EL MONÓLOGO Nº034
No somos nada

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José Moreno García *                                                   

 

Estamos ya a un mes de las Navidades y no sabemos cómo las vamos a celebrar ni cómo van a ser. Toda la vida nos han ido metiendo en la cabeza que son unas fiestas para estar en familia, que todo el mundo, por lejos que estuviera, volvía a casa por Navidad, que tirábamos la casa por la ventana en comidas y viandas varias y que el que más y el que menos tenía para la noche del 24 a toda la parentela invitada. Pues este año no se sabe qué va a pasar.

 

De momento en Tenerife no tenemos habilitadas reuniones de más de seis personas, por tanto, de vivir en esta isla los siete enanitos de Blancanieves algunos de ellos y la propia protagonista del cuento no podrían asistir a la cena de la Nochebuena ni cantar lo de los peces beben y beben y no paran de beber. ¿Qué harían? ¿Dos reuniones? Problemas que nunca nos hemos planteado y que ahora tienen una vigencia total.

 

Estos días oí a la gerente de una cadena hotelera hablar ufana y simplistamente de que mejor es dejar para el año que viene esas reuniones y encuentros, que este año debíamos preservarnos y cuidarnos, y que ya vendrán otras fiestas navideñas en las que podamos recuperar las tradiciones.

 

Es curioso como creen que van a quedar bien con estos mensajes políticamente correctos. ¿Han pensado en aquellos de más de 80 años que ven como su ciclo vital va cerrándose? Gentes que entienden que a lo mejor no hay otro año que celebrar, y no por el coronavirus dichoso, sino porque sus expectativas de vida están llegando a su ocaso.

 

Porque una cosa es llevarles las medicinas hasta la puerta de casa y hablar por Skype, y otra bien diferente explicarles a los viejitos que no pueden o no deben reunir a los suyos una vez al año para verlos juntos, saber de sus sueños o de sus realidades, compartir un trozo de cabrito y echar unas perras de vino, mientras los niños desenvuelven los regalos de un Papá Noel que ha descubierto los pagos aplazados de las tarjetas de crédito.

 

Y como estos mensajes hay muchos. No se medita sobre qué podrán estar pensando algunos afectados a los que nunca les ponemos rostro ni competencias. ¿Qué piensa un desempleado de más de 55 años cuando oye a un tertuliano decir que los de esa edad no van a poder trabajar más? ¿qué pensará un trabajador de un pirotécnica cuando oye hablar de que no se destinarán dineros oficiales a las compras de fuegos de artificio porque hay que destinar esos fondos a cuestiones más sociales? ¿Y su trabajo no es de esta sociedad?

 

En fin, que falta menos de un mes y el jueves el portavoz del Gobierno, Julio Pérez, que a su vez es consejero de Presidencia y Función Pública, decía que el Ejecutivo esperará el momento preciso para anunciar cómo van a ser estas fiestas y que lo hará de acuerdo con la evolución de la pandemia en Canarias. Añadía que tomará decisiones acerca de si los niños se incluyen o no cuando se determine el número máximo de asistentes a las reuniones familiares o cómo serán las restricciones de horarios y de movilidad.

 

No sé si se han dado cuenta de que ha desaparecido lo de “en mi casa hago lo que me da la gana, invito a quien quiera o nadie me va a decir qué es lo que tengo que hacer de puertas para dentro”. Eso de la intimidad ha desaparecido. Los vecinos acusicas se pondrán las botas y todo se hará en función de una mayor seguridad sanitaria en beneficio general. Hemos perdido la inviolabilidad del domicilio en favor de unos criterios que hablan de la colectividad y de unos razonamientos en los que impera siempre que es lo mejor para todos.

 

Pero nadie pregunta si se ha incrementado el número de rastreadores, si las plazas hospitalarias están hoy mejor pertrechadas o si los medios puestos a disposición de la sociedad para frenar la pandemia son más y mejores a medida que nos coartan la libertad. Nos acoplamos.

 

Nos meten por los ojos el número de multas que diariamente se imponen a los que no cumplen y nos dicen que el número de contagiados no para de subir, y cuando preguntamos las causas nos contestan que la culpa es nuestra porque no cumplimos con las normas, que nos reunimos muchos o que no llevamos la mascarilla bien puesta. ¿Y las guaguas llenas? ¿Y los tranvías atestados? ¿Eso no influye? No les interesa.

 

La función pública cerrada y su único atendimiento es por una cita previa que tiene más limitaciones que un crédito sin avalista. La medicina ha pasado a ser telefónica. Los juzgados son territorios restringidos. A la hostelería les ha impuesto unos horarios incompatibles con la rentabilidad. Así podríamos seguir enumerando todo lo que nos ha cambiado la vida a todos y las pocas responsabilidades que pedimos a los que nos imponen esas reglas que exponen que son “por nuestro bien”.

 

Dicen que están buscando la inmunidad del rebaño y debe ser porque ya tienen rebaño, que somos todos, y ahora les falta lo de la inmunidad. Por eso ya tienen un plan para vacunarnos, aunque no sepan dónde y cómo conservar 70 millones de dosis que tienen que estar a menos 80 grados centígrados. Hay centros de salud que no tienen ni neveras, ¿cómo las guardarán? No importa, ya han planificado que antes de junio a todos nos la habrán puesto.

 

No es que sea negacionista, ni mucho menos. Pienso vacunarme en cuanto sepamos la eficacia, en cuanto se publiquen los resultados científicos, que aún no lo han hecho y que es un requisito básico para la fiabilidad del producto. No hay nada de esto, pero ya nos han dicho a partir de cuándo nos la pueden inyectar, ¿no es portentoso?

 

Nos hemos ido amilanando y somos mucho más maleables que en épocas pasadas. Somos unas gentes temerosas que esperamos que nos lo solucionen todo y no nos importa que el poder político nos diga con quien celebramos la Navidad y a quien dejamos fuera. Estamos rompiendo con el pasado, las relaciones personales han pasado a un segundo plano porque lo primero es la salud y no ver a nuestros padres es bueno porque los preservamos a ellos y a nosotros.

 

No vemos a nuestros seres más próximos porque es mejor no arriesgarse a un contagio del que solo nosotros tendríamos la culpa. Los que dictan las normativas nunca se equivocan. Decía el dicho que “el hombre propone y Dios dispone” y cada día los hombres que proponen se van adecuando a las estadísticas que les proporciona la enfermedad. Así nunca se equivocan.

 

En definitiva, que cada día somos menos. Guardamos colas en todos sitios, la libertad es una entelequia enterrada por el bien común, la salud es un bien preciado que ahora es mejor atendida en lo privado que en lo público, los ricos viven mejor que antes, los demás vivimos peor, pero no podemos protestar y lo último es que habrá que hacer un sorteo para ver quien se sienta a la mesa por Navidad o hacer un zoom para cumplir las normas. ¿Seguimos? Porque ellos no van a parar.

 

Los del turrón El Almendro tendrán que cambiar el slogan porque lo mejor es que no vuelva nadie a casa por Navidad. O por lo menos que pregunte antes de venir cuántos seremos.

 

* José MORENO GARCÍA

Periodista.

Analista de la actualidad.

 

La Laguna (Tenerife), 28 de noviembre de 2020.

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