La elegancia

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Remigio Beneyto Berenguer *

 

 

Hace ya varios años que visito Tenerife por distintos motivos. Actualmente me siento más unido que nunca.  Me ha llamado la atención la elegancia de sus hombres y mujeres. Siempre me ha gustado observar las personas elegantes.

 

Me ha venido a la cabeza una frase de Giorgio Armani sobre la elegancia: «La elegancia es la coherencia. Si no sabemos mirarnos nunca lograremos ser coherentes. Somos lo que somos, no lo que nos gustaría».

 

No me cabe duda que lo más elegante es ser uno mismo. Es lo más natural, porque cuando uno es quién es y no pretende ser una copia ni una imitación, entonces resulta atractivo, porque es natural. No debe olvidarse que somos únicos e irrepetibles, y, por tanto, a poco que pregonemos nuestra singularidad y nuestra diferencia, seremos elegantes.

 

Oscar Wilde añadía: «Sé tú mismo, el resto de los papeles ya están tomados». La naturalidad normalmente va unida con la elegancia.

 

Ciertamente la coherencia no está muy aparejada con la política. Incluso se dice que crea extraños compañeros de cama, aunque Groucho Marx dijo que quien los crea, no es la política sino el matrimonio. Lo cierto es que ser coherente en política debería ser un valor en alza, debería ser lo natural, y, por tanto, estaríamos ante políticos elegantes.

 

Porque nosotros necesitamos saber a quién hemos de depositar nuestro voto, quiénes han de ser nuestros representantes, y no podemos hacerlo si van cambiando como veletas de aquí para allá. Nos cuesta confiar en ellos si están dispuestos a todo por conseguir el voto decisivo, incluso hasta perder su propia identidad, confundiéndose con los partidos opuestos.

 

Nos sentimos traicionados cuando el partido político al que hemos confiado nuestro voto, no tiene reparo alguno en desdecirse de sus propios postulados por seguir conservando el poder. Recuérdese lo que se nos cuenta en la película ‘El último voto’ de Joshua Michael Stern.

 

Coco Chanel dirá que «la libertad siempre es elegante». Una mujer o un hombre que deciden ser ellos mismos, y defienden su libertad y la de los demás, son siempre muy elegantes. La elegancia es ser y saber estar. Queremos estar junto a personas elegantes, junto a quienes nos estimulan, nos dan motivos de esperanza, incluso nos inquietan, pero junto a quienes nos sentimos vivos.

 

La elegancia es el buen gusto. Va reñida con la chabacanería, con la ramplonería, con el insulto, con el doble juego de las palabras y las frases. ¡Hay tanto ramplón que, pensándose gracioso e irónico, insulta! Todos queremos encontrarnos con gente amable y educada. El problema es que quizá, a veces, en ese sentido de ‘masa atontada y alelada’ disfrutamos con el gracioso que alienta a los nuestros y exaspera a los contrarios. Ese no es el camino.

 

Goethe pone en boca de Fausto la siguiente reflexión: «Aspirad tan solo a un éxito modesto, sin imitar nunca a los bufones, que agitan innecesariamente sus cascabeles; para manifestar la razón y el buen sentido no se necesita tanto artificio; además, si es importante lo que habéis de decir, ¿qué necesidad tenéis de ir a la caza de palabras? El camino es el diálogo, la escucha, el buen gusto, el saber estar, la elegancia».

 

La elegancia es la sencillez. Y la sencillez es como si el interior de uno se hiciera visible a los demás, como si lo más profundo de alguien se mostrara radiante al exterior. Lo sencillo nos cautiva, porque es natural y amable. Pero, cuidado, con la falsa sencillez, porque muchas veces esconde engreimiento y soberbia.

 

Y, finalmente, la elegancia es saber escuchar. Pero para saber escuchar hay que valorar al otro, tenerle en cuenta, estar abierto a lo que nos va a decir, porque vamos a aprender de él. Vivimos en una sociedad que no escucha, que sólo está atenta a hablar. Hay infinidad de charlatanes que hablan sin saber lo que dicen.

 

Hay que saber escuchar a los que no piensan como nosotros. Pero para que haya escucha y diálogo con los diferentes, uno ha de tener clara su identidad personal e institucional. Si no hay nada verdaderamente propio, si todo es una mezcla oportunista de ideas y experiencias acogidas sin discriminación es muy difícil el diálogo.

 

La elegancia es valorar al contrario, a quien no hemos votado, cuando trabaja por el bien común. Pero esto es cada vez más difícil. Es cierto que ese reconocimiento depende de la autoridad que tenga esa persona, y del reconocimiento que le dispensemos.

 

José Jiménez Lozano, en Historia de un otoño, escribe: «¡La autoridad! ¡Qué saben los hombres de la autoridad! No aman a sus príncipes, les adulan o les obedecen servilmente, pero si mañana fueren derrotados, bailarían sobre su cadáver. Pero un cristiano no traiciona nunca y ama siempre a su príncipe, aunque tenga que hacerle frente. Y esa autoridad será siempre respetada y amada por nosotros, aun cuando no vaya acompañada del poder y del éxito».

 

 

*  Remigio BENEYTO BERENGUER

Profesor de la Universidad CEU Cardenal Herrera.

Catedrático de Derecho Eclesiástico de la Universidad CEU de Valencia.

Académico de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

 

Islas Canarias, 18 de septiembre de 2022.

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