EL MONÓLOGO Nº058
Experimentos con gaseosa peligrosa

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Experimentos con gaseosa peligrosa

 

 

Por Pepe Moreno *

 

 

En los últimos días hemos asistido a una nueva imagen del que fuera vicepresidente tercero del Gobierno del Estado, Pablo Iglesias Turón, que dejó su puesto en el Ejecutivo y se presentó a las elecciones autonómicas de Madrid con intención de arrastrar el voto de la izquierda más lateral y de que levantara las intenciones del electorado en el centro del este país llamado España. No lo consiguió y repitió el número de escaños que ya tenía. Esa misma noche dimitió de todos sus cargos, anunció su retirada política y días después se cortó la coleta que en el pasado fue símbolo de una manera de que el bipartidismo fuera una cosa antigua y pasada de moda. Hoy es el recuerdo. Pero ¿qué fue lo que pasó?

 

Pablo Iglesias irrumpió en el mundo de la política con una serie de mensajes que en aquel momento calaron entre la población. Lo mismo atraía a los más desvalidos de la sociedad que a los mejores preparados que entendían que una serie de cargos electos les habían “robado” las prebendas y el protagonismo que se habían ganado con estudios y con oposiciones. Cualquier concejal de pueblo era más importante que un catedrático o licenciado, y eso molestaba. Iglesias hablaba de casta y de prebostes en un lenguaje que impregnaba y sumaba adeptos. Lejos quedan los tiempos en los que criticaba a los que vivían en casas suntuosas o en villas enclavadas en parajes kilométricos que les aislaban de los mundanales ruidos del pueblo llano y sencillo.

 

Su primera aparición electoral la hizo al Parlamento Europeo en una papeleta que tenía como símbolo su perfil y su coleta. Y eso lo hizo popular. Se compraba la ropa en grandes superficies y vivía en una humilde morada de Vallecas. Después se presentó a unas generales y logró el acta con un grupo de seguidores que rompieron los moldes del parlamentarismo existente hasta entonces. Acompañado de una lactante que llevó a su criatura hasta el hemiciclo de un Congreso de los Diputados que hasta ese momento no había visto cosa igual.

 

Rodeado de gentes que vestían camisetas del montón, con otro electo que no se peinaba y que tenía rastas y con grupo político que levantaba el puño izquierdo como saludo. Con un lenguaje en el que decía lo que pensaba, sin pensar en lo que decía. Que lo mismo hablaba de la cal de los muertos socialistas que de la corrupción de la derecha como antítesis de Gobierno. Con unas acciones rayanas en el gamberrismo más que en las críticas y con una forma de ejercer la política que molestaba y rompía con todo lo establecido.

 

Decía que habían llegado para quedarse y que había que abandonar las vivencias del pasado por un mundo más moderno e inclusivo. Abominaron del espíritu de la transición del 78 y abogaron por remover todas las estructuras incluidas en la Constitución nacida en un momento en el que había que superar las dos Españas que habían sobrevivido a una dictadura de 40 años. Y ahí comenzó a hacerse antipático. Pero solo era el comienzo.

 

Sus ansias de poder le llevaron a que en las siguientes elecciones crecieran como grupo y se hicieran necesarios para hacer Gobierno. Iba por delante de las negociaciones con los socialistas. Apenas hablaban con sus posibles socios y ya aparecía ante los medios de comunicación rodeado de sus íntimos colaboradores para decir los puestos que querían y las competencias que deberían ostentar. Y eso era lo que le quitaba el sueño al hoy presidente del Gobierno o lo que les molestaba a los miles de españoles que no querían que las cosas se hicieran así. Tan a lo bruto.

 

Tuvieron que esperar a otras elecciones y a hacerse más fuertes. No sé si desde el PSOE, o desde instancias próximas, convencieron a Pedro Sánchez que podría dominar el ímpetu de Iglesias y de los suyos, pero lo persuadieron y firmaron un pacto de Gobierno que les daba la entrada y les repartía carteras con las que empezar a ostentar poder, ese que da la firma en el BOC y la toma de decisiones en un Consejo que se tuvo que ampliar para dar cabida a todos los que querían ministerios, incluida su señora esposa que también conseguía ser excelentísima. Un matrimonio en La Moncloa con todo lo que puede motivar tal imagen.

 

Pablo Iglesias comenzó a vislumbrar que habían llegado a un sitio del que es muy difícil que te expulsen. Y ahí vino la compra de Galapagar, una casa como la que les criticaba a otros. Los guardias en la puerta, la niñera, los coches oficiales, las canonjías y toda la pátina que conlleva este tipo de cargos.

Vino la pandemia y donde más atacó, en los primeros tiempos, fue en las residencias de mayores, lugar bajo la responsabilidad de su cargo, y nunca se le vio abogando por otras políticas de protección. Desapareció de la escena de primera fila y se dedicó a otras cosas, dejando que esa línea de exposición fuera para Pedro Sánchez que tenía que comparecer, explicarnos a todos por qué debíamos confinarnos o por qué se tenía que parar toda la actividad económica. Sus correligionarios actuaban de coro para atacar al que llevara la contraria y para explicarnos que era mejor lo que legislaban y ordenaban, que luchar de otra forma.

 

Se comenzó a hacer antipático para todos los que entendían que se podía hacer de otra forma. Sus continuos ataques a la Corona e incluso a la forma de hacer las cosas en el país, le granjearon críticas y rechazo.

 

Lo metieron en las deliberaciones del CNI y eso provocó aún más rebote en los que le veían más como un enemigo que como una persona ecuánime. Molestaba en sus declaraciones y se rodeó de una serie de gentes cuyas afirmaciones estaban más en el ámbito de provocadores que de integrantes de un Gobierno de un país. El rechazo aumentaba en cada alegato, creando de este modo un ambiente enrarecido. Sus relaciones personales, la catalogación como macho alfa, sus líos con los colaboradores y su vida política han ido jalonando un camino en el que cada vez ha sido más difícil mantenerse.

 

El día que dijo que abandonaba el Ejecutivo central algunos suspiraron y la noche en la que dimitió de todos sus cargos se tomó como referencia de que el capítulo estaba cerrado. Esa noche llegó a decir que se había “convertido en un chivo expiatorio”, y añadió que “es evidente que, a día de hoy, no contribuyo a sumar. Y cuando los resultados son los que son, uno tiene que tomar decisiones”, para acabar añadiendo que dejaba todos sus cargos porque “no puedo ser un tapón para la renovación de liderazgo que necesita nuestro partido”. Y es que en eso se había convertido, en una especie de obturador que centraba todas las críticas y que no dejaba crecer a su propia opción política. Pero ¿hay posibilidades de que Podemos sobreviva a su creador?

 

No es nada fácil. No hay un líder que aúne a los que quieren romper con lo establecido. Se han dedicado más a cosas terrenales como el lenguaje inclusivo que a mejorar las condiciones de una población que sabe que lo que se avecina tiene muy mala pinta. Han estado más pendientes de las formas que de los contenidos y ha prevalecido más lo etéreo que lo sustancial.

 

Hoy ya no tiene la coleta que le hizo famoso. La imagen de un Pablo Iglesias modosito con un libro en la mano le ha robado protagonismo hasta a Rociito con sus confesiones, y es más una vivencia que una realidad.

 

Ya no están en el Congreso de los Diputados ni Albert Rivera ni Pablo Iglesias, los que habían venido a romper con el bipartidismo. ¿Qué nos queda? ¿Escoger entre un líder de los populares que aún no convence, o un secretario general de los socialistas que acumula más sombras que claros? También tenemos a los separatistas catalanes que siguen en un hemiciclo que detestan, pero del que cobran todos los meses, los nacionalistas que siguen con sus políticas de reclamaciones y a los representantes de unas ideas basadas en el buenismo.

 

¿Qué nos tocará ver en los próximos tiempos?

 

 

* José MORENO GARCÍA

Periodista.

Analista de la actualidad.

 

La Laguna (Tenerife), 15 de mayo de 2021.

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