Héroes…
de usar y tirar

AL FINAL DE ESTE ARTÍCULO, TRAS LA FIRMA, PUEDES DEJAR TU OPINIÓN Y RESPUESTA…

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Rosario Duque Fernández *

 

Hace unos días, se publicaba en las redes sociales lo siguiente: «me llamo Natalia, soy médico cirujano en formación. Siempre hemos sido maltratados, pero lo de ahora no tiene nombre ¡Exijo que no nos falten EPIS, ni para mí, ni para mis compañeros, ni falten test, y que haya buenos protocolos! ¡Basta ya! ¡No somos héroes ni tampoco mártires!»

 

Y esto me hizo pensar en lo que pueden sentir mis colegas en esta dura situación de pandemia. Me llamo Rosario Duque, he trabajado durante 40 años en un hospital público en exclusividad. Y tras tanto caminar, estoy de acuerdo con mi joven colega Natalia: siempre hemos sido maltratados. Por poner un ejemplo: ¿en qué profesión o empleo, a cualquier nivel, se obliga a los trabajadores a trabajar sin parar un día entero en jornada continua de mañana, tarde y noche? Incluso en mis primeros años de profesión y durante mucho tiempo, al salir de una guardia de 24 horas, se nos obligaba a seguir trabajando siete horas más haciendo el turno del día siguiente. Solo ganamos la libranza por una huelga impresionante, no porque la administración entendiera que teníamos derecho al descanso como todo el mundo.

 

Así que, ante este desastre actual, no me ha extrañado que se envíe a los sanitarios a luchar en primera fila sin EPIS adecuados, con mascarillas defectuosas, y sin suficientes test para todos. ¡Nuestros héroes se convierten en mártires y encima al contagiarse son portadores de la enfermedad en un círculo vicioso que parece no tener fin!

 

Por todo ello y basándome en los sentimientos que mis compañeros padecen en estos momentos, he querido resumirlos en los siguientes puntos:

 

1.- SENSACIÓN DE ABANDONO: al principio de la pandemia, el periódico El País publicaba: «El gobierno avala que sanitarios con síntomas y sin diagnosticar vuelvan a trabajar con mascarilla» (2020-04-02). Este despropósito logró que algunos colegas con síntomas de covad leves estuvieran trabajando al inicio e incluso realizando guardias, hasta que les pudiesen hacer los test que, a veces, tardaban hasta una semana en realizarse. Más contagios entre ellos, más contagios a los enfermos de otras patologías, más sensación de que poco le importamos a la administración.

 

«Nos consideran de usar y tirar», me contaba Luz Marina. Mucho aplauso ahora, pero en breve volverán las consultas masificadas, sin tiempo para dedicarle a los enfermos, con alta accesibilidad, pero sin razones de urgencia médica, con alta carencia de recursos (humanos y materiales), oyendo a nuestros gobernantes decir que tenemos la mejor sanidad del mundo por rentabilidad política y a costa de los profesionales. En los centros de salud, cuando tenemos guardia 24 horas, traemos la comida de nuestras casas y para hacer visitas a domicilio, tenemos que poner nuestros coches a disposición de la empresa. No cobramos dietas como nuestros políticos. En los hospitales existe el mismo desánimo según nos cuenta una compañera: «No tiene sentido que nos aplaudan y nos llamen héroes, y luego haya precariedad laboral y contratos temporales eternos».

 

Pero todo no ha sido abandono, también tengo sensación de agradecimiento hacia las personas de otras especialidades que se ofrecieron y vinieron a ver pacientes con nosotros, aprendiendo juntos porque no somos expertos en este problema. Y a muchas empresas o pequeños negocios que han tenido detalles trayéndonos comida, bocadillos, café. Margarita refería con ternura cómo un empresario se acercó a su centro de salud y regaló al personal pantallas protectoras realizadas por él con una máquina impresora 3D. ¡Fue un momento emocionante para todos!

 

2.- FALTA DE RECURSOS: este es el punto álgido de la protesta de los sanitarios. María Gudín, neuróloga, refirió hace muy poco en las redes sociales: «al principio no nos daban mascarillas, después una mascarilla diaria quirúrgica. A mí se me rompió un día y estuve todo el turno sin ninguna. Cuando estuve en la planta Covid, solo había un EPI que lo usaba el médico que pasaba planta y veía a todos los enfermos. Los demás pasábamos a nuestros pacientes con dos mascarillas quirúrgicas y un pijama de quirófano. No había suficientes respiradores, y tuvimos incluso que usar los de las ambulancias».

 

Marisa puntualiza: «solo nos dan mascarillas quirúrgicas, las FFP2 únicamente a algún profesional con factor de riesgo». Y yo me pregunto: ¿no es un factor de riesgo estar atendiendo pacientes con Covid 19?

 

Cristina nos cuenta que en su centro solo hay mascarillas quirúrgicas, no de otro tipo más seguras. Sin embargo, Margarita nos comenta que ella recibió cuatro hace un mes, de tipo FFP2, y como se supone que a las 8 horas de uso se inutilizan, las va ahorrando y se las quita entre pacientes. Luis indica que en su hospital al principio sí había restricciones para las mascarillas, pero ahora no las hay. Con los test pasó lo mismo y muchos del servicio se contagiaron. Lo lógico es haber cribado a todos los compañeros y ser más agresivo con los confinamientos. Lo indignante, nos relata otra compañera, es que desde lo más alto estén con prisas para abrir sí o sí todo tipo de consultas ya y no doten de facilidades para proteger al personal. Alex teme que, si se masifican pronto las consultas, no habrá sala de espera adecuada para los pacientes. «Eso no nos favorece ni a los pacientes ni al personal».

 

En Atención primaria, nos decía Marisa, quieren retomar la actividad normal en un tiempo rápido y partiendo de una situación con déficit de medios. Necesitamos personal para realizar triaje en la entrada y control dentro del centro, y poder realizar a la vez nuestro trabajo, potenciar la atención telemática para evitar acudir físicamente, y usar los medios de comunicación para concienciar a la población de la importancia de las medidas de protección individual (mascarillas bien colocadas, lavado de manos y mantener distancia de dos metros), ya que da la sensación de que estamos pasando del miedo atroz al contagio a «no hay problema» porque ya no hay circulación comunitaria del virus.  La cifra escalofriante de casi 46.000 sanitarios contagiados en España es responsabilidad del Gobierno, pero también de todos. Debemos protegernos para no contagiar.

 

3.- DESINFORMACIÓN: Margarita nos dice que lo peor ha sido que no les explican nada. Esto hace que se cree desconfianza a todos los niveles. «Yo recuerdo», puntualiza Luz, «que cuando ocurrió lo de la gripe aviar en 2007, se hicieron protocolos de actuación desde Salud Pública por si llegaba la epidemia, que ahora se podrían utilizar. ¿Dónde están?»

 

Luis nos comenta que, al principio, hubo mucha desinformación, pero, una vez que todo se complicó, la sensación era de improvisación. «Los protocolos», nos dice una compañera que trabaja en el ámbito hospitalario, «se han hecho despacio y uno de los problemas ha sido no tener claro nunca cómo hacer las cosas. Pero también entiendo que esto es nuevo para todos y no debe ser fácil gestionar una pandemia».

 

4.- SOLEDAD Y MIEDO: la soledad que han sufrido los sanitarios ante el Covid ha sido desesperante: Todas las tardes los ciudadanos entre aplausos muestran su agradecimiento, hay conciertos en los balcones, hay ambiente festivo… Pero la cruda realidad de ver cómo decenas de personas morían en el pico máximo de la pandemia, sin dar tiempo a hacer nada por ellos, tomarles la mano para que no se sintieran tan solos mientras partían, ver el sufrimiento de las familias detrás de una puerta gritando «papá, te queremos», y ver salir hacia la morgue decenas y decenas de cadáveres. Esa tremenda y frustrante situación les va a costar afrontarla el resto de sus vidas.

 

«La experiencia peor que te puede pasar», explica María Gudín, «es ver morir a tus familiares y a los familiares de tus compañeros. ¡Eso no se puede explicar con palabras!»  Isabel nos dice: «he decidido comprar yo misma las mascarillas y el protector facial para atender a los pacientes urgentes porque no quiero exponerme al contagio, no solo por mí sino por mis pacientes y por mi familia, por el temor que siempre tengo a poder contagiarles». Juan Manuel Jiménez Muñoz, médico y escritor malagueño, relata en internet: «Al llegar a mi consulta me pongo unas caretas regaladas por el sindicato médico de Málaga y unas batas regaladas por una señora particular, así me protejo un poco del coronavirus. Con esta impúdica vestimenta, atiendo enfermos. Y después, día tras día, vuelvo a la soledad de mi domicilio: llevo seis semanas sin ver a mi mujer, a mis hijos, y a mis nietos, temiendo que cada estornudo mío sea el presagio de un trancazo por coronavirus y que me pille solo en mi sola soledad».  Juzguen ustedes:  héroes, mártires, o simplemente profesionales que se sienten solos y con miedo.  O carne de cañón de usar y tirar.

 

Los médicos en este país somos vocacionales. Pasamos una selección en la que entran los mejores expedientes, hacemos una carrera universitaria de seis años, después una dura oposición para poder acceder a la categoría de MIR o médico en formación de cuatro o cinco años. Los que están en activo están dispuestos a luchar en primera línea, pero no los podemos dejar sin equipos de protección individual, sin las mejores mascarillas, sin los suficientes test de cribaje. Todos nos tenemos que proteger también para protegerlos a ellos, para mimarlos. Y la administración tiene el deber ineludible de organizar la vuelta a la normalidad en las mejores condiciones, sin que les falte de nada, sin que vuelvan a tener miedo. Porque ya es hora que dejen de ser esclavos de élite.

 

* Rosario DUQUE FERNÁNDEZ

Médico. Pediatra. Especialista en Neurología Pediátrica.

Miembro de la Unidad de Neurología Infantil del Hospital Universitario Nuestra Señora de La Candelaria – HUNSC (Jubilada)

Miembro de la Real Academia de Medicina.

Miembro de la Sociedad Canaria de Pediatría.

 

Santa Cruz de Tenerife, 13 de mayo de 2020.

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