La soledad

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Remigio Beneyto Berenguer *

 

 

Reconozco que he llorado estos días por la invasión de Ucrania por parte de Rusia, bajo el mandato de Vladímir Putin. Precisamente acabábamos de tratar en clase la encíclica ‘Pacem in terris’ de San Juan XXIII, donde se defiende que las relaciones internacionales deben regirse por la ley moral, por la verdad, por la justicia, por el principio de la solidaridad activa y por la libertad; donde se proclama la necesidad de una autoridad pública de alcance mundial, establecida por acuerdo general de las naciones, que proteja los derechos de las personas y la independencia y soberanía de los Estados; donde se concluye en la necesidad de orar por la paz.

 

Acababa de leer en una de las clases un artículo mío sobre la lealtad en política, en el que refería que la lealtad no es exaltación de la propia identidad a base de despreciar y excluir a los diferentes, ya que esta actitud es propia de los inmaduros y acomplejados; donde decía que el que está seguro de sí mismo, ve en los demás lo positivo, se esfuerza en tender puentes para alcanzar la finalidad perseguida por cualquier político en su sano juicio: el bien común.  Y finalizaba citando a José Jiménez Lozano en ‘Historia de un otoño’: ¡La autoridad! ¡Qué saben los hombres de la autoridad! No aman a sus príncipes, les adulan o les obedecen servilmente, pero si mañana fueren derrotados, bailarían sobre su cadáver. Putin: «ten en cuenta que este será tu final».

 

Recientemente había visionado otra vez un video de mi juventud: ‘El pez sin samaritano’, en el que un pez quedó fuera del agua y pedía ayuda a los demás. La tarea era fácil: devolverle al agua, aunque fuera con un palo. Se encontró con un individuo que tenía la causa noble de no poder perder tiempo ya que estaba muy ocupado. Después con otro individuo que no sabía, que no tenía, que no podía, que se planteaba todos los pros y contras de devolverle al agua o dejarlo allí; después con otro que, sin darse cuenta que el pobre pez ya no podía respirar, le insta a contarle su situación para ver si lo entendía, llegando a plantearle, antes de ayudarle, si quizá no tendría él la culpa, porque lo que debía hacer es encontrar la forma de ayudarse a sí mismo. No iba a estar necesitando de los demás para remediar su situación. El pez cada vez estaba peor, no veía nada, no podía pensar, pedía auxilio desesperadamente sin que nadie le ayudara. Finalmente pasó el último hombre quien, no oyendo ya al pez, porque no le quedaba aliento, dijo: «El mar es cruel cuando se pone bravo» y se marchó. El pez finalmente murió. Hubo un estridente silencio en la playa.

 

No he podido evitar las lágrimas porque me imagino a los habitantes de Ucrania. Ruego perdonen mi atrevimiento e incultura, pero, a pesar de ser un profesor de Derecho, no he podido resistirme a pensar: ¿Para qué sirve el Derecho Internacional? Por supuesto que sé que ustedes saben que yo conozco el derecho internacional, pero también me aceptarán que, si ante una violación tan flagrante del Derecho Internacional, dejamos solos al Estado invadido de manera totalmente injusta, la pregunta que me atormenta es necesaria.

 

Es la soledad de quien se creía que estaba protegido por los demás y resulta que cuando las cosas pintan mal, está más solo que la una. El presidente de Ucrania, Zelenski, se quejaba en las redes sociales diciendo: «Nos dejaron solos para defender nuestro Estado, todo el mundo tiene miedo». Es la soledad del pequeño frente al grande y abusón que le invade. Es una soledad angustiosa e incluso contagiosa, porque nos hace ver qué pasará cuando seamos nosotros los atropellados. Es la soledad frente a un mundo con una falta de empatía sin igual, con una falta de liderazgo espantosa y con un miedo a perder nuestra zona de confort.

 

La comunidad internacional debe actuar, sin excusas, sin remilgos, ante esta gran injusticia. Ha de trabajar por su libertad y por su dignidad, la de la comunidad internacional, no solo la del pueblo ucraniano. Está en juego la dignidad mundial. Si se permite que el matón fije sus leyes frente a todo el orden mundial, hemos perdido ya la dignidad, y la dignidad solo se pierde una vez. La próxima vez ya no la tenemos.

 

No estoy animando a más violencia ni a más confrontación. Soy católico y he de proclamar el diálogo y la paz. Pero sí estoy animando a la diplomacia internacional a ser más valientes, a arriesgar más, a pensar en que allí, en medio de la barbarie de un loco, están nuestros hijos, nuestros padres, nuestros maridos y mujeres, nuestras familias, amigos. Estoy animando a que desde todos los sectores de la sociedad se advierta al pueblo ruso que no puede seguir liderado por alguien que no respeta el derecho internacional, que esto tendrá consecuencias dramáticas para todos.

 

Estoy animando a que todos los líderes se manifiesten en contra de esta tragedia inútil y sin sentido. Estoy animando a todos a manifestarse en todas las plazas del mundo a denunciar esta injusticia, a defender al débil, a que el opresor se vea acorralado por todo el orbe mundial, sin fisuras, sin abstenciones. Si de ahora en adelante las relaciones internacionales se han de regir por la fuerza, por el poder del más fuerte, del que amenaza, entonces ya todo está perdido. Solo nos quedará rezar.

 

 

*  Remigio BENEYTO BERENGUER

Profesor de la Universidad CEU Cardenal Herrera.

Catedrático de Derecho Eclesiástico de la Universidad CEU de Valencia.

Académico de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

 

Islas Canarias, 5 de abril de 2022.

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