La fortaleza

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Remigio Beneyto Berenguer *

 

 

La primera condición que ha de tener un político para ser fuerte es conocerse a sí mismo, y responderse con sinceridad por qué está en la política. Si es sabedor de sus cualidades, podrá ponerlas al servicio del bien común. Si las ignora o no las potencia, quedarán escondidas siendo estériles.

 

La fortaleza implica ser capaz de remar contracorriente. Es como el salmón que asciende contra la corriente del río que desciende. Se encontrará con sus propios votantes que no entenderán que el político fuerte pueda valorar los aspectos positivos de los programas electorales de los adversarios. Los votantes quieren ganar, aunque sea despreciando y humillando al otro. Es su signo de identidad. Cuando uno no gobierna y no tiene la responsabilidad de un proyecto común gana en conflictividad.

 

Tendrá también que enfrentarse con su propia ideología. El problema es que a veces el político no tiene demasiada ideología. Su fin es alcanzar el poder y mantenerse. No hay más. Cuando uno se siente fuerte porque sabe lo que quiere y tiene un proyecto, no tiene miedo a pactar. Se fía de los demás porque siempre puede volver a la casilla de salida. Pero cuando uno no sabe lo que quiere, es como una veleta sin ningún tipo de identidad ni de principios, se siente inseguro, tiene miedo al pacto y generalmente adopta posiciones autoritarias.

 

Víctor Hugo decía que no hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo. El problema aparece cuando no fluyen las ideas y no se sabe interpretar el devenir de los tiempos.

 

La fortaleza implica conocimiento y seguridad en uno mismo. La seguridad la proporciona una vida interior sana y profunda, con buenas raíces, que te asientan en la realidad, pero apuntan hacia el cielo. Es difícil tumbar un árbol con fuertes raíces. ¡Qué fácil es derribar uno con débiles raíces! El viento mismo lo lleva de aquí para allá.

 

Muchas veces la fortaleza en política proviene de la adversidad superada. Es la frase “Lo que no mata engorda” o “Lo que no te mata te hace más fuerte” (escrito por David Lagercrantz). Hay que resistir, sabiendo que quien resiste gana.

 

El político puede sentirse inseguro, pequeño, timorato, pero sabe que muchos le siguen, dependen de él. Por eso aguanta, vence sus debilidades y temores, y sigue adelante, mostrando una fortaleza que no tiene. Ser fuerte en política significa ser el primero que enciende la luz y el último que la apaga. Es como la impresionante hoja de servicios de San Pablo, que se describe en la 2ª Carta a los Corintios: azotes, naufragios, peligros en la ciudad, en el mar, en el desierto, entre falsos hermanos, trabajos y fatigas, desvelos, hambre y sed, preocupaciones. Pero él sigue adelante porque como se dice en la película “Senderos de gloria” de Stanley Kubrick: “No te duermas, que, si te duermes, nos matan a todos”.

 

La fortaleza se agranda cuando uno reconoce su debilidad, pero no se limita por la cobardía. El cobarde prefiere vivir sin dignidad que aventurar la propia vida por la verdad o por la justicia. La temeridad no es fortaleza, es inconsciencia. Santo Tomás, citando a Aristóteles, afirma que los audaces se adelantan y buscan el peligro, pero una vez en él, se vuelven atrás, poseídos por el temor.

 

La fortaleza es paciencia y perseverancia. Se aguanta poco, se sufre poco. Se abandona fácilmente. No hay grandeza de ánimo porque no se está dispuesto al sacrificio. Nos cansamos ante las dificultades y abandonamos. Nos convertimos en personas débiles que pierden el valor.

 

La fortaleza va unida a la magnanimidad. La grandeza no va irremediablemente unida al orgullo personal. Es una cualidad personal del que se siente digno y busca la grandeza como medio para servir a los demás. El rey puede ser magnánimo porque es fuerte. La fortaleza y la magnanimidad van unidas a la capacidad de perdón. Sólo el señor puede perdonar, solo quien tiene la fortaleza tiene ese don.

 

El político adornado de la fortaleza no pierde el tiempo en nimiedades, sino que se dedica a lo verdaderamente importante, y a ello le presta toda su atención. No tiene miedo de decir la verdad, aunque ello le reporte peligro. Confía en los demás y es digno de confianza. Está siempre dispuesto a hacer el bien y no es vulnerable a la desesperación ni al desaliento.

 

La fortaleza está reñida con la pusilanimidad. El pusilánime no conoce sus habilidades ni sus fortalezas. El fuerte no ha enterrado sus dones, sino que los ha hecho fructificar.

 

*  Remigio BENEYTO BERENGUER

Profesor de la Universidad CEU Cardenal Herrera.

Catedrático de Derecho Eclesiástico de la Universidad CEU de Valencia.

Académico de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

 

 

Islas Canarias, 9 de mayo de 2022.

 

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