Humanos y epidemias…
el cuento de nunca acabar

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Constantino Criado Hernández *

 

Al final casi todo es un problema de Geografía. Incluso esta terrible pandemia que ha venido a “revolcar” nuestro estilo de vida no escapa a un riguroso análisis geográfico.

 

A veces pienso que los europeos que nacimos en la segunda mitad del siglo XX disfrutamos de una era privilegiada; la mejora de la higiene y la alimentación, la difusión de las vacunas y el descubrimiento de los antibióticos nos protegieron de la mayor parte de las enfermedades infecciosas.

 

La primera vacuna que recuerdo fue la de viruela; inoculada en la escuela por unas enfermeras añosas que nos raspaban el hombro izquierdo con una lanceta vertiendo una pizca de líquido verdoso y dejándonos una marca indeleble que, a medida que íbamos creciendo, iba rodándose de sitio. Este sencillo gesto salvó la vida de millones de personas. La plaga de la viruela diezmó generaciones desde tiempos inmemoriales y fue el mal que acabó con la vida de la princesa Pocahontas cuando decidió mudarse a Londres; también liquidaría a tribus enteras de amerindios cuyo aislamiento de los patógenos del Viejo Mundo los dejaba igual de inermes ante ellos como lo estamos todos nosotros ante el SARS-CoV-2.

 

Más tarde recibiría la de la poliomielitis, un virus veraniego que afectaba a los niños y les deja secuelas en forma de minusvalía. Recuerdo una tarde en una cola en el Ayuntamiento de La Laguna en la que un sanitario me dio un terrón de azúcar (como los de los bares de Madrid) con una gota de algo que me recordaba al iodo (ahora Betadine). Para algunos amigos y familiares llegó tarde y a consecuencia de dicha enfermedad padecerían cojera el resto de su vida.

 

La mejora en la alimentación, la higiene y las vacunas nos han ido alejando de las enfermedades infectocontagiosas, al tiempo que los antibióticos supondrían el freno a la lacra de las enfermedades de origen bacteriano como la temida tuberculosis, la sífilis y la gonorrea, la neumonía (o pulmonía como se decía antes), las infecciones postraumáticas y postoperatorias, etc.

 

Pero los virus seguían dando sustos. La famosa gripe de 1918 (me resisto a llamarla española) se llevó por delante a mi abuela paterna con 25 años y dejó a mi padre huérfano con 18 meses de edad; también acabó con mi bisabuelo Raymundo y tumbó en una cama a mi abuelo Isidro, quién cuando se despertó se había convertido de golpe en viudo y huérfano.

 

Más tarde la gripe “asiática” de 1957 llevó a mi padre, con 40 años cumplidos, a ingresar en el hospital Gómez Ulla, donde los avances médicos y una buena genética le salvaron la vida. Esta epidemia se cobró la vida de unos 10.000 españoles en un país de 29 millones de habitantes y en sus fases finales se pudo disponer de una vacuna.

 

Ya en los 80 entró en nuestras vidas el VIH, en poco tiempo se llevó por delante a conocidos y famosos. La ciencia no lo ha logrado vencer con la ansiada vacuna, pero si atajarlo con fármacos avanzados y medidas de prevención.

 

La gripe A nos asustaría en la primavera del 2009. Proveniente de México se expandiría por el planeta y por suerte terminaría siendo menos mala que lo que se esperaba. Hace tres años me la transmitió un imprudente alumno que asistió a una tutoría en mi despacho con una tos importante; según él era alergia. La supuesta alergia me tuvo una semana en cama y me dejó un acúfeno que me duró 2 meses.

 

El terrible Ébola se coló en nuestro país en el 2014 y nos puso de frente a la vulnerabilidad del mundo moderno a estas enfermedades nuevas. Por suerte el único caso de transmisión local se resolvió satisfactoriamente y la epidemia pudo ser controlada en el área de origen, tras matar a más de 10.000 personas.

 

Este repaso, hasta cierto punto vivencial, de las enfermedades infecciosas lleva a hacerse la siguiente pregunta: ¿Por qué somos tan vulnerables a las enfermedades infecciosas?  Y la respuesta es sencilla: “básicamente es un problema geográfico”.

 

Según Jared Diamond (les recomiendo la lectura de su libro “Armas, gérmenes y acero”), empezamos a ser afectados severamente por las epidemias desde que pasamos de vivir en minúsculos grupos de cazadores nómadas a habitar en aldeas, cada vez mayores (hoy tenemos “aldeas” de hasta 30 millones de habitantes) y a domesticar los animales. Esta estrecha convivencia con los animales y su consumo han sido la vía del salto de numerosos virus y bacterias de los animales al hombre. Ahora bien, también es preciso decir que antes de hacernos sedentarios y domesticar animales y plantas las poblaciones humanas eran muy reducidas, con una esperanza de vida que nos asustaría y siempre en riesgo de morir de inanición.

 

Es decir, un cambio en el patrón de asentamiento de la población y en la forma de explotar el territorio nos obligó a enfrentar nuevos riesgos sanitarios.  Pero, además, los patógenos tienen “patria”, saltan de especies concretas con un área de distribución geográfica concreta a otras y allí encuentran poblaciones que nunca han estado en contacto con ellos y que, por tanto, no tienen ninguna inmunidad ante los mismos.

 

Quiere decir con esto que el continuo vaivén de los humanos va siempre acompañado de un trasiego de virus y bacterias. Antaño los movimientos eran muy limitados, pero los había. El contacto entre oriente y occidente, a través de la Ruta de La Seda, supuso la arribada a Europa de la Peste Bubónica (provocada por la bacteria Yersinia pestis) trasmitida por la pulga de la rata negra (Rattus rattus), muy dada ésta a vivir cerca de los humanos. Hay evidencias de pestes en Atenas en el siglo V a.C., en Roma en tiempos de Los Antoninos, la Peste Negra en el siglo XIV (con una mortalidad difícil de calcular, pero que en ciudades como Lübeck acabaría con el 90% de su población), la que afecto a nuestra querida ciudad de La Laguna en 1582 (con unos 5.000 fallecidos), a Garachico en 1606, a Londres en 1665-6, a Marsella en 1720…En todos los casos el comercio fue el vehículo del patógeno.

 

La mejora de las comunicaciones y la popularización de los viajes -gracias al abaratamiento del transporte aéreo- supone un factor de riesgo añadido tal y como estamos viendo. Pero, además, el sistema económico totalmente interconectado y dependiendo en buena medida del movimiento de grandes grupos humanos y su ubicación temporal (turistas o trabajadores) en lugares de alta densidad poblacional vuelven muy difícil el control de las pandemias.

 

Así pues, los aspectos geográficos en lo que se refiere a grandes concentraciones humanas y elevadísima conectividad aérea y terrestre (con la consiguiente circulación de patógenos) son factores favorables a la expansión de la pandemia. Sin embargo, también contamos con activos a nuestro favor en la lucha contra la enfermedad; entre ellos destacaría:

 

– Los avances médicos (incluyendo profilaxis y tratamiento).

– Las comunicaciones (que han permitido y permiten transportar material sanitario básico de una a otra parte del mundo).

– La información, que permite a cada persona saber lo que tiene que hacer en cada momento para evitar contagiar y ser contagiado.

 

Jugando con estas ventajas respecto a aquellas epidemias del pasado ¿Por qué seguimos contagiándonos los canarios? La contestación es sencilla: ¡porque queremos!  Y ahí es donde me duele. Mientras paso unos días en el sur de nuestra isla observó como el número de personas menores de 30 años con mascarilla es anecdótico. Mientras que en La Laguna casi todos llevamos mascarilla en El Médano somos minoría; al preguntar el por qué la contestación es sencilla: “no necesitamos mascarilla porque nosotros estamos bien”.

 

Comercios donde los dependientes (europeos del norte) no llevan mascarilla y el bote, casi vacío, de gel hidroalcohólico está oculto en un rincón, agentes de la autoridad que no la llevan y cumpleaños con más de 80 personas en la playa de la Jaquita…es este un panorama preocupante que hace pensar que el temido rebrote otoñal quizás llegué el 15 de agosto, con su correspondiente carga de muerte, sufrimiento, angustia, impotencia de nuestro sufrido personal sanitario y agudización de nuestra ruina económica. No pasa nada…al final, en unos años, en este desmemoriado país, diremos aquello de: …”te acuerdas de aquella pandemia en la que nos metió Zapatero” …y tan felices.

 

*  Constantino CRIADO HERNÁNDEZ

Profesor de Geografía de la Universidad de La Laguna (ULL)

 

Santa Cruz de Tenerife, 4 de agosto de 2020.

 

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