El papel de la Artillería en la Batalla de Tenerife, 1797

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La flota británica ataca Santa Cruz

 

 

Por Valeriano Weyler González *

 

 

Ciudad militar y lindera con el mar, Santa Cruz fue cuna de una nueva clase dinámica, liberal y emprendedora formada por capitanes de la Carrera de Indias, comerciantes y armadores. La residencia de los Capitanes Generales le hace ganarse al Ejército, motor progresista de los siglos XVIII y XIX y, en rápida ascensión, acredita más cabezas de león para su escudo, trofeos de resonantes victorias, el título de Ciudad y el más alto aún de Capital de Canarias”. Con esta prosa finaliza Víctor Zurita Soler, periodista de raza y alma mater del desaparecido vespertino “La Tarde”, su resumen de la historia de esta Plaza. Resulta difícil hacerlo con palabras tan bellas y acertadas.

Idealización de un disparo de artillería de costa durante la batalla contra Nelson, a partir de imagen de la Asociación Histórico-Cultural “Gesta del 25 de julio de 1797”

 

Celebramos en estas fechas los 229 años del episodio más reciente de entre los citados por el maestro Zurita, el de la defensa del General Gutiérrez frente a la flota del almirante Nelson. Acción militar que, en efecto, resultó crucial en la historia y esencia de Santa Cruz.

 

Condensamos en esta entrega lo relativo a la Artillería, entresacando lo relevante a partir de las relaciones, memoriales y oficios contenidos en la monumental obra “Fuentes Documentales del 25 de julio” que nos legaron tres infatigables investigadores de la “Gesta” tinerfeña, en la confianza de que cumpla con el objetivo de traer al presente lo acaecido hace tantos lustros y poner en valor a sus protagonistas.

 

A finales del XVIII Santa Cruz ya había sufrido dos ataques británicos y los conflictos bélicos contra los enemigos de España se repetían sin cesar, motivando que los sucesivos comandantes militares hubiesen ido levantando las fortificaciones que el arte de la guerra aconsejaba en cada periodo. Con un buen planteamiento histórico, además, basado en el conocimiento de las corrientes y régimen de vientos reinantes en la zona, que definían la deriva de cuantos veleros se aproximasen a su ribera.

 

A resultas de todo ello la ciudad que por tercera vez atacó Inglaterra se hallaba defendida por una serie de castillos, torres, fuertes y reductos que la convertían sin duda en la plaza artillera más importante de todo el Archipiélago. Nelson lo sabía, pero atacó. La libra esterlina y la importancia estratégica de Canarias en el tránsito a América, costas de África y la India movían poderosamente al Almirantazgo, con la British Fleet como brazo armado.

 

Tres eran los emplazamientos artilleros principales en el frente de mar de la entonces incipiente población. De norte a sur: los castillos de Paso Alto (actual zona del Club Deportivo Militar), San Cristóbal (centro de la línea y punto neurálgico de mando, Plaza de España) y San Juan (o Castillo Negro, lateral Auditorio de Tenerife).

 

Solo el último puede contemplarse hoy en su estructura íntegra original, junto a la armoniosa Casa de la Pólvora anexa. Intercalados entre tales posiciones había una quincena de enclaves artilleros adicionales, de mayor o menor entidad y potencia de fuego, conformando entre todos una auténtica “cortina” defensiva, como así se denominaba en aquellos años. Cañones y morteros sumaban casi la centena incluyendo la torre de San Andrés, atendidos por algo menos de 400 hombres entre artilleros profesionales -Real Cuerpo de Artillería- y civiles de apoyo encuadrados en las Milicias.

 

Otro tipo de cañones lo constituían los denominados “violentos”, de calibre menor, gran movilidad y alta cadencia relativa de fuego, que resultaron de enorme importancia disparando metralla sobre los ingleses en los combates urbanos y en determinadas localizaciones de la ciudad. Debemos constatar que, en semanas anteriores al ataque, el General Gutiérrez tuvo la previsión de ordenar a la Artillería que entrenase a los pilotos, contramaestres y cierta gente de mar en el eficaz manejo de los mismos, contribuyendo así a aliviar las endémicas carencias de plantillas y material. De este modo se produjo una suerte de “simbiosis” entre las fuerzas de índole artillera, infante y ciudadana que resultó igualmente clave en el desenlace de la batalla.

 

La flota inglesa se componía de cuatro navíos de línea (buques poderosos, pero pesados y lentos), tres fragatas (más ligeras, ágiles y veloces en las viradas), un cúter (especie de balandra de un solo mástil, muy veloz y maniobrable, de poco calado, ideal para incursiones rápidas en puerto enemigo) y una bombarda. Los dos últimos tipos, el cúter “Fox” y la bombarda, fueron los verdaderamente activos en el combate, además de las lanchas y barcazas de gran tamaño, destinadas a mover tropa, que cada barco llevaba a bordo, piezas que, naturalmente, el inglés desplegó ampliamente en su avalancha sobre Santa Cruz.

 

Solemos caer en el tópico de confrontar el número de cañones de ambos bandos, acaso evocando el popular “Con cien cañones por banda…” de Espronceda, dado que la flota inglesa, en efecto, sumaba casi 400 bocas de fuego frente a “solo” 100 por el lado español.

 

Pero aquí no se trataba de un combate naval, en despiadado cañoneo a quemarropa entre barcos, sino de un ataque anfibio, un desembarco, donde la potencia de disparo de los buques atacantes era, a priori, mucho menos determinante que los contingentes de infantería de marina y marinería asaltantes que llevaban en sus entrañas.

 

Nelson había pedido a su jefe muchos más recursos, que le fueron negados, no obstante, lo cual la fuerza que traía era muy respetable. Mucho más, sin duda, de la necesaria para simplemente arrebatar un barco de la rada, por muy valioso que fuese su hipotético cargamento. Canarias entera estaba en serio peligro. Si no se evitaba… ¿un nuevo Gibraltar?

 

La acción de asedio se desarrolló entre los días 22 y 25. Cuatro días de julio en los que la ansiedad del pueblo fue máxima, sin un minuto de descanso ni opción a desfallecer. Jornadas calurosas en lo meteorológico y en el espíritu de combate.

 

En la madrugada del 22, con brisa del NE, una importante flotilla de lanchas inglesas se aproximaba a la ciudad. A su decir posterior, condiciones adversas de la mar les retrasaron el avance, perdiendo el factor sorpresa al clarear y ser descubiertos. Ante la alarma dada en tierra y la rápida reacción de la línea de defensa, su comandante de desembarco decidió dar media vuelta y regresar a las fragatas, fondeadas fuera de tiro de cañón.

 

Al poco reanudaron sus maniobras y desembarcaron por la zona de El Bufadero, internándose por sus laderas. Inmediatamente, los españoles coronaron La Altura (montaña trasera a Paso Alto), con artillería ligera y fusilería, e impidieron que los enemigos lograsen alcanzarlas por el lado de Valleseco, tras verificar éstos que el sitio escogido inicialmente no tenía salida ni acceso directo a la retaguardia de Santa Cruz.

 

Después de todo un día bajo el sofocante sol y perder un par de hombres, los ingleses regresaron por donde habían bajado a tierra. Primera intervención de entidad de la artillería, “aviso a navegantes” (nunca mejor dicho): una más que certera andanada de Paso Alto impacta sobre una de las lanchas que apoyan el reembarque, destrozándole la proa. Los ingleses en su totalidad retornan a la flota, fracasados en sus dos primeros intentos de toma de la Plaza.

 

Plano de Santa Cruz a mediados s. XVIII. Adaptación a la posición de sus principales defensas en 1797

 

 

El día 23 la flota “barloventea” frente a la ciudad, amagando acercarse para luego caer hacia las costas del sur, hasta Candelaria (costa alejada pero que también Gutiérrez había cubierto con fuerzas de aquellos pueblos), poniendo finalmente proa a la mar y difuminándose en el horizonte.

 

El día 24 se divisó la flota al completo, que fondeó de nuevo -excepto el cúter- delante del Bufadero, a las cinco de la tarde. Sus movimientos indicaban a las claras su intención de atacar. El Capitán General reforzó toda la cortina y centro de la línea con los hombres de la capital, La Laguna, y el interior de la isla, que habían sido llamados, apostando también partidas entre el castillo de San Cristóbal y el Hospital, al otro lado del Barranco de Santos.

 

Igualmente, las embarcaciones surtas en la bahía se acercaron todo lo posible para quedar al abrigo de la Artillería española. La dotación de una fragata francesa, que llevaba tiempo en Santa Cruz, también colaboró con entusiasmo desde su puesto entre Paso Alto y San Miguel (actual Real Club Náutico) y en otras acciones de combate.

 

El puesto de mando de Gutiérrez, con todos sus integrantes, quedó constituido en el Castillo de San Cristóbal. Todo estaba preparado para la defensa, cumpliéndose las indicaciones del Comandante General, en lo castrense, en coordinación con el Cabildo, Ayuntamiento, Junta de Abastos y demás gestores civiles para el adecuado funcionamiento de las rondas, logística de acopio de agua, vino, pan, frutas, víveres y prendas, traslado de heridos y prisioneros, lucha contra incendios, etc. Un auténtico plan de Policía y Protección Civil, en símil de nuestros tiempos.

 

Sobre las 7 y media de la tarde-noche comenzó el ataque. La bombarda mantuvo fuego vivo durante 2 horas sobre Paso Alto y La Altura, siendo contestada desde dicho castillo y San Miguel, prolongándolo, con menor cadencia, hasta las 2 de la madrugada del recién estrenado día 25.

 

Algo después de esa hora, y a pesar de lo cerrado de la noche (luna nueva), los españoles ven pasar una embarcación, a distancia de tiro, en dirección al muelle. En ese momento se le disparan varios cañonazos de calibre superior, cuyo resplandor saca una fotografía, con fondo negro pero muy nítida en los detalles, de lo que estaba sucediendo: era el cúter Fox, “caballo troyano” al decir de Viera y Clavijo, cargado de ingleses con munición y pertrechos de guerra. Pero iba acompañado de casi 30 lanchas con cientos de hombres de desembarco.

 

Toda la línea artillera abrió fuego, con tal acierto que el cúter fue alcanzado, hundiéndose inmediatamente, muriendo ahogados casi una centena de ingleses. Varios castillos y fuertes se disputarían más adelante el acierto y méritos de esa acción.

 

En medio de semejante estruendo y humeante lluvia de proyectiles, unas pocas lanchas alcanzaron el Muelle y la Playa de la Alameda (incluida la que transportaba a Nelson, quien había decidido liderar personalmente el ataque), mientras el resto del escuadrón rebasaba el Muelle hacia el sur, desembarcando por la Caleta de Blas Díaz, Barranco de Santos y Las Carnicerías.

 

Los ingleses logran tomar e inutilizar la batería de la punta del Muelle, y unos pocos alcanzan a adentrarse en la Plaza de la Pila (La Candelaria, en la actualidad), pero la artillería de San Cristóbal y San Pedro, con bala y con metralla según convenía, junto a unas nutridas descargas de fusilería por ese costado, hacen estragos en los asaltantes, destrozando varias de sus lanchas, matando a muchos, hiriendo y mutilando a otros.

 

El mismo Nelson recibe un proyectil por encima del codo derecho, cae gravemente herido y ha de ser evacuado con carácter urgente, perdiendo asimismo a algunos de sus mejores oficiales.

 

Una tronera reabierta poco antes en la batería de Santo Domingo (situada en el lateral de San Cristóbal, mirando hacia la playa) resulta crucial en rechazar el desembarco por ese flanco. La tradición asigna al cañón “El Tigre” la gloria de frenar y mutilar al mejor almirante inglés de todos los tiempos.

 

Conviene resaltar que la Artillería de la línea izquierda española (Paso Alto), dado el ataque previsto por aquel costado, había sido reasignada por Gutiérrez antes de comenzar el cañoneo, colocando allí personal con experiencia en combate.

 

Pero sin dejarse engañar, pues su unidad de tierra más potente, el Batallón de Infantería de Canarias, la había posicionado, en reserva y a la espera de instrucciones, en la zona del Barranco de Santos, flanco derecho donde finalmente se produjo el grueso del desembarco y la consiguiente lucha callejera.

 

Lucha en la que intervino la citada artillería “violenta”, logrando alejar y empujar a todos los ingleses hacia partes más altas de la ciudad, terminando en el convento de Santo Domingo, donde quedarán definitivamente rodeados.

 

Desde la flota fondeada se realizó un último intento de ayuda a sus tropas en tierra, que ciertamente se encontraban en posición de franca debilidad. Apenas con las primeras luces del día, los ingleses enviaron nuevamente varias lanchas en dirección a la costa, pero los cañones de la punta del Muelle habían sido puestos nuevamente en servicio por los españoles y, disparando junto con las baterías de San Pedro, lograron echar a pique varias de dichas barcazas.

 

El resto de la formación, con algunos desperfectos, tuvo que dar media vuelta. Una vez más el acertado y determinante fuego de la Artillería iba a desbaratar las intenciones enemigas.

 

La capitulación fue la única alternativa de la Royal Navy de Nelson y la inteligente decisión del Mando español en aquellas circunstancias. Cádiz y la flota española estaban bajo bloqueo británico, dejando a Canarias en situación en extremo delicada. El triunfo de Gutiérrez y del pueblo de Tenerife fue eficaz y muy celebrado. Y constituyó el despegue del entonces pequeño “pueblo de pescadores” hacia un futuro prometedor.

 

El fuego artillero tuvo su colofón por un defecto en las comunicaciones. Una vez terminada la batalla, y sin saberlo el teniente al frente de la alejada torre de San Andrés, un navío inglés se puso a tiro y recibió varios disparos desde aquel enclave, obligándoles a picar el cable de fondeo para escapar de las últimas andanadas españolas en tan memorables fechas.

 

Ancla que quedó en el fondo de aquellas profundidades de Anaga hasta que varias décadas después fue recuperada y adecuadamente expuesta en lugar destacado de Santa Cruz.

 

Imagen antigua de la bahía y frente de mar santacrucero, tomada desde La Altura. En primer término, desembocadura del Barranco de Tahodio, con el fuerte de San Miguel a la izquierda

 

 

Si Zurita nos obsequiaba con su exquisita prosa, el poeta canario Zerolo lo hizo antes con unas redondillas que contrastan la dureza del cañoneo que acabamos de resumir con la emotividad de un pájaro, un alegre canario, que cantaba durante la batalla en la tapia del convento, en representación del valor español.

 

Composición que ha exaltado el espíritu patriótico canario y español de muchas generaciones. Con creces se le disculpa la licencia literaria del color de la enseña nacional; la rojigualda era únicamente el pabellón de la Marina de Guerra en 1797.

 

«Atended, que va de cuento. Refiere la tradición que cuando el ronco cañón zumbaba, y el firmamento y la tierra estremecía, en la sangrienta jornada en que dejó demostrada Santa Cruz su bizarría, en la tapia del convento que el inglés quiso asaltar, un canario sin cesar daba sus trinos al viento.

Estaba a la luz del sol, orgulloso el pajarillo, de ostentar el amarillo del estandarte español; y cuanto más acudía la muchedumbre en tropel, más se desataba él en torrentes de armonía.

Fue aquel un día de gloria: en lucha con Inglaterra, los que cayeron en tierra revivieron en la historia.

Tenía que suceder 

Una bala de fusil hizo al pájaro gentil para siempre enmudecer. ¡Tinto en sangre, cara al sol, aquel rey de los cantores mostraba los dos colores del estandarte español!

¿Y el nido? No sé, en verdad, lo que fue del pobre nido. Sólo se cuán atrevido luchó por la libertad el pájaro de mi cuento. ¡Tal vez los hijos quedaron y la victoria cantaron en las tapias del convento!»

 

La unidad actual en la Isla, el Regimiento de Artillería integrado en el Mando de Canarias, es heredero histórico de las tropas artilleras de plaza y milicias que defendieron nuestra tierra tanto en el siglo XVIII como antes y después.

 

Desde estas modestas líneas solicitamos un recuerdo en el callejero de la noble y leal Santa Cruz, Ciudad siempre sensible en esta materia, en justo honor y reconocimiento de aquellos héroes de la Artillería que la mantuvieron invicta y que tanto representaron en su acontecer.

 

 

*  Valeriano WEYLER GONZÁLEZ

Licenciado en Ciencias Químicas por la Universidad de La Laguna (ULL)

Investigador especializado en la Batalla de Santa Cruz de Tenerife, 1797.

Embajador de la Marca Ejército» en Santa Cruz de Tenerife

 

 

Santa Cruz de Tenerife, 24 de julio de 2026.

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