EL MONÓLOGO Nº051
El cobijo de los incompetentes

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Pepe Moreno *

 

 

Es nuestra segunda Semana Santa sin procesiones, sin santos en las calles y, por tanto, sin nazarenos ni cofrades después de las diez de la noche. El año pasado ya llevábamos varias semanas confinados, mirando hacia el exterior con la nostalgia del preso y saliendo a los balcones y a las terrazas o detrás de las ventanas, solo para aplaudir a los sanitarios y a todos los que luchaban contra una enfermedad de la que poco sabíamos y de la que podíamos contagiarnos en cualquier momento.

 

Igual que ahora, un año después. Rendíamos homenaje a los profesionales de la medicina que se enfrentaban a la pandemia sin recursos porque, por no tener, no tenían ni equipamiento con el preservarse para no pillar la enfermedad. Y el aplauso de cada día, invariablemente a las siete de la tarde, era una manera de hacer visible la solidaridad de la gente con los que habían juramentado ayudar médicamente a los que se vieran afectados.

 

No sé si fue eso o qué, pero hoy tenemos a unos profesionales en esas materias sanitarias que nos recriminan gran parte de lo que hacemos, que nos regañan y que se erigen en portavoces de una profesión que no tendría trabajo si la gente no enfermara y que en vez de pedir más agilidad en los procesos de vacunación o de tratamiento a los ya enfermos, se pronuncian en declaraciones que solicitan más encierro, más restricciones y, en definitiva, que se pongan las cosas aún peores para todos.

 

Esta misma semana, la coordinadora de la Federación de Salud de Intersindical Canaria, Cati Darías, pedía al Gobierno regional un endurecimiento de las medidas de control en Tenerife ante el aumento de casos de Covid en la isla. Esta profesional, que creo que está liberada de sus funciones porque ejerce de sindicalista, ha dicho que “la situación es muy preocupante en el Hospital Universitario de Canarias, por el incremento de la presión asistencial por coronavirus en las dos últimas semanas.

 

Hemos pasado de tener ocho pacientes con COVID en la UCI a tener entre 17 y 18 enfermos. En planta teníamos 17 ingresados por esta patología hace unos días y ya superamos los 50. Estos datos nos dan una idea de lo que está sucediendo”, y ha añadido que deben respetarse los protocolos para frenar la propagación de la enfermedad porque asegura que la situación puede ir a peor. “El panorama puede complicarse mucho el mes que viene si no se adoptan nuevas medidas. No podemos olvidar que la vacunación va demasiado lenta y que tampoco se está haciendo un número suficiente de PCR para detectar la dimensión real de esta emergencia”.

 

Cati Darías, que siempre me ha parecido que tira más para su función sindicalista que para lo sanitario, se ha erigido en portavoz de todo el colectivo al decir que “ninguna restricción está de más en este momento, por eso, se debe ir al nivel 4. Es importante restringir la entrada de visitantes, ya que los alojamientos turísticos se pueden convertir en una multitud de focos de infección. Además, a esto se añade que una parte de la población no tiene un comportamiento ejemplar en lo que se refiere al cumplimiento de las normas. Los trabajadores del Servicio Canario de la Salud estamos aterrados y muy agotados después de más de un año luchando a brazo partido contra el virus”.

 

Y lo dice así, como si todos los que enferman de este virus fueran culpables de algo, como si el virus solo atacara a los que incumplen y que lo mejor es estar encerrados, sin ni siquiera tener contactos con otros convivientes en la misma casa. Son mensajes que lo que quieren es generar miedo en la población, hacer que nadie salga de su cáscara y que no le den trabajo a los que tienen que cuidarnos, que si están mano sobre mano será mejor.

 

Pero no quiero centrarme solo en esta declaración de una representante sindical, sino en una actitud que podríamos decir que es generalizada y que tiene mucho que ver con la dejadez y el pasotismo en todo el sistema sanitario de nuestro país. Cada vez son más las consultas médicas que se realizan por teléfono, y es casi imposible que te atiendan presencialmente. Acceder a un centro de salud es tan difícil como peinar al diputado Alberto Rodríguez.

 

Hoy llegar hasta una dependencia sanitaria en un Centro de Salud es tan difícil como aprobar unas oposiciones de registrador de la propiedad y hay que pasar tantos controles de seguridad que se convierte en una misión casi imposible. Hasta hace poco les importaba poco que la gente pasara frío o se mojara a las puertas de esos edificios y hoy, en algunos casos y más por decisión municipal que por ejecución sanitaria han puesto unas carpas para que los que tienen que esperar se refugien de las inclemencias del tiempo.

 

Las listas de espera en las pruebas se eternizan y la asistencia a consultas de especialistas es tan difícil como ver a un talibán bailar una folia. Y nadie te da una explicación porque solo la puedes pedir por teléfono y nadie los coge, deben tener el timbre desconectado o suprimido directamente. Estos días descubrí una prueba que me había solicitado mi doctora de cabecera porque por antecedentes familiares soy paciente de riesgo en una determinada enfermedad. La solicitud para la prueba está fechada el 14 de noviembre de 2019 y aún hoy no he recibido fecha de para cuando me la realizarán. Es una petición y en eso se ha quedado.

 

He preguntado en el 012 dónde puedo dirigirme para obtener respuesta y me facilitaron una serie de números del Hospital Universitario de Canarias, curiosamente donde trabaja la señora Darías, y de los tres números solo en uno me contestaron para decirme que allí no era y que tampoco sabía la extensión de ese servicio. Seguí intentando, porque desde que inventaron los auriculares la cosa de la espera es más fácil. Pues ni por esas. En una de las llamadas me tuvieron en espera nada menos que 20 minutos y un segundo. Me he hecho un verdadero especialista en músicas de espera y les puedo escribir un verdadero tratado de cuáles son las que están de moda, qué grado de relajación puede contener y hasta que punto inciden en el ánimo del llamante.

 

En la labor de conocer el retraso de la prueba comencé el pasado lunes y aún, a esta hora en la que les escribo este artículo semanal, sigo sin saber qué pasa y cuándo me la harán. La he mirado de arriba abajo y claro no figura ningún número que me indique si ha sido procesada. Grapada a la petición figura una hoja explicativa de lo que es y un consentimiento que duerme el sueño de los justos u olvidados, porque otra cosa no se puede hacer.

Estas son las gentes a las que estábamos aplaudiendo hace un año, los profesionales que luchaban con trajes hechos con bolsas de basura y que hoy casi nos tratan de igual modo, como si los pacientes o los enfermos fuéramos culpables de enfermar.

 

Hoy cualquiera aparece en un programa de televisión con un fonendo alrededor del cuello para decirnos lo que estamos haciendo mal, que la lucha contra el coronavirus está siendo larga y que están al borde la extenuación. Así lo dicen y no piensan en los miles de personas que no tienen para comer, en la profundidad de lo que cuentan los responsables de bancos de alimentos que dicen que no dan abasto y que muchos de los donantes de antes se han convertido en usuarios de estos.

 

Que hay tanta gente que lo está pasando mal por falta de trabajo y de ingresos que en poco tiempo tendremos una situación de difícil salida. Pero da igual, para algunos lo ideal sería el cierre de toda la actividad y que, con tal de no darles trabajo, confinarnos, aunque la actividad económica se perjudique. Los que cobran un sueldo que sale de las arcas públicas parece que no tienen conciencia de que hay que producirlo, que el movimiento de ese dinero genera impuestos a pagar, que las administraciones dispondrán de esos recursos para tener una buena sanidad, seguridad, educación, órganos judiciales, policiales, licitación de obras públicas y servicios para atender todo tipo de demanda, pero que si no hay contribución, todo eso va mermando hasta puntos en los que la calidad del servicio va parejo a las carencias.

 

Sé que este articulo le molestará a mucha gente que hacen de su vocación sanitaria una entrega a los demás y no es a ellos a los que está dirigido, sino a los que ponen como excusa los peligros de esta pandemia para refugiarse en la excusa permanente de la desidia y el desprecio a los que acuden en busca de su sapiencia para aliviar sus males. A esos que culpan a los que desgraciadamente se contagian. A los que buscan curarse y se encuentran con insensibles que prefieren que todo sucumba antes que aplacar las molestias de estar enfermos. A los que tienen sentimientos espurios cuando recomiendan vivir peor para que ellos no tengan que actuar. Estamos en un tiempo diferente y nos necesitamos los unos a los otros, que para eso estamos en una sociedad interdependiente. ¿O es que acaso esos que recomiendan más restricciones no van a supermercados y cajeras o reponedores no están expuestos a contagiarse?

 

* José MORENO GARCÍA

Periodista.

Analista de la actualidad.

 

La Laguna (Tenerife), 27 de marzo de 2021.

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