EL MONÓLOGO Nº091
La salud como mejor deseo

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Por Pepe Moreno *

 

 

Ya estamos en 2022, un año, como siempre, en el que hemos puesto todas las ilusiones para que sea diferente y para que deseemos que sea mejor que este que acabó ayer y que nos ha dejado un sabor amargo en nuestro interior. Los deseos que hicimos anoche, cuando nos comíamos las uvas, era que todo fuera mejor, que no haya tantas restricciones, que volvamos a las celebraciones casi multitudinarias de antaño, que las fiestas sean para no excluir a nadie, que los que están fuera puedan volver, que nadie se haya aislado en una habitación por ser un contacto directo con uno que dio positivo o para que los test sean pruebas del índice de alcohol que hemos tomado y no para saber si albergamos coronavirus en nuestro interior.

 

El año que acaba ha sido duro en todos los sentidos, con trabajos muy precarios, con autónomos que le han echado más coraje que conocimientos para sobrevivir y en el que nuestra esperanza en las vacunas se ha diluido con el paso del tiempo. Cuando escribí el Monólogo del año pasado tenía fundadas esperanzas de que estábamos en el buen camino, que no sabíamos cuando nos tocaría nuestra dosis, pero que llegaría el día en el que nos inmunizara del “bicho” en cuestión.

 

Fuimos a vacunarnos con profusión, esperando que las dosis pusieran una barrera entre la enfermedad y la vida diaria. Llegamos al verano y preguntábamos a los que veíamos si ya estaban protegidos. Unos te decían que sí, otros que, a medias, pero la esperanza brillaba en cada una de las respuestas que nos daban. Ahora estamos con el miedo en el cuerpo, anoche no pudieron venir todos los que queríamos y las plataformas de comunicación volvieron a suplir los viajes y los brindis multitudinarios. No hubo grandes reuniones y nos hemos hecho expertos en antígenos, PCR, o pruebas que nos aclaren si estamos o no contagiados.

 

El Tribunal Superior de Justicia de Canarias le dijo no al Gobierno de Canarias en lo del toque de queda, pero la situación cambió poco. Todas las reuniones en establecimientos abiertos al público deberían haber terminado a la una de la madrugada, si la isla está en fase tres y a las dos si el nivel es de dos, por tanto, a esa hora todo se acabó. Lo que pasa es que los que lo celebraron en una casa particular, pudieron estar hasta que les dio la gana. Las incongruencias se dan por una normativa lastrada a la que le falta una ley de pandemias que pueda regular este tipo de situaciones y ponga orden ante tanto desconcierto como estamos viendo, que parece que pesan más los deseos que las necesidades.

 

Y hemos oído a muchos, desde los que dijeron que todo esto iba en contra de las libertades constitucionales, a los que han echado mano de la situación de contagios que estamos padeciendo y que ponen en riesgo las camas hospitalarias y los atendimientos a los que acuden a un servicio médico en busca de mejorar su salud. No puede ser que los que tienen la sospecha de haber contraído el mal se tengan que quedar en sus casas para no poner en riesgo el sistema, ¿y qué pasa con ellos?, pues simplemente que han tenido que autoimponerse una cuarentena, aislarse, para no seguir expandiendo el virus. Parece que nadie ha pensado en ellos y se pondera más en colectividad que en solucionar el problema particular. Son las cosas, nos dicen, de vivir en una sociedad interdependiente.

 

Estamos asistiendo a un cambio en nuestras relaciones personales y el debate ha dejado de ser moderado, llegando a extremismos, con faltas de respeto y sin consideración ninguna, dejando sitio a expresiones de la talla de “con nosotros o contra nosotros” sin miramientos y haciendo que los ciudadanos sean los que realmente se busquen la vida en el hallazgo de soluciones. Hoy pensamos que alguien contagiado es porque algo hizo mal en sus relaciones, y posiblemente vayamos a eso, a que se relacionó y eso lo vemos mal y rechazable.

 

Y el mismo día en el que estábamos pendientes de qué decía el Tribunal Superior de Justicia de Canarias sobre los toques de queda conocimos que el Gobierno de Canarias decretaba que el aforo del Helidoro para mañana, día del partido del derbi canario, se reducía al 50 por ciento. Se basaba el Ejecutivo en que es la capacidad reconocida para el nivel 3, que es en el que está la isla desde el pasado 18 de diciembre, pero ese mismo día estaba Gran Canaria en ese mismo nivel y se jugó la UD Las Palmas frente al Éibar con el 100 % de la capacidad del Estadio de Siete Palmas. Por tanto, ya tenemos otra vez en plena efervescencia el pleito insular instalado entre nosotros.

 

Que, si el presidente del Gobierno es de Las Palmas, lo mismo que el vicepresidente Rodríguez, que el consejero de Sanidad, Blas Trujillo. Que, hay mucha amistad entre el presidente de la UD Las Palmas y el responsable de la salud canaria que, si la decisión tomada está más relacionada con los deseos de jugar sin la presión de un público que jalea a los suyos e intimida a los contrarios, que si no es lo mismo jugar en estas condiciones que sin tantas restricciones… y así un sinfín de especulaciones de los que relataba un poco más arriba en las que se ha perdido la posibilidad de una discusión sobre lo que nos interesa o no. Otra incoherencia más, porque en cinco días ese mismo campo de fútbol iba a acoger a miles de familias para el recibimiento de los Reyes Magos de Oriente y no será así porque la incidencia de los contagios, dicen, que no es conveniente.

 

Hay quien incluso plantea que se están pasando con todas estas medidas y que no estamos haciendo nada ante la avalancha de decisiones que minan nuestras libertades como personas. La verdad es que todo nos ha cambiado, y cada vez a más gente, por aquello de que ya no quieren o no desean relacionarse. Gentes que ven lo de los dos besos o los abrazos como algo rechazable y que están muy bien solos o en sitios que vaya poca gente.

 

Pero hay otros, entre los que me incluyo, que lo que desean de verdad es que esto acabe. Que ser positivos no sea una medida para apartar a nadie y que más bien busquemos los que tienen ánimo, en ese sentido, para no seguir viéndolo todo negro. Que las olas sean las que vemos en nuestro litoral y que sirvan para hacer un baile entre el mar y nuestros cuerpos, que los picos sean más bien para destruir muros y no para alzarlos en función de la incidencia, que las nuevas cepas sean de vino y no de mutaciones de virus, que nos sigamos deseando salud como una gran aspiración para estar mejor y que no sea una palabra vacía dentro de los brindis y celebraciones de cualquier día, que sigamos escogiendo los sitios con mucha gente, porque eso es síntoma de que ahí se hacen las cosas bien y que la inmunización no sea una palabra que se nos trabe en el paladar de las aspiraciones sino que sea real en cada dosis.

 

Son las pretensiones para este año recién comenzado que acaba en 22, un número que para algunos dicen que trae mala suerte y para otros la sonrisa de que todo estará bien. Como con la superstición de los gatos negros, hay para todos los gustos y a lo que uno aspira es que siga siendo así: el tiempo necesario para discrepar de lo que sea y siempre haya alguien dispuesto a debatir sin arroyar al que disienta.

 

Hoy está comenzando el año nuevo y desde este lugar quiero desearles a todos que sea un tiempo para gozar más que para sufrir, que nos volvamos a ver y que la palabra se haga presente con el objetivo de seguir la estela humana que a veces perdemos y que nos hacen más animales que son los que gruñen, balan o pían.

 

¡Feliz año nuevo!

 

 

* José MORENO GARCÍA

Periodista.

Analista de la actualidad.

 

Islas Canarias, 1 de enero de 2022.

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