La perseverancia

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Remigio Beneyto Berenguer *

 

 

Es la virtud que nos mueve a seguir y tratar de resolver los problemas, a pesar de las dificultades. Es la firmeza de buscar sin desfallecer, sin abandonar. Confieso que, cuando solo hay nubarrones en el cielo, la tentación está en meterse en casa, estar caliente y olvidarse del mundo.

 

Pero hay que seguir adelante. Otros esperan que resistamos. La batalla está ganada, pero para ello debemos estar listos. El decir: “No puedo más y aquí me quedo” es una especie de cobardía, una expresión de pereza intelectual. Confieso que cuando te esfuerzas por el bien común, y únicamente recibes críticas o malentendidos, la primera reacción es abandonar y preocuparte únicamente de ti y de los tuyos, que ya es bastante trabajo.

 

Pero hay tanto que hacer, que no podemos encerrarnos. Debemos buscar la verdad, practicar la virtud y denunciar las injusticias. El Obispo Desmond Tutu, recientemente fallecido, premio Nobel de la Paz y famoso por su lucha contra el apartheid decía: “Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el bando del opresor”.

 

Ciertamente tenemos el peligro de abandonar, de conformarse con las medias tintas, con la mediocridad. ¡Hay tanta mediocridad en el mundo! Es un mal que lo invade todo. La sociedad no quiere a los brillantes, sino a los mediocres. Los brillantes les ciegan los ojos y no ven. El brillante complica la vida, porque nos cuestiona, nos interpela, nos hace pensar. El mediocre, en cambio, es fácil de manejar, siempre y cuando le proveas de lo imprescindible para sentirse feliz, aunque con falta de libertad.

 

No podemos olvidar que para ser brillante hay que ser perseverante. Hay que tener por compañero el sacrificio; sacrificio entendido como esfuerzo que alguien se impone a sí mismo para conseguir o merecer algo o para beneficiar a alguien. Sacrificio y perseverancia con los que se consiguen superar nuestros propios límites, levantándose constantemente, a pesar de las caídas; siguiendo siempre adelante, abriendo nuevas rutas, explorando nuevos caminos, reinventándose como se dice ahora. Los límites nos los ponemos nosotros mismos. Los ganadores nunca se rinden y los que se rinden, nunca ganan.

 

Parte fundamental de la perseverancia es tener la capacidad de escuchar y esperar el momento adecuado para poder cambiar el curso de los tiempos. Es estar dispuesto a revisar y analizar la planificación en relación con la consecución de los objetivos. Hay que conocer y controlar los posibles riesgos y ser flexible para cambiar de itinerario. El perseverante es quien cae, se levanta, pero aprende de sus errores, no sigue incurriendo en los mismos, no está instalado en la sinrazón de tropezar varias veces en la misma piedra. Antes las dificultades, el perseverante ve estímulos, oportunidades, motivaciones y retos para construir puentes. No obstante, hay quienes no son perseverantes, son tercos. Son los que están encantados de haberse conocido, los vanidosos, los que todo lo hacen bien, los que no cambian, porque eso supondría aceptar el que se han equivocado y, al final, no tropiezan, sino que caen en el pozo, y nos arrastran a todos. Cuando alguien insiste en seguir por un callejón sin salida, adulado por incompetentes o egoístas interesados, encontrará frustración y tristeza.

 

Por esta razón hemos de estar preparados para el combate, sobre todo para la lucha con uno mismo, con nuestros complejos, perezas, debilidades, orgullos y vanidades. Cada uno de nosotros hemos de darnos cuenta que no somos lo mejor del mundo, pero intentar ser lo mejor que podamos ser. Hace tiempo que he descubierto que nos cuesta mucho más ver nuestras cualidades que nuestros defectos. Es imprescindible conocer aquello en lo que somos excelentes y ponerlo al servicio del bien común. Hemos de darnos cuenta de nuestras debilidades (todos las tenemos), pero no nos pueden abocar a la desesperación o hacer de nosotros hombres acomplejados. Entonces el resentimiento se apodera de nosotros, nos hace infelices y todo lo que tocamos, se resiente.

 

Todos, absolutamente todos, tenemos la capacidad de cambiar a mejor el mundo en el que vivimos. Con nuestras pequeñas acciones de cada día estamos respondiendo a los grandes desafíos de la humanidad: el hambre, la desigualdad, el paro, la corrupción, la contaminación. Todos tenemos la obligación de dejar el mundo en mejores condiciones. La mejor herencia para las futuras generaciones es esforzarse por cambiar nuestro entorno, contagiar alegría, bondad y generosidad, y desterrar la tristeza, la amargura y la envidia.

En la película “La Lista de Schindler” de Steven Spielberg, el judío le dice a Oskar Schindler la frase del Talmud: “Quien salva una vida, salva el mundo entero”.

Por eso debemos perseverar todos los días, cada uno en su lugar, por cuidar de nosotros, de nuestros próximos, y así iremos cambiando el mundo a mejor.

 

 

*  Remigio BENEYTO BERENGUER

Profesor de la Universidad CEU Cardenal Herrera.

Catedrático de Derecho Eclesiástico de la Universidad CEU de Valencia.

Académico de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

 

 

Islas Canarias, 20 de julio de 2022.

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