EL MONÓLOGO Nº072
Un tiempo diferente y global

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Por Pepe Moreno *

 

Coger el folio en blanco y no saber de qué escribir en este sábado de finales de agosto es una de las cosas que ya me han pasado en el pasado. No quiero escribir de lo que está pasando con el COVID-19 porque repetiría lo que ya escribí en otros artículos que en su momento reflejé en esta misma plataforma.

 

Me preocupan mucho las muertes que se están produciendo, en los últimos tiempos ha subido la incidencia de óbitos, y esta misma semana hemos tenido que lamentar la pérdida de más de una veintena de personas que nos han dejado como consecuencia de esta enfermedad para la que todos los cuidados son pocos.

 

He leído con profusión y con atención lo que ha relatado Luís Daniel Merino, una persona a la que conozco de vernos en el fútbol, de haberme parado a hablar con él en algunas ocasiones y ver lo grande que tiene el corazón, seguidor acérrimo de lo que uno hace, amante de la buena comida y consciente de que lo que uno tiene es lo mejor.

 

He leído sus penurias en la lucha contra el coronavirus y su convalecencia en un hospital tinerfeño del que ha salido dando las gracias a todos y a todas las que se han esforzado para que siga deambulando en su acontecer diario por la geografía del mundo.

 

Ha sido un relato que me ha impactado y del que intento sacar las conclusiones necesarias todos los días. He leído su crítica a los negacionistas, a los que propiciaron su ingreso en unas condiciones en las que cada día parecía que las fuerzas se habían aliado para que su salida de la enfermedad fuera cada vez más tenue y más en lontananza.

 

Y ha querido compartirla con todo el mundo escribiendo sus impresiones y buscando los recursos necesarios para darle difusión. Y lo ha conseguido. Me quedo con todo lo positivo que quiere transmitir y con la parte más auténtica de su experiencia. Desde estas líneas quiero expresarle, primero, las gracias por compartir esa forma de relatarlo y, segundo, decirle que lo que ha vivido nos va a permitir a los demás encarar este modo de ver las cosas para que, al menos, no las repitamos.

 

Pero, como decía, no quiero que este escrito semanal sea una vez más para hablar de una enfermedad que ha cambiado este mundo tanto que ya no sabemos siquiera comportarnos y que nos ha llevado a que hoy estemos hablando, en el mismo plano de importancia, del incendio voraz de La Palma o de la atorrollada salida de todo el mundo occidental de Afganistán sin que medie nada.

 

En La Palma, tierra frondosa de enormes y antiguas masas forestales, de volcanes verdes y de parajes inigualables en cuanto a su vegetación, ha sido pasto de unas llamas tan cerca de la vida urbana que se han llevado por delante más de 60 casas. Concretamente hay 30 viviendas afectadas en el municipio de El Paso, donde se originó el incendio, algunas de las cuales resultaron quemadas y otras con “daños menores”, mientras que en Los Llanos “es posible” que el número sea equivalente.

 

Un incendio que podríamos decir que tiene el marchamo de urbano y que comenzó con origen humano. Todos los especialistas han señalado que este incendio ha sido distinto por lo cercano a núcleos habitados, algo novedoso, también por la velocidad a la que se ha movido en cuanto al efecto del viento en su propagación de la medianía a la costa, y por lo loco respecto a la incidencia de ese mismo viento sin control.

 

Según los expertos, no ha sido tan extraña, por desgracia, la intervención del hombre. Provocado o por negligencia, léase colilla tirada a la cuneta, la mano de alguien ha sido decisiva. Algunos datos conocidos después de que el incendio haya sido controlado y por tanto analizado, aunque sea en una primera intervención, son: 300 hectáreas quemadas, entre las que se encuentran algunas plataneras, algo impensable hasta ahora, 10 kilómetros de perímetro, 120 evacuados que ya han vuelto a sus casas…

 

Pero, sobre todo, imágenes para el recuerdo, las de los vecinos defendiendo sus hogares con mangueras, baldes o cualquier otro objeto a mano. Del desconcierto a la solidaridad. De entrada, apenas una finca, «cuatro matojos y algo de humo» para llegar a ver peligrar zonas habitadas, el despliegue de la UME y despertar la ayuda de toda Canarias. Y esta vez no ha habido hidroaviones, ni ayuda peninsular, ni Ministerio del Medio Ambiente que se haya preocupado.

 

Ha sido un incendio atajado y luchado desde las instancias canarias que ha permitido actuar y controlar un fuego que tenía muy mala pinta y en el que las condiciones meteorológicas jugaban en contra, como casi siempre, con mucho calor, mucho viento y suciedad en el suelo que permitía el avance de las llamas por todas partes. Todos los medios disponibles han acudido para apagar una quema que podía propagarse por todos los puntos cardinales y hacer unos estragos de los que todavía hoy estaríamos haciendo balance.

 

Ha sido un incendio que se ha atajado con todo lo que había a mano de los canarios, que nos ha tenido con el corazón encogido mientras nos asábamos de calor en el resto de las islas y con un trabajo ímprobo de todo aquellos que han tratado con el fuego. Unos desde sus posiciones de lucha en primera línea, otros en el frente de la organización del dispositivo, otros desde la búsqueda de recursos y las autoridades dando todo lo que estaba en sus manos para controlar el fuego.

 

Lo hemos visto incluso en programas especiales de la única televisión que tenemos y que nos ha mostrado el avance devastador del fuego, las inclemencias del tiempo o las urgencias de los afectados. Todos han puesto de su parte para que este suceso no se alimentara a sí mismo para seguir devastando.

 

Y mientras, en la otra parte del mundo, asistíamos al final de una etapa en la que los EE. UU. dejaba tras de sí más de 20 años de una invasión que tuvo como excusa acabar con el terrorismo de un grupo, al Qaeda, que lideraba el entonces líder que encabezó los atentados del 11S en Nueva York, Bin Laden.

 

Lo que hemos visto, con gente huyendo y subiéndose a un avión como sea -aunque sea agarrándose a su fuselaje o a sus ruedas-, es un grave desastre para todos, pero especialmente para el pueblo de Afganistán, que a partir de ahora va a tener que vivir en un régimen teocrático que reprime las libertades más básicas, castiga de forma despiadada a los disidentes y se enorgullece de oprimir a las mujeres.

 

Y lo será para decenas de miles de afganos que ayudaron a los periodistas y diplomáticos occidentales en el intento de construir un país mejor, observaron con impotencia cómo se olvidaban vergonzosamente las promesas de protegerlos y ahora se enfrentan a la ira mortal de los talibanes. Pero también sufrirán sus secuelas los numerosos países de la región, que van a tener que lidiar con las consecuencias profundamente desestabilizadoras de otra enorme crisis de refugiados.

 

Y todo esto repercutirá en la credibilidad de Occidente, cuyas promesas de garantizar la seguridad de los aliados amenazados por rivales autoritarios como Rusia y China parecen ahora todavía más vacías. Y también lo será para Estados Unidos, cuya seguridad estará mucho menos garantizada ahora que los talibanes han puesto en libertad a un número considerable de miembros de Al Qaeda y quizá vuelvan a permitir el entrenamiento de grupos terroristas en Afganistán.

 

Estamos en un mundo global en el que las cosas escritas aquí tienen repercusiones para todos y en el que lo mismo hablamos de las consecuencias de una enfermedad que nos sigue preocupando y que cada día se lleva a alguien, que de unos incendios que nos pueden cambiar la faz de la tierra en la que vivimos o de una huida de la somos espectadores a través de las pantallas de nuestras televisiones.

 

Son las cosas que pasan y que nos están dejando un mundo en el que hablar del cambio climático parece que esté fuera de onda o que sea nimio en función de una realidad que es mucho más urgente para actuar. ¿Podemos luchar contra el cambio climático viendo como hay gentes que mueren del COVID-19 o con paisanos luchando contra las llamas o viendo a miles de personas que no quieren quedarse en un país abocado a regresar a ideas medievales?

 

Deberíamos dedicar tiempo para todo, porque en ello nos va el futuro, pero son demasiadas urgencias para una gente que, en su mayoría, están de vacaciones, de lo que todos hemos denominado eso de “su merecido descanso estival”.

 

Y si no es así que se lo pregunten a los que pueden disfrutarlas en palacios presidenciales o en establecimientos en los que aire acondicionado no mira para horas valle ni para facturas incrementadas por la voracidad de compañías que solo analizan sus cuentas de resultados. En fin, que podría nombrar a mucha gente, pero se lo dejo a los lectores que siempre son los mejores para señalar. Ahí lo dejo, que estamos acabando agosto y muchos están disfrutando, aunque sea de otra forma de vivir.

 

 

* José MORENO GARCÍA

Periodista.

Analista de la actualidad.

 

La Laguna (Tenerife), 21 de agosto de 2021

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