Los canarios:
¿miedosos o fóbicos?

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Susana Isoletta Cruz *

 

Pues… ambos.

 

En mi experiencia profesional he podido comprobar lo extendido de este malestar. Y daré algunos ejemplos: miedo a subir a un ascensor, a la soledad, a volar. Se observa en chicas y hombres de todas las edades; algunos lo toman como una debilidad, lo ocultan y disfrazan ante las personas de menor confianza.

 

En el extremo, revelan el obstáculo a los cuatro vientos: “uy, con Fulanito no se puede ir a navegar porque se agobia mucho, se lo pasa muy mal y nos da la tarde a todos”… “¿Has preparado el ansiolítico para coger el avión? María es incapaz de volar sin sus medicamentos”

 

Estos sambenitos de miedosos no suelen ayudar a superar las dificultades, más bien se cristalizan como un aspecto pegado a la identidad.

 

Es esperable que animales como las ratas despierten repugnancia, pero de allí a experimentar taquicardia, lanzarse a correr despavorido o quedarse paralizado existe una gran distancia. En ese instante la rata es casi tan peligrosa como un tigre.

 

Y el tema es ese. Para una persona que padece fobia el enfrentarse con ese elemento (un animal doméstico, viajar en avión, barco), es sentido como un riesgo de muerte, y se dispara la angustia.

 

En ocasiones el sentimiento es tan intenso que se acompaña de dolores en el pecho, y el susto se incrementa al pensar que se trata de un ataque cardíaco.

 

Estábamos hablando de miedo y nos hemos deslizado hacia la fobia, sin embargo, existen diferencias.

 

El miedo es un sentimiento universal desde la infancia: a la noche, a la oscuridad, a la soledad. Muy intenso en los niños, con el desarrollo se atenúa paulatinamente.

 

Una paradoja: ¿El miedo es protector? Pues sí: agudiza los sentidos y prepara la acción. Es maravilloso ver andar sigilosamente a un gatito cuando presiente algún peligro. En este punto los humanos podemos funcionar de igual manera. Las caras y los gestos del público ante una película de suspense son también ilustrativos.

 

Es frecuente e incluso saludable sentir miedo cuando tenemos poca experiencia en una actividad. Para el novato al volante de un coche es conveniente hacerlo con cierto temor y cautela, ese miedo “gatuno” nos hace ir de a poco y reflexivamente. El dicho popular italiano así lo ilustra:

 

Chi va piano va lontano,

(quien va despacio va lejos)

 

Pero en la fobia la cuestión es otra, el temor no está justificado por el peligro que entraña el animal o el objeto. Otro aspecto fundamental es su intensidad: puede ser tan fuerte y paralizante que impide realizar la actividad. En alguna ocasión he visto pasajeros descender de un avión por sentirse incapaces de contener el malestar emocional.

 

“Es que de pequeño me han asustado mucho mis primos” (puede argumentar el paciente). No contradecimos la teoría, pero tampoco la aceptamos.

 

Las causas de la fobia son múltiples y suelen ser desconocidas para el propio paciente. Podemos compararla a una madeja de lana que se ha enrevesado demasiado, cuya punta debemos buscar con esmero e ir desmadejando poco a poco.

 

Para superarla nada menos indicado que el enfrentamiento brusco con el elemento que llamaremos fobígeno (aún peor si no es voluntario). Por el contrario, despierta intensa angustia y puede aumentar aún más el rechazo.

 

No hay protocolos para superar los miedos y las fobias porque, afortunadamente, los seres humanos somos más complejos que una fórmula.

 

En cada caso, y en el curso de una psicoterapia ayudamos a desenredar ese malestar ligado a diferentes experiencias y sentimientos de la historia personal. Lo desmadejamos mediante la palabra, tocando temas aparentemente muy alejados del nudo en cuestión.

 

¿Es diferente en las islas? La experiencia clínica compartida por numerosos colegas muestra que estos síntomas suelen ser más frecuentes en isleños de todo el mundo, pero no existen estudios estadísticos al respecto.

 

Fundamental es subrayar que el miedo y la fobia son malestares que se presentan a lo largo y ancho del mundo cualquiera sea el tamaño del territorio. Este, por sus características, suele ayudar a la presencia o no de ciertos síntomas. Por ejemplo, en un pueblo de pescadores es menos frecuente el miedo al agua que en la meseta. Los niños de la India no temen a los monos, vacas ni los elefantes que se pasean libremente por las ciudades.

 

Reflexionando acerca de sus causas nos hemos remitido a la territorialidad, es decir a ese espacio físico que consideramos de nuestra pertenencia y que está ligado al amor al terruño, al barrio, al paisaje. Ese paisaje y ese “paisanaje” que es testigo de la historia de cada persona.

 

Esos lugares peculiares que en cada persona adquieren un cierto aspecto mítico, sagrado. El rincón de la plaza de un beso de amor adolescente, el bosque de las primeras aventuras y escapadas juveniles.

 

Junto a esos lugares míticos, idealizados y queridos están los espacios que recuerdan los momentos dolorosos, las pérdidas de seres entrañables. También los que representan situaciones de conflicto.

 

En el caso concreto de canarias la comunicación ha sido complicada entre las islas y esto ha hecho que el territorio afectivo se haya visto reducido hasta hace algunos años a la isla de nacimiento.

 

Por cuestiones diversas son recientes las generaciones que aspiran a viajar más allá de la isla de origen o a la península.

 

La mirada de control de vecinos, familiares, personas conocidas es infinitamente más cercana que en las grandes urbes (los medios de transporte facilitan el alejamiento y también, por qué no decirlo, el ocultamiento).

 

De esta manera ciertos aspectos de la vida privada pueden ser resguardados de miradas, comentarios indiscretos y no deseados. En síntesis, podemos decir que la posibilidad de control social es menor.

 

Hay personas que dicen: “no tengo nada que ocultar”, “no me importa que me vean parientes o vecinos”. Pero no es esa la cuestión. La convicción de ser invisible y anónimo genera sensaciones de libertad, de expansión, difícil de conseguir en un territorio reducido.

 

Y ese mayor control social puede ser una de las causas de una actitud más defensiva, expectante y por tanto más proclive a la aparición de la angustia, al incremento del miedo y a la formación de fobias.

 

El miedo a la soledad, el temor a los espacios abiertos (agorafobia) es también frecuente. Los espacios conocidos, el apoyo emocional de los familiares más cercanos, funcionan en estas personas como un soporte indispensable, son una parte subjetiva del propio cuerpo.

 

Miedo y placer de acercarse y alejarse, malestar y bienestar del ser del isleño.

 

* Susana ISOLETTA CRUZ

Lcda. en Psicología por la Universidad Nacional de Rosario (Argentina)

Especializada en Test Rorschach (Escuela Rorschach de Rosario)

Especializada en Psicología Clínica (Madrid)

 

www.susanaisoletta.com

 

29 de abril de 2020.

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