una ciudad Patrimonio de la Humanidad.
Nadie discute que haya que mantenerlos, restaurarlos o limpiarlos. El problema aparece cuando el patrimonio deja de sentirse cercano y empieza a parecer una caja registradora. Cuando casi tienes que justificar quién eres y por qué quieres entrar en una iglesia.
Hay, además, una contradicción evidente. Nos llenamos la boca hablando de identidad, raíces, patrimonio y turismo cultural de calidad, pero luego convertimos algunos espacios en lugares fríos y excesivamente mercantilizados. Y eso termina alejando a la propia gente de unos sitios que también sienten como suyos.
También quería hablarles de GastroCanarias, que se ha celebrado esta semana y que, como siempre, ha sido un éxito. En asistencia, en organización, en concursos, en ponencias y en expositores. Una feria que ya se ha consolidado como uno de los grandes escaparates gastronómicos del archipiélago y que demuestra hasta qué punto la cocina canaria ha dejado de ser únicamente un complemento turístico para convertirse también en identidad, negocio y prestigio.
Y ahí hay que reconocer el mérito de José Carlos Marrero, que fue quien tuvo la idea original y quien la ha empujado durante años. Porque estas cosas, vistas ahora llenas de gente y patrocinadores, parecen sencillas, pero alguien tuvo que empezar casi desde cero, convencer empresas, insistir y asumir riesgos cuando muchos pensarían que aquello era otra feria más destinada a quedarse pequeña.
Lo de que José Carlos dice que se retira empieza a parecerse ya a las giras de despedida de algunos cantantes, que anuncian la última actuación y vuelven al año siguiente con otra “definitiva”. Sin embargo, también es verdad que proyectos así terminan confundidos con la personalidad de quien los impulsa. Aunque haya relevo y nuevas caras al frente, GastroCanarias sigue teniendo mucho de su creador caminando entre los estands y vigilando que nada falle.
Creo que hay una “deuda” moral con José Carlos Marrero y que algunas instituciones de Canarias en general, y Tenerife en particular, no han calibrado el nombre y el prestigio que han dado. El jueves, sin ir más lejos, fue el anfitrión de una serie de gentes, entre los que estaban el presidente de una Comunidad Autónoma como la de Galicia, Alfonso Rueda, y de otros presidentes o vicepresidentes. ¿Cómo estar a la altura? Lo dejo a criterio de los que me leen o me escuchan. Algo tendrán que hacer con la marcha de José Carlos, pero no deben mirar a otro lado y dejar que se jubile sin más.
Y también tenemos la famosa pasarela peatonal de Padre Anchieta, en La Laguna. Una infraestructura que llevaba años anunciándose y que por fin ha abierto después de retrasos, modificaciones y sobrecostes. La obra, impulsada por el Cabildo, ha supuesto una inversión que supera ya los doce millones de euros y pretende canalizar a miles de peatones diarios en uno de los puntos más caóticos del tráfico insular. La idea es sencilla: cerrar los pasos de peatones en tierra para agilizar la circulación de coches en una rotonda por la que pasan decenas de miles de vehículos cada día.
Ahora bien, una cosa es la teoría y otra la sensación que deja cuando uno la ve. Porque la estructura es enorme, futurista y para muchos completamente desproporcionada respecto al entorno urbano de La Laguna; es como si hubiera aterrizado un platillo volante en mitad de Aguere, aunque hoy ya tiene una pintada de grafitis, con división de opiniones: a unos les gusta y a otros no.
El propio alcalde de La Laguna, Luis Yeray Gutiérrez, ha dicho que toda la zona de la Avenida Trinidad presenta una imagen “fea” y “lúgubre”, admitiendo que hace falta rehacer visualmente ese acceso a la ciudad. Hay quien la defiende porque entiende que era necesaria, pero también mucha gente que la contempla como otro ejemplo de esa obsesión por hacer obras gigantescas para justificar titulares, inauguraciones y fotografías oficiales.
Hemos asistido a múltiples anuncios de apertura como si la obra viviera en una eterna fase de ensayo general antes del estreno definitivo, con cortes de cinta que llegaban a medias y plazos que se estiraban como chicle. Y ahora, con la pasarela ya en funcionamiento, la discusión no ha terminado, sino que empieza otra: la de su integración real en la vida diaria de La Laguna. Porque, más allá del impacto visual, que es evidente, habrá que ver si cumple su objetivo de ordenar el flujo de peatones sin convertir el entorno en un espacio más frío, más impersonal y más pensado para el coche que para la ciudad.
De momento, lo que queda es esa sensación de que en Canarias seguimos resolviendo problemas de movilidad con grandes infraestructuras que prometen modernidad, pero que a menudo llegan tarde, cuestan más de lo previsto y generan un debate que va mucho más allá del tráfico: el de qué tipo de ciudad queremos construir y para quién.
Y ahí está el verdadero debate: si en Canarias seguimos confundiendo modernidad con gigantismo. Da la impresión de que aquí todo tiene que convertirse en una infraestructura mastodóntica para demostrar que se está haciendo algo. En 1995 se presentaba la rambla del V Centenario, siendo alcalde Elfidio Alonso, el sabandeño, que unía las calles de La Laguna que ahora están cortadas por una autopista, que se deprimiría —seguiría en túnel— y encima se haría un paseo para peatones y algo de vehículos. ¡Qué cosas!
Esta misma semana también hemos conocido el concurso de adjudicación para ampliar la autopista del Norte, entre Guamasa y el aeropuerto del Norte, que al final ha salido por 58 millones de euros, a pesar de que tenía hasta 66,8 consignados. La obra tendrá un carril más de 3,6 kilómetros de asfalto y 36 meses para construirlo. El concurso lo ganó una UTE en la que figura Ferrovial Construcciones con Astoya, que harán ese tramo que sale a más de 16 millones el kilómetro. ¿Es mucho? ¿Es poco? Ustedes mismos.
Da la impresión de que aquí todo tiene que acabar convertido en una obra mastodóntica para justificar titulares, inauguraciones y fotos oficiales. Mientras tanto, siguen apareciendo cifras millonarias para ampliar carreteras o reformar accesos sin que la ciudadanía termine de percibir que los problemas de movilidad mejoren realmente.
Y finalmente tenemos lo del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, aquel político de la ceja, símbolo de una etapa política y social concreta en España. El juez José Luis Calama lo vincula ahora, dentro de la investigación del caso Plus Ultra, con operaciones relacionadas con el petróleo venezolano y con supuestas comisiones millonarias. La investigación arrancó tras alertas internacionales sobre posibles operaciones de blanqueo y los indicios apuntan a mensajes, movimientos económicos y al papel de personas próximas al expresidente.
Y mientras todo eso se aclara en los juzgados, queda también la sensación amarga de comprobar cómo la política española lleva años moviéndose en una frontera cada vez más difusa entre el poder, las influencias y los negocios. Porque Zapatero no era un político cualquiera. Fue presidente del Gobierno y referente ideológico de toda una generación. Por eso el desgaste resulta todavía mayor.
Y al final, aunque parezcan asuntos distintos, todo termina girando alrededor de lo mismo: la sensación de que hemos convertido casi todo en una operación económica, en una cuestión de imagen o en una maquinaria donde lo humano queda cada vez más lejos. Se mercantilizan las iglesias, se levantan infraestructuras gigantescas y la política convive demasiado a menudo con sospechas, comisiones e intereses difíciles de separar.
Porque quizá el verdadero problema no sea pagar por entrar en una iglesia, construir una pasarela enorme o investigar a un expresidente. El problema es la sensación de fondo de que hemos perdido la medida de las cosas. Que ya cuesta distinguir entre servicio público y negocio, entre patrimonio y explotación, entre gestión y propaganda. Canarias presume de identidad, cultura, gastronomía y modernidad, pero a veces da la impresión de que estamos levantando un decorado cada vez más espectacular mientras descuidamos algo mucho más sencillo: que la gente siga sintiendo que las cosas también le pertenecen un poco.
* José MORENO GARCÍA
Periodista.
Analista de la actualidad.
Islas Canarias, 23 de mayo de 2026.



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