Pregunta siempre…
a ser posible, a muchos.

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Ricardo Borges Jurado *

 

Por aquello de enumerar:

 

1- Hace unos años escuché una conferencia de López de Arriortúa –Superlópez- acerca de su experiencia en el sector automovilístico. General Motors (empresa de la cual llegó a ser el número dos) estaba prácticamente en la quiebra y su reestructuración implicaba el despido de miles de trabajadores en todo el mundo. Él tomó una iniciativa inédita: no habló con los ingenieros ni con los administradores; fue pidiendo opiniones a los operarios, a los administrativos, a los conserjes, a los transportistas y les preguntó cómo mejorarían su trabajo diario para hacerlo más eficiente. La empresa con 11.000 millones de pérdidas ganaba 940 millones al cabo de un año. No se despidió a persona alguna. «La mayor riqueza de una empresa no está en sus edificios, ni en sus fábricas sino en las personas que en ella trabajan». Los empleados tenían muchas ideas de mejora y se extrañaron de que, tras décadas como trabajadores, por vez primera alguien les viniese a preguntar.

 

2- Durante mi luna de miel, de eso hace un par de décadas, hubo un naufragio frente al puerto de la isla de Paros (Mar Egeo, Grecia): 65 muertos y 450 rescatados en el mar. Paros debe ser de tamaño e infraestructuras similares a las de El Hierro. A su pequeño dispensario/hospital llegaron en menos de 2 horas unos doscientas pacientes. Ni siquiera cualquiera de nuestros hospitales de referencia sería capaz de acoger esa avalancha. Yo, que de alguna manera soy médico, le dije a mi esposa que iba a ir a echar una mano. Entré en aquel centro y me dirigí al primer colega de bata blanca que encontré. Su respuesta fue: «busque un paciente y empiece a tratarlo». Aquella noche trabajé codo con codo con una enfermera turca, una auxiliar noruega y un voluntario griego (que hacía de intérprete). La gente de la isla vino con comida, con termos de té caliente y con mantas y pijamas. Los insulares griegos funcionaron espléndidamente aquella noche. Los pescadores se hicieron a la mar a rescatar a quienes nadaban en la noche, los particulares transportaron a aquellas personas tiritando de hipotermia, las cocinas de los restaurantes funcionaron para que a nadie le faltase qué echarse a la boca. No le enseñé mi título, ni carnet, no había nadie en la puerta controlando, no hubo policía, ni protección civil, ni por supuesto políticos.

 

3- Hace unos años hubo un gran incendio en Tenerife. La isla se volcó con todo lo que tenía a mano. Yo también subí al monte, me uní a Cruz Roja y preparé una de sus ambulancias (limpié el material quirúrgico, comprobé que la bala de oxígeno estaba vacía) y estuve, sin metáfora, en la primera línea del fuego. Todo funcionó bien, bueno todo no: la gente nos llevó agua y comida, hasta un par de cocineros hizo una paella en el Mirador de Ortuño para los voluntarios. En cambio, todo lo oficial no llevó el mismo camino: Cruz Roja sólo obedecía a Cruz Roja, los sanitarios del Servicio Canario sólo funcionaban bajo las órdenes de sus superiores, y la Guardia Civil y el Ejército… Todos los alcaldes, concejales y consejeros fueron a ver el incendio. Mientras a los voluntarios de a pie no les dejaba ayudar. Puedo sacar un corolario de todo aquello, pero prefiero que ustedes mismos lo hagan.

 

4- Recordarán que hace también un tiempo Tenerife, y en especial Santa Cruz, sufrió una terrible tromba de agua con un resultado de 8 muertos y un sinfín de daños materiales. El bunker creado para emergencias por «profesionales» para atender a situaciones de especial emergencia se inundó y quedó inoperativo. Algo similar le ocurrió a la emisora con mayor cobertura (RNE). En realidad, solo pudimos informarnos casi exclusivamente porque, quien «escapó» y se «salvó» del Delta fue la ya desaparecida radio EL DÍA. Ellos eran los únicos que, para que la rotativa del periódico no fallara, tenían un grupo electrónico que daba luz a todo el edificio y, además, en Radio EL DÍA coincidió (caso único, porque es muy raro) que tenían los estudios y el centro emisor en el mismo edificio… y ambos pudieron seguir teniendo electricidad y, por tanto, funcionando y emitiendo.  Los que aquel día salvaron a Santa Cruz fueron los particulares con sus palas mecánicas y su buen hacer. Nadie asumió responsabilidades, tampoco se las pedimos.

 

5- Ahora estamos ante esta guerra llamada coronavirus. Una vez más la ciudadanía se ha movilizado. He participado en el desarrollo de mascarillas, viseras, respiradores y filtros descontaminantes. El problema es que no estaban, ni están, homologados. No se pueden utilizar. Así que no importa que la gente se muera, lo importante es el documento de homologación. En los centros de investigación de Canarias hay buenos investigadores, hay científicos que saben lo que es un virus, que tienen capacidad para llevar a cabo test diagnósticos, pero nadie les ha consultado… Hay industria textil, se pueden hacer equipos de protección individual (EPIs) de forma artesanal pero muy eficaces. Es mejor una mala mascarilla que no llevar nada, pero…

 

Basten estos cinco ejemplos que, a vuelapluma, me vienen a la cabeza. El común de todo reside en una simple consideración: –el conjunto de la gente común es, con mucho, muy superior creativa e intelectualmente más capaz que sus administradores– (y en este ámbito no hablo solo de políticos). Hasta los más grandes ordenadores basan su potencia en el concurso de núcleos en paralelo. Estar temporal y ocasionalmente ocupando un cargo ni incrementa la capacidad de raciocinio ni la creatividad de quien ostenta. La lista de ejemplos de idiotez por soberbia es inmensa: ingenieros que no preguntaron dónde construir una determinada presa o un aeropuerto, arquitectos que diseñaron edificios públicos sin asesorarse por los futuros usuarios, iluminados que se inventaron un puerto sin contar con nadie, políticos que se tuvieron ocurrencias como el IGIC (que nos ha expulsado literalmente del mundo), burócratas que hacen imposible cobrar las subvenciones a las renovables… la lista de idiotas con cargo daría para mucho.

 

Yo creo muchísimo en la gente. Creo en los que crean cosas, en los inventores, en los científicos, en los artistas. Nuestra gran lacra reside en quienes nos administran (y vuelvo a reiterar que no se trata sólo de políticos). Su papel funcional no es de servicio sino de obstaculizar a todo aquello que intenta funcionar.

 

Con casi total seguridad, esto no lo va a leer ningún responsable de nada, pero si tú lector en algún momento te toca dirigir algo, elimina trámites y burocracia, sé humilde e inteligente y pregunta a tus administrados, te llevarás grandes sorpresas.

 

*  Ricardo BORGES JURADO

Catedrático de Farmacología.

Facultad de Medicina de la Universidad de La Laguna (ULL)

Director del Departamento de Medicina Física y Farmacología.

Doctor en Medicina.

 

6 de mayo de 2020.

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