¿Por qué no puedo ser diferente?

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Remigio Beneyto Berenguer *

 

 

Parece ser que el adolescente o el joven que no esté en las redes sociales está muerto, queda abocado al olvido del grupo, que se autogestiona y organiza, y lo tilda de “raro” e “independiente”. Y yo me planteo ¿Cuál es el problema de ser diferente? Nunca he estado en las redes sociales.

 

Cada persona es el milagro más grande de la naturaleza, es único e irrepetible. Es “raro”, es “auténtico”, es “independiente”, es “diferente”, es “irrepetible”, con móvil o sin móvil, en las redes o fuera de las redes, porque, como él, o como ella, no ha habido nadie en la historia, ni lo hay ni lo habrá. Por tanto. ¿Cuál es el problema?

 

Hace dos años viajaba en tren y en metro. Y asistía todos los días a una auténtica generación de “muertos vivientes; amigos que ya no hablan como antes, porque los dos están viendo “no sé qué” en el móvil; parejas de novios que ya no se cogen de la mano o no se besan, porque están ocupados mirando el móvil uno junto al otro; recuerdo un día que, de 20 personas que había en un vagón del metro, 16 estaban mirando el móvil al mismo tiempo. Y yo me pregunto: ¿Por qué tengo que ser como ellos? ¿Quién está muerto?

 

Yo me siento en el metro y me fijo en los demás, estoy preparado para ceder el asiento a quien lo necesite, puedo hablar con quién se sienta a mi lado, y comparto esos minutos de viaje, mirando a los ojos, mostrándole que es importante para mí.

 

Me niego a que las relaciones personales las marque el móvil y las redes sociales. Un adolescente tiene 300 amigos virtuales, pero no va a visitar a ninguno cuando está enfermo. Tampoco le atenderán ninguno de sus amigos virtuales, cuando les necesite. No digamos ya la capacidad de hacer tonterías que tiene una persona por conseguir más “likes” o “me gusta”. Se supera el umbral de lo permitido en la dignidad, pasando a la esfera de la “imbecillitas”.

 

Hemos de enseñar al adolescente a que vaya conformando su identidad, su personalidad sabiendo que es único e irrepetible, diferente, y que no tiene por qué ser como todos. Son incapaces de vivir sin su móvil, sin estar en las redes. Pero ¿para qué esa constante conexión? ¿Quién les llama? ¿Quién les escribe? ¿Son más libres? ¿Cuál es el contenido de los mensajes que reciben?

 

Recuerdo una vez que alguien recibió un WhatsApp con una gallina con dos cabezas. Durante unos cuantos días todos comentaban las dos cabezas de la gallina. Te dabas cuenta que la gallina tenía dos pero la mayoría de ellos no llegaban a tener una. Es una auténtica globalización de la tontería, de lo banal y superficial, de lo anecdótico.

 

En otra ocasión me comentaba alguien que ya se había borrado de los grupos de WhatsApp, porque empezaba a sentirse absurdo. Alguien a las 8 de la mañana decía “buenos días” e inmediatamente los 24 del grupo se veían obligados a enviar otro, diciendo “buenos días”. Se sentía estresado porque ¿Cómo no iba él a decir al grupo “buenos días”? Esa obligación multiplicada por varios grupos constituía un auténtico agobio.

 

Ya hay jóvenes que no quieren el móvil, porque no pueden estudiar, no pueden concentrarse, se sienten esclavos del móvil y de las redes. Sienten que les están secuestrando. Además, notan que tienen una sobreabundancia de información que no saben procesar, no saben deslindar la auténtica información de la basura mediática.

 

Pero ¿Y los padres y madres? ¿Acaso no están regalando a sus hijos o a los hijos de sus familiares y amigos móviles incluso a la edad de 8 o 9 años? ¿Para qué lo necesitan? ¿Son conscientes de lo que están haciendo? Pero ¿Acaso los adultos somos libres en el uso de los móviles y de las redes? ¿Tenemos la capacidad de ser diferentes?

 

Umberto Eco en el periódico “La Stampa” dijo: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino si dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora, en cambio, tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”.

 

Por las redes todos saben de todo, opinan de todo, de lo humano y de lo divino, y lo hacen con tal petulancia que se comportan de manera ridícula. Es como si yo pretendiera opinar sobre el derecho aeronáutico. La persona inteligente, cuando no sabe de algo, escucha y aprende; pero el inconsciente, cual ignorante, habla sin parar, es muy activo en las redes, y muestra sus vergüenzas. El drama de las redes, como decía Eco en ABC, es que ha elevado al tonto del pueblo a la categoría de portador de la verdad.

 

Seamos diferentes, porque realmente lo somos. Es una urgencia.

 

 

*  Remigio BENEYTO BERENGUER

Profesor de la Universidad CEU Cardenal Herrera.

Catedrático de Derecho Eclesiástico de la Universidad CEU de Valencia.

Académico de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

 

Islas Canarias, 25 de agosto de 2022.

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