Un extraño
comienzo de curso

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Guillermo Cabrera Moya *

 

 

Quiero que, nada más empezar a leer este texto, tengas en mente el cosquilleo y la agradable sensación que es abrir una caja sorpresa. Quiero que mantengas en tu mente ese momento especial en el que rasgas un papel de regalo, o abres en tu teléfono móvil una fotografía que no esperabas, o que sientas cómo se pone tu cuerpo cuando, por la calle, escuchas esa canción que… Quiero que mantengas activa esas sensaciones cuando leas estas líneas, porque todas ellas guardan mucha relación con lo que sentimos los docentes cuando llega un inicio de curso; aunque sea uno como este.

 

El pasado 1 de septiembre los equipos directivos de los centros docentes recibíamos, con esa ilusión, a nuestro profesorado. Ellos llegaban expectantes.

 

Mi cole, mi equipo directivo, mi claustro, lo reconozco, está un poco chiflado. En el buen sentido de la palabra, suponiendo que este exista.

 

Me atrevo a clasificarnos así porque somos felices en el colegio y, como me consta que ocurre en la gran mayoría de los colegios de Educación Infantil y Primaria, tenemos unas ganas locas de empezar a trabajar, de reencontrarnos con nuestro alumnado, de disfrutar de nuestra vocación. Por ello quería que tuvieras en tu boca la sensación de quien abre una caja sorpresa, o los otros ejemplos que al principio te puse. ¡Mantenla!, para que puedas entenderme, es importante.

 

Decía que mi equipo directivo está algo chiflado porque, entre otras cosas, en nuestras bienvenidas al resto del claustro siempre organizamos alguna dinámica de grupo, juego o actividad, que nos ayuda a presentar a los docentes nuevos, que también llegan con maripositas en el estómago sin saber muy bien a quién se van a enfrentar, los proyectos del curso…

 

La sorpresa de este año se vio, como no, algo empañada por la situación que todos conocemos: distancia de seguridad, mascarillas, geles…, pero lejos de convertirla en un impedimento, la aprovechamos para hacer visible esta realidad con la que nos toca lidiar.

 

A la puerta del centro estábamos el equipo directivo, pertrechados con nuestros EPIs (Equipos de Protección Individual), espray, mascarillas, gafas de buceo, lentejuelas, fonendoscopios, termómetros y jeringuillas de juguete… Si Forrest Gump nos hubiera visto, seguro que nos hubiera llamado tontos.

 

La tontería era sencilla, queríamos que sintieran, de manera teatralizada, lo que será nuestra principal función durante este curso: limpiar, hacer filas, mantener la distancia de seguridad y desinfectar.

 

Las risas, las bromas, el buen rollo, se hizo propietario del momento. Por lo menos, esa primera media hora pudimos reírnos de la situación y recuperar la sensación de que nuestro lugar de trabajo, pase lo que pase, es un lugar en el que somos felices.

 

La docencia es nuestra razón de ser. Cada curso llegamos al colegio —como cada septiembre me recuerda una amiga—, con «Un estuche cargado de ilusión», que siempre anda preparado para afrontar el día a día del aula.

 

Hoy el día a día cambia, deberemos incorporar a ese viejo estuche otros elementos, pero la esencia es la misma, la que llevamos dentro los maestros y maestras que, por vocación, hemos elegido mantenernos en este barco pese a todo.

 

Nos enfrentamos a un curso distinto, no voy a entrar en el detalle de todo lo que ya sabemos y ya estamos cansados de escuchar.

 

Quiero que hoy nos sentemos en positivo y animar a mis compañeros y compañeras de claustro, y de profesión, que aún sentimos ese hormigueo, que aún mantienen en sus labios el sabor que se siente al abrir un regalo, o escuchar una canción por la calle…, a iniciar este nuevo reto ofreciendo nuestra mejor versión, la que otros, y hablo a los políticos, no tienen.

 

Solo espero que, los que tienen que tomar decisiones, sean capaces de ponerse en el lugar de los que estamos en la primera línea de fuego —el ministro Salvador Illa, por poner un ejemplo, debería pasearse por un colegio y comprobar que siempre hay padres y madres que dejan a su prole en el cole con fiebre, diarreas, dolores de garganta… -Aunque a él no le quepa en la cabeza, ocurre, y mucho—, de los que tendremos que dar la cara cuando las familias no puedan ir a trabajar por no tener dónde dejar a sus hijos e hijas, por falta de organización, de previsión y de gestión de un curso escolar, que ya ha empezado y que aún no sabemos si comenzaremos.

 

Mi artículo de este mes va dirigido a ti, compañera, compañero, quiero que en tu gusto y en el brillo de tus ojos, podamos ver la ilusión y el ánimo por ejercer la que sabemos una de las profesiones más bonitas del mundo. Quiero que no dejes que esta panda de impresentables, te roben ese sabor a regalo recién abierto que nos ha acompañado durante estas letras.

 

Quiero que les demuestres que, pese a no ser expertos en pandemias, sí lo somos en sentido común y en ayudar a nuestro alumnado a darlo todo, como nosotros sabemos, porque el Magisterio es algo más y este curso lo demostraremos.

 

Mucha fuerza y feliz comienzo de este extraño curso.

 

Gracias por leerme.

 

*  Guillermo CABRERA MOYA

Director del Centro de Educación Infantil y Primara (CEIP) El Toscal-Longuera.

Diplomado en Magisterio por la Universidad de La Laguna (ULL).

Grado en Educación Primaria por la Universidad Isabel I de Castilla.

Ex técnico de gestión normativa de Educación Infantil y Primaria de la Consejería de Educación del Gobierno de Canarias

Escritor y maestro.

 

Islas Canarias, 7 de septiembre de 2020.

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