Peripecias de un analógico
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Remigio Beneyto Berenguer *
Hace tiempo que no he podido publicar en Canarias en Positivo por tener que dedicarme a otros menesteres más urgentes. Me he decidido a hacerlo sobre este asunto tan intrascendente como una forma de manifestar mi rechazo a la poca atención que merecen las personas mayores o las personas con poca formación tecnológica. Ese es mi caso.
En el año 2022 un jubilado valenciano lanzó la campaña: “Soy mayor, no idiota”, para exigir un trato humano y sin exclusión digital en los bancos.
Yo creo que sí soy idiota, porque cada vez me siento más mayor y necesito más trato humano en las relaciones comerciales. Constantemente me siento torpe cuando he de usar aparatos o instrumentos que, se supone, debían contribuir a un mejor servicio.
En una ciudad cualquiera, aparcas el coche en una zona azul, vas al parquímetro y te encuentras con un ordenador. Para empezar, no sabes dónde has de pulsar para que se ponga en marcha. Cuando lo adivinas, te dice que pongas la matrícula del coche, con las dificultades consiguientes de encontrar las letras en el teclado.
Después has de decidir inmediatamente cuánto va a durar tu visita en esa ciudad, pues ha de poner ese plazo de tiempo en la máquina. Cuando, estando de vacaciones, ya has tenido que estresarte para decidir que la visita de esa ciudad va a durar dos horas como máximo, y, por supuesto, has pagado ya (bien mediante la tarjeta o con monedas), no sale ningún ticket.
Entonces piensas: “Lo he hecho mal”, pero el problema es que has pagado ya. Te vas a otro parquímetro por si éste no funcionaba. Vuelves a repetir la operación, y aparece en la pantalla: “Usted ya ha abonado la cantidad”. Piensas: “Ya lo sé, pero no tengo el ticket para ponerlo en el salpicadero del coche”. Pienso: “¡Todos los parquímetros no pueden estar estropeados!”. Voy al tercer parquímetro y se repite la historia.
Al final voy a realizar la rápida visita a la ciudad con el poco tiempo que me queda, con la intranquilidad de que venga al Guardia respectivo y no vea el ticket, e inicie el proceso de multa y retirada del coche. Todo un estrés. Me imagino que la respuesta sería que el guardia podría ver en su Tablet que el coche que estaba allí aparcado había pagado la correspondiente tasa de aparcamiento.
En una carretera cualquiera, necesito poner gasolina al coche. Me detengo en una gasolinera, donde no hay nadie que atienda el servicio, y donde la tienda está cerrada. O sea, uno se encuentra en una terrible soledad e indefensión a la hora de poner gasolina. Hay 8 puestos, cojo el número 7.
Después de pagar primero, por supuesto, mediante la correspondiente tarjeta bancaria 60 euros para repostar, me encuentro con que no sale gasolina del mango.
Entonces qué hago. Pregunto al propietario que está repostando en el puesto 8, y me dice que lo he hecho todo bien, pero no sale la gasolina y me ha desaparecido el dinero. ¿Qué debo hacer?
Ni siquiera puedo quejarme ante nadie. Menos mal que acudió mi atrofiada competencia tecnológica y pude arreglar la manivela del mango del surtidor y entonces salió la gasolina que había pagado anteriormente. En todos estos momentos pienso en un jubilado al que no le queda más remedio que no salir de casa, sobre todo si es torpe como yo.
Hace un tiempo alquilé un coche para un viaje largo. Me encontré con un ordenador con ruedas. Abro el coche, y empiezo a poner las maletas en el maletero. Desde mi casa al coche aparcado había tres metros, y cada vez que hacía ese trayecto, se abría y se cerraba el coche.
Para cerrar el maletero, casi lo rompo, porque quería cerrarlo como siempre, sin advertir que simplemente había que pulsar una pegatina que casi no se veía. Iniciado el viaje, notaba una falta de intimidad porque ese ordenador con ruedas no cesaba de hablar y de pitar. Era imposible mantener una conversación y escuchar música.
En una hora de trayecto te podría dar más de cien órdenes de cómo y por dónde debías circular. Si pasabas un kilómetro de lo permitido, se ponía a pitar; si te acercabas a la raya de separación de la carretera, se volvía loco y te advertía que debía mantener el control; si se acercaba un radar, te daba un susto de muerte por el estruendo que originaba.
En el coche solo debías manejar el volante, porque todo lo demás estaba ya organizado: caía una gota y se ponía en marcha el limpia parabrisas; se encendían las distintas luces (de posición, larga, antiniebla, etc.) según la programación que le hubieran puesto. Tras una hora de viaje, se cerraron los retrovisores del coche, pero el coche seguía abierto. No podía cerrarse el coche ni abrir los retrovisores. Una indefensión absoluta.
Menos mal que el suceso me ocurrió en una gasolinera, en la que sí había un dependiente que reclamó la presencia de un mecánico (que casualmente estaba en el bar de la gasolinera), vino y apretó simplemente un botón. Al parecer, con el codo había apretado un botón que no debía apretar.
La empresa que había alquilado el coche me había comunicado unos teléfonos a los que podía llamar si surgía alguna incidencia. Llamé y apareció una aplicación que inició su interrogatorio: “Si es usted cliente de…, marque 1; si es cliente de…marque 2; si no es cliente marque 3”. Marqué el 1. Siguió la aplicación: “Si quiere alquilar un vehículo, marque 1; si quiere devolverlo, marque 2; si quiere otra cosa, marque 3”. Marqué el 3.
Siguió la aplicación: “Si quiere modificar el contrato, marque 1; si quiere ampliarlo, marque 2; si quiere revisarlo, marque 3; si quiere comunicar una avería, marque 3; si quiere otra cosa, vuelva al menú”.
Volví al menú y me dice la aplicación: ¿Está contento con el servicio? Simplemente, quería saber si podía devolver el coche una hora antes. Parece ser que el informático no había previsto esa circunstancia, que simplemente quería hacer una pregunta.
Llamé al teléfono de la oficina de la empresa. Sale otra aplicación: “Si quiere hablar en castellano, marque 1; si quiere en valenciano, marque 2; si quiere en inglés, marque el 3”. Marco el 1; Y volvemos a empezar, pero aquí había un 5, que decía: “Si quiere otra cosa, espere”. Me ilusioné, y entonces empieza a sonar una música relajante.
Después de dos minutos de música, aparece una voz que dice que todos los operadores están ocupados, que agradecen mi paciencia y que espere. Dos minutos más de música relajante. Al final colgué el teléfono.
No pueden imaginarse la impotencia que se siente en esos momentos en que necesitas que te atiendan. Desgraciadamente no es un problema anecdótico o casual, sino más habitual de lo deseable.
Según mi opinión, se presenta como un mejor servicio, y, en cambio, es simplemente un ahorro en personal, que repercute en un peor servicio para los usuarios. En cambio, cuando vas a la oficina a reservar ya no se pone en marcha una aplicación, sino que te atiende una persona muy amable que te soluciona cualquier problema.
¿Están las empresas prestando un mejor servicio, teniendo en cuenta que el 27% de los españoles tiene ya más de 60 años?
Quizá tendremos que adquirir nuestros productos o acceder a los servicios de aquellas empresas que tengan una atención más humana y personalizada.
O quizá tendremos que ir pensando en la fuerza que tenemos los ancianos y crear un partido político que defienda los intereses de los pensionistas, jubilados y personas mayores. Creo que ya hay en Países Bajos, en Eslovenia, en Noruega y en Croacia, entre otros países.
* Remigio BENEYTO BERENGUER
Profesor Catedrático de la Universidad CEU Cardenal Herrera.
Departamento de Ciencias Jurídicas
Catedrático de Derecho Eclesiástico de la Universidad CEU de Valencia.
Académico de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.
Islas Canarias, 11 de agosto de 2026



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