EL MONÓLOGO / 324
Cuando todo cae
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Por Pepe Moreno *
El doble terremoto de Venezuela y la cantidad de gente que se ha visto involucrada en este movimiento sísmico hacen que este monólogo de hoy vaya por esos derroteros y que, aunque me podría ocupar de otros asuntos, como el futbol de España en el Mundial o el papel de los medios de comunicación en las diferentes crisis que jalonan el día a día, o el papel del presidente tras la votación de días atrás en el Congreso… nada de eso me va a distraer de lo que pasa en ese país tan unido a España en general y a Canarias en particular.
Lo ocurrido en ese país hermano muestra una imagen de desolación, destrucción y colapso. Hablamos de una nación que, en la década de 1950, llegó a ocupar el cuarto puesto mundial en producto interior bruto per cápita. Antes de la llegada de Hugo Chávez Frías, Venezuela se mantuvo durante años entre los veinte países más ricos del mundo.
Para hacerse una idea, llegó a superar a naciones europeas como España o Grecia. ¿Se acuerdan de aquello que se contaba de “está barato, deme dos”? Ya en la década de 1970, el subsuelo venezolano concentraba una riqueza energética, de crudo y gas, extraordinaria. Además, Venezuela tenía las mayores reservas de oro de Latinoamérica, entre otros muchos recursos.
La magnitud de este movimiento sísmico deja siempre una estela de destrucción difícil de calcular en las primeras horas. Derrumba edificios, rompe carreteras y altera la vida de cientos de miles de personas en apenas unos segundos. Sin embargo, además, cuando ocurre en un país con enormes carencias estructurales, la catástrofe termina poniendo al descubierto algo más profundo: las debilidades de un Estado incapaz de responder con rapidez a una emergencia de semejante envergadura.
La tragedia humana crece a la misma velocidad que las cifras oficiales. El último balance facilitado por el Ministerio de Asuntos Exteriores elevaba a más de 400 el número de fallecidos y superaba el de 5.000 el de heridos, mientras continúan las labores de búsqueda de decenas de desaparecidos. Son números provisionales, porque nadie duda de que seguirán aumentando conforme avancen los trabajos de rescate.
Las imágenes que llegan desde las zonas afectadas reflejan la dimensión del desastre mucho mejor que cualquier estadística. En las calles siguen apareciendo carteles con fotografías de personas desaparecidas, colocados por familiares que se aferran a la esperanza de recibir alguna noticia. En muchos casos son los propios vecinos quienes continúan removiendo escombros con sus manos porque la maquinaria pesada no llega con la rapidez necesaria, mientras voluntarios organizan cadenas humanas para repartir agua, alimentos y medicinas.
España fue uno de los primeros estados en anunciar ayuda de emergencia, con una aportación inicial de un millón de euros y el envío de especialistas de la Unidad Militar de Emergencias. Un contingente formado por decenas de militares y perros entrenados en localización de supervivientes aterrizó ayer dispuesto a trabajar allí donde todavía pueda quedar alguien con vida bajo los escombros.
Sin embargo, la realidad sigue siendo dramática. Apenas han transcurrido unas horas desde los dos seísmos y todavía continúan produciéndose derrumbes de edificios que habían quedado seriamente dañados.
La ayuda internacional comienza a desplegarse, pero todos los especialistas coinciden en que las primeras 72 horas son decisivas para encontrar personas con vida. Debemos tener en cuenta que el aeropuerto Simón Bolívar, el antiguo Maiquetía, está inoperativo por culpa de los movimientos de la tierra, y que los equipos tienen que ir hasta la Valencia venezolana para tomar tierra y desde allí hasta La Guaira, con una distancia que supera las dos horas y media, unos 175 kilómetros entre una localidad y otra.
Hay fachadas abiertas en canal, muebles colgando de balcones y barrios enteros donde resulta difícil garantizar la seguridad. Entre las víctimas mortales se encuentra Isabel Jara, delegada del Gobierno de Canarias en Venezuela, cuya labor al otro lado del Atlántico ha sido destacada en las últimas horas por numerosas personas.
Y ahí aparece la otra cara de la tragedia. Los terremotos no distinguen entre democracias y dictaduras, pero sí ponen al descubierto las fortalezas y las debilidades de un país. Cuando falla la información, escasean los medios materiales y las comunicaciones se derrumban junto con los edificios; quienes terminan sosteniendo la emergencia son los ciudadanos. Venezuela vuelve a demostrar que la solidaridad de su gente suele llegar antes que la capacidad de respuesta de sus instituciones.
La emergencia adquiere todavía una dimensión mayor cuando se observa quiénes son los más vulnerables. UNICEF calcula que cerca de medio millón de niños residen en las áreas afectadas por el terremoto y que solo en la zona de La Guaira se han venido abajo alrededor de un centenar de edificios. Todo apunta a que esas cifras continuarán creciendo a medida que las máquinas retiren toneladas de hormigón.
La Guaira, en el estado de Vargas, conoce bien el sufrimiento provocado por los desastres naturales. Allí permanece aún el recuerdo de la devastadora riada que, a finales del siglo pasado, sepultó barrios enteros y dejó miles de víctimas. Más de dos décadas después, todavía existen zonas donde las cicatrices de aquella tragedia siguen siendo visibles.
Cada vez que ocurre una catástrofe se repite también otro fenómeno que convendría desterrar. La solidaridad es imprescindible, pero debe organizarse con inteligencia. Muchos recordarán cómo, tras aquella riada, se habilitaron puntos de recogida de ayuda humanitaria donde acabaron depositándose prendas inservibles, ropa deteriorada o artículos que poco o nada podían aportar a quienes lo habían perdido absolutamente todo. Más que ayudar, aquello terminó complicando la logística y generando un problema añadido para quienes tenían que clasificar, transportar o destruir toneladas de material inútil.
Por eso resulta acertado el llamamiento realizado ahora por el Gobierno de Canarias para evitar recogidas indiscriminadas de ropa, medicamentos o alimentos sin coordinación previa. En este tipo de emergencias suele ser mucho más eficaz canalizar ayuda económica a través de organismos especializados o adquirir el material necesario directamente en el país afectado. Así se evita colapsar aeropuertos y almacenes con mercancías que, en muchos casos, ni responden a las necesidades reales ni pueden distribuirse con rapidez entre la población damnificada.
Mientras tanto, sobre el terreno, la prioridad sigue siendo salvar vidas. Hay equipos de rescate que trabajan utilizando la luz de los teléfonos móviles porque carecen de focos suficientes para iluminar las zonas de búsqueda. En algunos puntos faltan herramientas tan elementales como palas, generadores eléctricos o maquinaria pesada capaz de retirar grandes bloques de hormigón.
Decenas de familias han perdido sus viviendas y pasan las noches al aire libre, con el temor permanente a nuevas réplicas. Esa es la verdadera dimensión de la tragedia: no solo la que reflejan los balances oficiales, sino la de miles de personas que, de un día para otro, han visto desaparecer su casa, su barrio y, en demasiados casos, a parte de su familia.
Y quizá haya una enseñanza que conviene recordar cuando todavía siguen sonando las sirenas y los equipos de rescate trabajan sin descanso. Durante demasiado tiempo, Venezuela ocupó titulares por la política, por las sanciones internacionales, por el enfrentamiento entre chavismo y oposición o por el éxodo de millones de personas. Hoy todo eso ha quedado sepultado bajo los escombros.
No nos olvidemos que el día 3 de enero estábamos debatiendo si EE. UU. podía llevarse a una prisión americana al presidente venezolano, Nicolás Maduro, y su esposa, para juzgarlo y dejar a una presidenta encargada que había sido la vicepresidenta en la época más oscura de esa dictadura.
Un terremoto no pregunta a quién vota nadie, ni distingue entre ricos y pobres, entre quienes gobiernan y quienes llevan años sobreviviendo. La naturaleza tiene esa capacidad brutal de igualarlo todo en apenas unos segundos.
Dentro de unas semanas dejarán de abrir los informativos con imágenes de edificios derrumbados. Llegará otra guerra, otra crisis o cualquier otro acontecimiento que reclamará nuestra atención. No obstante, para cientos de miles de venezolanos, el desastre apenas estará comenzando entonces. Habrá que reconstruir viviendas, escuelas, hospitales, carreteras y, sobre todo, vidas. Esa reconstrucción raras veces aparece en directo ni genera audiencias, aunque sea infinitamente más importante que el impacto inicial.
Ojalá la solidaridad no tenga fecha de caducidad o que los compromisos internacionales no se limiten a los primeros titulares y las promesas económicas acaben convirtiéndose en ayuda real sobre el terreno. Porque hacen falta excavadoras, hospitales de campaña, agua potable, medicamentos, electricidad y mucho dinero para devolver un mínimo de normalidad a quienes hoy lo han perdido absolutamente todo. La verdadera prueba no llegará en las siguientes horas, sino dentro de unos meses, cuando el mundo haya dejado de mirar hacia Venezuela.
Y quizá también convenga que nosotros aprendamos algo. Las catástrofes recuerdan que la fortaleza de un país no se mide únicamente por su riqueza, ni por sus reservas de petróleo, ni por sus discursos políticos. Se mide por la capacidad de proteger a su gente cuando todo se viene abajo. Y esa es una lección que debería servir para Venezuela, pero también para cualquiera de nosotros. Porque en contadas ocasiones sabemos cuándo la siguiente sacudida dejará de ser una noticia lejana para convertirse en una tragedia propia.
* José MORENO GARCÍA
Periodista.
Analista de la actualidad.
Islas Canarias, 27 de junio de 2026.



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