EL MONÓLOGO / 333
Seguimos preguntando
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Por Pepe Moreno *
Hoy el número del monólogo es redondo, el 333, para hacer un balance o para buscar un tema de escritura que no hayamos definido en estos escritos. Podríamos aprovechar este número para hacer algo más que contar una noticia más. Después de tantos monólogos, quizá ha llegado el momento de preguntarnos si hemos cambiado algo de lo que se denuncia.
Hemos hablado de vivienda, inmigración, sanidad, turismo, impuestos, financiación, incendios, corrupción, carreteras y de esa política que parece vivir permanentemente pendiente de sí misma.
Establecimos los primeros escritos en aquello del confinamiento, manteníamos que algunas medidas iban en contra de las libertades que durante años había estado dormidas. Y, sin embargo, muchas de esas cuestiones siguen exactamente donde estaban.
Hemos escrito de política, de listas electorales, de cambios a los que nadie ha respondido. Lo hemos hecho de algunas personas que han dado la callada por respuesta… ¿Eso es lícito?
También hemos aprendido que las cifras pueden decir una cosa y la calle otra. Que podemos anunciar más financiación mientras una familia sigue sin encontrar casa; hablar de crecimiento mientras el ciudadano mira el precio de la compra; celebrar acuerdos sobre inmigración mientras los cayucos continúan llegando.
Podemos proclamar que estamos preparados para los incendios mientras cada verano volvemos a descubrir que el fuego no entiende de discursos. Incluso en estos últimos días hemos visto cómo se confrontan dos relatos sobre la inmigración: unos hablan de emergencia y otros de descenso de las llegadas.
A las familias españolas cada vez les cuesta más hacer cuentas. No hace falta ser economista para comprobarlo: basta con llenar el carro de la compra, pasar por una gasolinera, abrir la factura de la luz o intentar pedir una hipoteca. El dinero sigue perdiendo capacidad de compra y el otoño que tenemos por delante no parece dispuesto a darnos demasiadas alegrías.
Cuando parecía que el precio del dinero empezaba a dar un respiro, vuelve a aparecer el fantasma de los tipos de interés. El euríbor ha vuelto a superar el 3 %, algo que no ocurría desde hace más de dos años, y eso significa que para muchos hipotecados la vuelta de las vacaciones puede venir acompañada de una factura más alta.
Y aquí aparece la paradoja: para combatir una inflación que encarece la vida, se encarece también el precio del dinero. Medicina que puede resultar necesaria para la economía, pero que al ciudadano le llega de una manera bastante menos teórica: en la cuota de la hipoteca, en el préstamo para comprar un coche o en las dificultades para conseguir financiación.
Mientras tanto, la vivienda continúa su particular carrera. En España, el precio no ha dejado de subir durante doce años y ya duplica prácticamente los niveles de 2014. Y aunque el número de hipotecas sigue creciendo, el acceso a una casa continúa dependiendo cada vez más de tener ahorros previos o, directamente, de contar con ayuda familiar.
Así que quizá deberíamos dejar de hablar de apretarse el cinturón porque la correa no es infinita y el sueldo tampoco. Y mientras en los despachos se habla de inflación subyacente, política monetaria, tipos neutrales y efectos de segunda ronda, en muchas casas la economía se resume en una pregunta bastante más sencilla: ¿llegamos a final de mes?
Los datos pueden ser distintos según el territorio y el periodo, pero detrás de cada cifra hay personas y, sobre todo, un problema que no desaparece porque cambiemos la manera de contarlo.
Quizá esa sea la pregunta que debería acompañar a este número 333: ¿qué hemos aprendido? Porque escribir trescientos treinta y tres monólogos y seguir encontrando los mismos problemas no deja de tener algo de fracaso colectivo.
Porque si después de todos estos escritos seguimos hablando de vivienda, de inmigración, de pobreza, de listas de espera, de incendios o de políticos más preocupados por ganar el relato que por resolver el problema, entonces quizá no sea que nos falten temas para escribir. Quizá lo que nos falta es que alguna de esas historias tenga, de una vez por todas, un final distinto.
Es lo que pasa hoy entre el periodismo y la clase política: les da lo mismo de lo que escribamos porque ellos, sin decir nada, aguantando el chaparrón mediático, creen tener el panorama despejado al cabo del tiempo.
¿Alguien se acuerda de las polémicas por los incendios forestales? ¿Del ático de Isabel Díaz Ayuso (chao, pescao), que es su última respuesta? ¿La investigación sobre el entorno de la presidenta de la Comunidad de Madrid? ¿La guerra entre los informes de Defensa entre Margarita Robles y Marlaska?
¿O el viceconsejero de Hacienda del Gobierno canario, Gabriel Megias, que no ha respondido a algunas preguntas sobre si es posible mantenerse como consejero del Ejecutivo y de algunas sociedades? Muchos casos, polémicas y portadas y pocas consecuencias.
Porque esa es quizá la gran ventaja que ha descubierto la política moderna: el tiempo también es una herramienta de comunicación. Si uno no responde, no explica, no aclara y aguanta lo suficiente, tarde o temprano aparecerá otra noticia que ocupará su lugar. Y entonces el problema anterior pasará a formar parte de ese enorme archivo de asuntos que indignaron durante cuarenta y ocho horas y después desaparecieron.
Antes, una noticia podía perseguir a un responsable político durante semanas. Hoy puede durar lo que tarda en aparecer la siguiente. Un escándalo necesita continuidad; una polémica necesita explicaciones; una pregunta necesita una respuesta. Si no se ofrece ninguna de las tres, el ruido termina agotándose.
Mientras tanto, algunos periodistas hacen su trabajo, escriben, preguntan, investigan y vuelven a preguntar. Sin embargo, también tienen que pasar página porque la actualidad no espera. Hay que hablar de lo de hoy, aunque lo de ayer siga sin resolverse.
El político sabe que la memoria informativa es corta. Y algunos parecen haber aprendido a utilizarla en su beneficio. Hay que rebelarse ante la banalización y las frivolidades que tanto daño están haciendo a la credibilidad de los medios y de los profesionales. En definitiva, tener más conciencia crítica.
Y así entramos en una especie de bucle perverso: los medios necesitan respuestas para hacer periodismo, pero algunos políticos han descubierto que no responder también puede ser una estrategia política.
Quizá por eso, después de 333 monólogos, uno empieza a preguntarse si realmente hemos cambiado algo. No porque escribir no sirva. Sirve. La palabra sigue siendo necesaria. No obstante, quizá hemos confundido demasiadas veces informar con provocar consecuencias. Y no son la misma cosa.
Porque una democracia no se debilita únicamente cuando alguien intenta silenciar a un periodista. También puede debilitarse cuando consigue que lo que dice un periodista deje de importar. Por el contrario, si después nadie tiene que rendir cuentas, el problema permanece exactamente donde estaba. Y eso sí debería preocuparnos.
El mes de agosto, cuando un periodista se despedía de su audiencia, porque tenía para la siguiente temporada otros cometidos, puso el foco en lo que definió como una plaga de falsificación del periodismo y apeló directamente a los espectadores para que premien la información de calidad y que utilicen su poder para premiar el periodismo y castigar la basura.
Y quizá esté en lo cierto. Porque el problema ya no es solamente que existan medios que informen mal, que manipulen o que conviertan la opinión en información. El problema es que estamos empezando a aceptar que todo vale lo mismo.
Que una investigación periodística contrastada tiene el mismo valor que un bulo lanzado desde una cuenta anónima. Que una pregunta incómoda es sectarismo y que quien intenta responderla forma parte de una trinchera. Y cuando conseguimos que todo parezca propaganda, al final nadie cree en nada.
Eso también beneficia a la política. Si todos los periodistas son sospechosos, si todos los medios tienen una ideología y si cada información puede ser descalificada como una campaña contra alguien, entonces ya no hace falta responder a las preguntas. Basta con desacreditar al que pregunta.
Y ahí volvemos al principio. Al político que aguanta el chaparrón porque sabe que mañana habrá otro asunto, otro titular y otra polémica. Al periodista que intenta mantener el foco mientras la actualidad se lo lleva hacia otro lado. Y al ciudadano que, entre tanta información, corre el riesgo de terminar pensando que todo es lo mismo.
Y quizá por eso este Monólogo 333 no deba terminar con una respuesta, sino con una exigencia: no podemos resignarnos a que todo sea ruido, a que una polémica dure lo que tarda en aparecer la siguiente, a que una pregunta incómoda se responda desacreditando a quien la formula o a que un político descubra que esperar es la mejor manera de que el tiempo haga su trabajo.
Después de todos estos escritos no sé si hemos cambiado algo, pero sí sé que callarse no habría solucionado ninguno de los problemas que hemos contado.
Mientras haya una promesa sin cumplir, una familia sin vivienda, un enfermo esperando, un ciudadano que no llega a final de mes o un responsable público que no responde, seguirá mereciendo la pena preguntar, investigar y escribir. Porque quizá nuestra mayor obligación sea precisamente esa: no acostumbrarnos.
Así que no hagamos balance. Sigamos contando. Los gobiernos cambian, los nombres y las polémicas se olvidan, pero los problemas permanecen hasta que alguien decide resolverlos. Ese será nuestro balance: otros 333 por delante, con las mismas ganas de preguntar y ninguna de acostumbrarnos.
El periodismo no puede obligar a nadie a escuchar. En cambio, el ciudadano sí puede decidir a quién escucha.
* José MORENO GARCÍA
Periodista.
Analista de la actualidad.
Islas Canarias, 29 de agosto de 2026.



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