EL MONÓLOGO Nº070
Tapabocas

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Por Pepe Moreno *

 

 

Tapabocas es el sinónimo que me da el corrector de Word para la mascarilla. Es decir, que lo puedo utilizar como alternativa para no repetirme. Lo que pasa es que el equivalente en cuestión tiene otras lecturas y significados, porque podríamos estar refiriéndonos a que nos están censurando o que nos callamos parte de lo que decimos. Y tampoco es eso.

 

Lo de usar la mascarilla casi se ha convertido en una especie de dilema sobre si ahora sí o ahora no debemos usarla. Uno ve todos los días a gente que no sabe o que no comprende la importancia vital de dicho complemento y que desde el año pasado es obligatorio en todos los interiores y en los exteriores en los que uno se pueda encontrar con mucha gente.

 

En concreto, la norma, creo que canaria, dice que su uso es obligatorio “en la vía pública y en espacios al aire libre, siempre que no resulte posible garantizar el mantenimiento de una distancia de seguridad interpersonal de, al menos 1,5 metros. En cualquier espacio cerrado de uso público o abierto al público con independencia del mantenimiento de la distancia de seguridad de al menos 1,5 metros. En medios de transporte aéreo y marítimo, en todo el transporte público (taxi, tranvía, guagua). En coche particular de hasta nueve plazas si los ocupantes no conviven. En los espacios cerrados de los establecimientos y servicios de hostelería y restauración, incluidos bares y cafeterías, excepto en el momento de la ingesta de alimentos o bebidas. Al acceder a un centro sanitario”.

 

Y no me digan que en esa normativa hay cosas que se pasan a la hora de explicarlo, porque ya me dirán cómo se bebe o se come con la dichosa prenda puesta. Lo que sí es cierto es que nadie se la pone después de un trago a lo que está bebiendo o dar un bocado seguido de una perorata en una comida de varias personas.

 

He visto, en mis mañanas de corredor, cómo hay gente que se pone la mascarilla cuando se cruzan con alguien y lo hacen tipo respirador, como si se tratara de tomar oxígeno ante la inminente presencia de un semejante con el que coincidirá quizás unos segundos y manteniendo una distancia respetable. Pero queda mejor coger la susodicha y ponérsela entre la nariz y la boca hasta que el contrario pase. Nos quedamos más tranquilos.

 

El otro, en este caso me voy a poner yo, agacha la cabeza y respira para el suelo con la intención de que todo el aire que expulse vaya a la acera o asfalto o camino y que nada de lo que respire vaya hacia el frente o al aire, sino para el suelo. Y todos nos sentiremos mejor.

 

Es una sensación un tanto rara. Lo mismo que cuando vemos a un “motero” con su casco, su visera y su mascarilla puesta durante todo el recorrido. ¿Puede el coronavirus estar suspendido en el asfalto, por dónde pasan coches con sus escapes dejando todo tipo de combustiones estar ahí, colgado, y esperar a que pase el motorista y dejarlo infectado? No sé, la verdad es que de esto le preguntaré un día al doctor Amós García para que me diga si es conveniente o no lo de la mascarilla, o tapabocas, en la moto y si es beneficioso que la gente vaya por ahí con la boca tapada en previsión de no pillar la COVID-19 que parece que está esperando a quien sea para infectarle.

 

La verdad es que lo pienso fríamente y me imagino al virus colgado en el aire, como si fuera Spiderman, para meterse en la nariz o la boca del primero que pase y expandirse ahí. Le caerán arriba al grito de ¡A por ellos! ¡Sin compasión, venga, que viene uno en moto sin mascarilla! Y lo mismo pasará con los que la lleven, que los virus dirán ¡A ese no, que ese tiene mascarilla!

 

Y luego están los que llevan la prenda en cuestión casi como un complemento más de su vestimenta. La llevan en el codo, o estilo muñequera, en la papada, en el retrovisor o en cualquier parte con tal de no llevarla en la cara tapando nariz y boca. He visto gente que se la pone al revés, con la forma de la nariz en la barbilla, cumplen, pero a su modo y manera. Esa gente ya practica con el compromiso de llevarla y no le diga nada que puede usted descubrir un montón de cosas sobre su parentela, esgrimidas por el recriminador, y que le desvelan la persona en cuestión.

 

Luego están los que están pendientes de que todo el mundo cumpla, los que se han convertido en guardias del cumplimiento estricto. A esa gente no le importa que uno no se la haya puesto porque caminaba por una zona por la que no transitan ni los inspectores de hacienda, por un camino más solitario que el Parlamento en agosto. No le importa, lo que vale es recriminar la acción de no llevarla puesta. No vale que te la pongas y le expliques que no había nadie. Esas personas siempre reflexionan en voz alta y te dice “qué bonito, como si estuviera libre de no contagiarse” y vete tú a explicarle otra cosa.

 

Dice el gobierno, en sus recomendaciones para el uso del artilugio que para ponérsela hay que “lavarse las manos durante 40-60 segundos antes. Tocar tan solo las bandas elásticas. Ponerla sobre nariz, boca y barbilla. Colocar las bandas elásticas detrás de las orejas. Pellizcar la pinza nasal para ajustarla. Evitar tocar la parte exterior de la mascarilla y si lo hace, lavarse las manos”. ¿Ustedes creen que serán muchos los que cumplen con este tipo de normas? Y si no lo hacemos así, ¿la mascarilla estará contaminada o seremos nosotros los que le transmitimos a los demás los virus? ¿porqué? ¿por qué están en la prenda?

 

Pero hay más. Dicen las mismas autoridades canarias que “antes de quitársela, hay que lavarse las manos. Retirarla tocando sólo las bandas elásticas, y no tocar la parte delantera. Para personas sanas se recomienda depositarlas en bolsa de basura de residuos domésticos y para personas infectadas en bolsa de plástico cerrada y ésta a su vez, en otra bolsa. Por último, lavarse las manos de nuevo”.

 

Otra vez las mismas preguntas. ¿Conocen a alguien que haga eso? Yo he visto a muchos que incluso se la meten en el bolsillo como si fuera un pañuelo y que cuando tienen que volver a usarla la despliegan y se la colocan tocándola por todos lados.

 

En fin, que esto de las mascarillas se lo ha tomado la gente con mucha parsimonia, y me refiero a una parte de la ciudadanía, no a toda, que para eso hay gente para todo, los que cumplen y lo llevan todo a rajatabla y los que lo hacen de un modo tan relajado que practican, pero a su modo y manera.

 

Aún recordamos cuando había policías de balcón y que ahora son de esta prenda, por desgracia, es parte de la pandemia e inherente al ser humano. No ayuda que haya políticos que vuelvan a recomendar su uso en exteriores ante el actual aumento de los casos. Algunos expertos ya han dicho que volver a llevarla al aire libre no va a frenar la transmisión comunitaria, porque ya sabemos qué tipo de medidas funcionan, como otras restricciones más duras entre las que están los cierres de los interiores o del ocio nocturno.

 

Nos hemos acostumbrado a que los que conforman el poder ejecutivo nos digan qué tenemos que hacer. Los mismos que en el verano del 2020 criticaban el uso obligatorio de la mascarilla en exteriores, para ir a la playa o a caminar, sean ahora los que están en contra de nos desprendamos de ella en exteriores.

 

Es cierto que los contagios han crecido, que el número de ingresados en más que preocupante, pero también lo es como están cumpliendo con una normativa pensada para otro momento en el que la vacunación era un sueño a largo plazo. Debemos protegernos y que los contagios bajen y que ni las UCIS ni las plantas hospitalarias preparadas para estos enfermos sean cada vez más.

 

Debemos intentar rebajar todo esto para que no aumenten los niveles de restricciones, a causa del incremento de la gente afectada. Tenemos que hacer lo posible para evitarlo, pero usemos la materia gris que nos diferencia del resto de los animales para que el cumplimiento de la normativa no se convierta en un despropósito. Por cierto, ¿son mascarillas o tapabocas?

 

* José MORENO GARCÍA

Periodista.

Analista de la actualidad.

 

La Laguna (Tenerife), 7 de agosto de 2021.

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