La pandemia:
¿aprender a esperar?

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Susana Isoletta Cruz *

 

Al inicio de la pandemia, muchas familias se dedicaron a fabricar pan y de forma tan intensa que las existencias de harina se agotaron en algunas tiendas.

 

Esas personas volvieron al alimento más primario ante la situación de indefensión y el miedo a la enfermedad: el pan.

 

A continuación, las estadísticas señalaron que se aumentó el consumo de cervezas. También los chocolates, los dulces en general. La ansiedad parecía poder ser calmada a base de alimentos y bebidas.

 

Es obvio que el virus genera ansiedad, y en ese contexto los alimentos y bebidas pueden ser la forma más accesible de procurar su control.

 

Los sanitarios registraron cómo se incrementaba el uso de los psicofármacos, con el mismo objetivo ansiolítico.

 

En los inicios de la pandemia la opinión mundial “autorizada” sostenía que en poco tiempo el virus sería vencido mediante un medicamento, una vacuna o simplemente se esfumaría en el aire de la misma forma en que había aparecido.

 

Las autoridades emitían opiniones contradictorias, a veces producto de la falta de certeza científica, otras como teorías aventuradas.

 

El tiempo ha ido transcurriendo mientras que la epidemia se extiende universalmente.

 

La salida se percibe como un túnel de final lejano, y los medios para protegernos no son infalibles.

 

Todo ello no sólo produce síntomas psíquicos, sino que desmorona sectores económicos estableciendo un círculo negativo respecto de la ansiedad.

 

Estudios recientes demuestran que el contagio se produce en los encuentros familiares y en los botellones juveniles.

 

Tal vez imaginamos que las personas conocidas, especialmente las que queremos, son inocuas.

 

Como si el afecto funcionara como una especie de protección:  algunos amigos y familiares se abrazan confiados.

 

¿Tal vez pensamos que aquellos que pueden contagiarnos lo hacen voluntariamente? ¿Creemos que el amor es una barrera infranqueable?

 

La subjetividad se pone en juego en todas estas cuestiones.

 

El punto de vista negacionista es también subjetivo y hasta mágico: “si no creo en el virus, éste no existe, por lo tanto, no me contagiaré”

 

Ansiedad, creencias, magia…

 

Cuando la ciencia no proporciona las respuestas que necesitamos acudimos a la subjetividad, y podemos aferrarnos a la magia.

 

Aprender a esperar, ¿será esta la lección que en nuestros tiempos de vivo-en-urgencia-permanente habrá que aprender? Absolutamente sí.

 

ES-PE-RAR es la primera lección que la cultura proporciona al bebé humano, y esta vez debemos incorporarla universalmente.

 

 

* Susana ISOLETTA CRUZ

Lcda. en Psicología por la Universidad Nacional de Rosario (Argentina)

Especializada en Test Rorschach (Escuela Rorschach de Rosario)

Especializada en Psicología Clínica (Madrid)

 

www.susanaisoletta.com

 

22 de octubre de 2020.

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