EL MONÓLOGO Nº037
El año en que todo está cambiando

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El año en el que todo está cambiando

 

José Moreno García *                                                   

 

Estamos ante uno de los últimos fines de semana de este año de 2020 que tan nefasto ha sido para las vivencias de la humanidad y que mucha gente está deseando acabar, para ver si así se va todo lo negativo que hemos vivido.

 

Ha sido un año que no podremos olvidar fácilmente. Nunca la gente de mi generación, la que nació a mediados del siglo XX, se tuvo que confinar, e incluso muchos de ellos no conocían ni la palabra, ni siquiera el significado de esta. Y no solo nos hemos enclaustrado, sino que hemos sabido lo que significa toque de queda, como si estuviéramos en una guerra o en un estado policial, o hemos dejado de darnos la mano, las que lavamos continuamente con unos geles hidroalcohólicos, porque al parecer por ahí se cuelan unos coronavirus que nos infectan e incluso pueden provocarnos la muerte.

 

Llevamos luchando contra esta enfermedad desde febrero de este año que está a punto de terminar y aún hace estragos mortales de cuantiosa cantidad entre los humanos a los que afecta. Hace solo 12 meses manteníamos unas discusiones bizantinas sobre si debíamos chupar o no las cabezas de gambas, si el cadmio que contenían era perjudicial para el organismo y si lo mejor era comerse el cuerpo y dejar las cabezas bien jalonadas, como hace el director de esta plataforma, José Carlos Marrero, que logra apilarlos de forma y manera y que parecen las alineaciones de un hipotético arsenal de mariscos. José Carlos las deposita de tan exquisita manera que podrían usarse de fumée para aderezar cualquier plato. Pues a lo que íbamos. En unos meses hemos pasado de tan idílico y simplón debate sobre ese elemento químico a protegernos la boca y la nariz con mascarillas, saber de contagios, no poder sentarnos a tomar un café con un conocido o celebrar las navidades en la mayor de las soledades, y encima lo aceptamos con naturalidad.

 

Nos falta entrar en una porfía por ver qué tipo de villancico es más contagioso, si El tamborilero o el de 25 de diciembre. Y es que no se sabe si se expulsan más virus con el porrompompón del primero o con el fún, fún, fún del segundo. Llegados a este punto les pido que no lean este párrafo en voz alta, no vaya a ser que estemos contribuyendo a la expansión de la enfermedad en su entorno, que nunca se sabe cuántos asintomáticos nos rodean.

 

Ha sido un año lleno de ERTEs, que son una herramienta diseñada para que la gente cobre sin trabajar porque su actividad no se puede realizar por culpa de la enfermedad. Nos hemos acostumbrado a las colas, a los guantes, a las citas previas, a que los profesionales de la medicina nos atiendan por teléfono y a que las dependencias oficiales estén permanentemente cerradas por miedo al contagio. Este es el tema más comentado, por los que trabajan en esos lugares y del que hablan frente a una caña o en la cola de la caja de un supermercado, que son sitios de los que, por lo visto, huyen los virus que sin embargo les acechan en sus lugares de trabajo. Cosas que pasan en este 2020 y que no sabemos si continuarán en el próximo, aunque los caraduras han tenido sitio en todos los momentos de la historia de la humanidad.

 

Desde que esto comenzó se instaló entre nosotros lo del teletrabajo que era una modalidad de la que hablaban los que se querían escaquear en el pasado y que ahora, sin embargo, está considerado como una propiedad para tener en cuenta. He visto incluso pedir esta categoría de trabajo desde casa a los encargados de la reprografía de una dependencia oficial, que ya me dirán cómo van a apretar el botón desde el salón de su casa. Hoy lo del teletrabajo ha sustituido muchos turnos en despachos públicos y privados y se ha consolidado tanto, que se tramita ya una ley que regulará quien paga las líneas de conexión y los elementos que propician esas labores. Está mal pagado, pero como todo hoy en día, y en los futuros convenios colectivos tendrán un apartado como en el pasado lo tuvieron los puntos por hijos o las bolsas de vacaciones e incluso las cestas de navidad.

 

Se acaba un año en el que se han regulado el número de invitados a una boda, se han aplazado las comuniones o no se han sacado los pasos en Semana Santa. Un año en que para salir a la calle nos encerraron antes durante 45 días en los que únicamente coincidíamos para aplaudir a unos colectivos que, precisamente, ahora están en huelga por una serie de reivindicaciones que tienen que ver con la interinidad de sus contratos. Unos especialistas médicos que hoy faltan a su consulta en la que esperan unos pacientes que llevan casi un año y medio para llegar a esa cita y cuyas dolencias han pasado casi al capítulo de crónicas, sin que nadie del sistema haya podido ni adelantar ni hacer nada por aliviarlas. Y ahora, cuando les toca, resulta que aquel al que aplaudió durante el encierro, se ha puesto en huelga.

 

Se nos termina este maldito año que nos está haciendo más distantes a todos, por lo menos de metro y medio, que nos está alejando de todos los conceptos de unidad y convivencia, que nos ha impuesto topes de personas, de millones de viejas al visillo que desde cada casa vigilan que no sean muchos en la casa de al lado, que fumas en los pasillos, que sales a horas intempestivas, que en tu casa hay gentes que no son convivientes y que se han hecho amigos de los operadores de los números de denuncias.

 

En estos días en los que siempre alguien volvía a casa por Navidad, este año no es así. En un tiempo hemos aprendido a diferenciar entre lo que es un conviviente y lo que es un familiar, que no es lo mismo. O un allegado, que es también un espécimen diferente en la relación y que pone en último lugar al conocido, porque el mundo de hoy es así de clasista. Porque yo pregunto, ¿cuántos días tiene que pasar una persona en una casa para ser considerado conviviente? ¿es una nueva categoría municipal?

 

Nos hemos acostumbrado a decir “lo del distanciamiento social” como si nos fuera la vida en ello y en realidad estamos volviendo a un tiempo en el que delante se colocaba el potentado y detrás, a varios pasos de separación, el humilde, el pobre o el segundón. ¿Estamos yendo a ese modelo? ¿Es eso lo que destila “lo del distanciamiento social?

 

Son muchas cosas las que se nos ocurren en estos tiempos tan cambiantes en el que la nueva normalidad nos está trayendo unos comportamientos ciudadanos muy diferentes que creíamos que habíamos desterrado de la manera de relacionarnos con nuestros semejantes. Hemos vuelto a que el vecino nos denuncie, a que la mirada cotilla detrás de los visillos y cortinas sea una amenaza que puede terminar en una llamada a los cuerpos y fuerzas de seguridad. A que nuestra casa deje de ser el refugio inexpugnable de lo que queramos hacer. A que “hacer lo que nos dé la gana, sino molesta a los vecinos” sea hoy en día una amenaza mal vista y que eso de la intimidad sea una pírrica aseveración sin fundamento en la legislación anti-COVID.

 

En fin, que todo esto es lo que nos trae una lucha contra una enfermedad terrible que se ha llevado a miles de personas y que nunca sabremos cómo y en qué momento comenzó.

 

A todas estas, no sé si es correcto decirlo, pero ¡Feliz Nochebuena y mejor Navidad! Y mejor canten aquello, aunque sea por lo bajo, de “los peces en el río, beben, y beben y vuelven a beber, por ver a Dios nacido”, que los otros villancicos tienen su cosa de incompatibilidad.

 

* José MORENO GARCÍA

Periodista.

Analista de la actualidad.

 

La Laguna (Tenerife), 19 de diciembre de 2020.

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